«Lo más sorprendente de toda esta historia es que no es una historia nueva. Si me lo permite, se trata simplemente del mismo vino de siempre en odres nuevos». La frase es del responsable de Musk, el documental de Alex Gibney que directamente explotó el martes en Venecia. La declaración, a su modo, acompaña a la perfección el discurrir demoledor de una película que durante sus tres horas y 45 minutos de duración no deja prisioneros ni heridos. Cuando uno se aventura en la que promete ser la película de uno de los hombres más conocidos, más influyentes y, una vez visto todo, «más peligrosos para la democracia actual» (comentario del propio Gibney de nuevo), espera dar o con revelaciones sorprendentes o con algo así como las claves ocultas que ayuden a entender al personaje y a abrigar nuestra más íntima y compartida indefensión. Hay novedades, pero lo relevante es el todo. Lo que logra el director es una panorámica de conjunto –esencialmente trágica sin renunciar por ello a momentos delirantemente divertidos– desde la que se acierta a ver, en efecto, el mundo que pisamos.
Alex Gibney compila en casi cuatro horas la vida del dueño de Tesla y de Twitter en una película tan mordaz como brillante que arroja un retrato vívido y cruel del tecnoligarca y del mundo que le rodea: «No es un inventor, es un inversor. Su genialidad es inflar las acciones de sus compañías»
«Lo más sorprendente de toda esta historia es que no es una historia nueva. Si me lo permite, se trata simplemente del mismo vino de siempre en odres nuevos». La frase es del responsable de Musk, el documental de Alex Gibney que directamente explotó el martes en Venecia. La declaración, a su modo, acompaña a la perfección el discurrir demoledor de una película que durante sus tres horas y 45 minutos de duración no deja prisioneros ni heridos. Cuando uno se aventura en la que promete ser la película de uno de los hombres más conocidos, más influyentes y, una vez visto todo, «más peligrosos para la democracia actual» (comentario del propio Gibney de nuevo), espera dar o con revelaciones sorprendentes o con algo así como las claves ocultas que ayuden a entender al personaje y a abrigar nuestra más íntima y compartida indefensión. Hay novedades, pero lo relevante es el todo. Lo que logra el director es una panorámica de conjunto –esencialmente trágica sin renunciar por ello a momentos delirantemente divertidos– desde la que se acierta a ver, en efecto, el mundo que pisamos.
En puridad, no hay noticias nuevas. El hombre más rico del mundo que antes fue emprendedor de coches eléctricos luego el hombre de las estrellas, héroe progresista protector del medioambiente antes que titán ultraconservador, más tarde émulo de Iron Man, entremedias destructor de Twitter y del Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) en Estados Unidos, y por el camino padre de no queda claro cuántos hijos ha logrado además confundir su vida con el mito hasta ofrecerse para bien o para mal, para la admiración más entregada o el odio más cerval, como una especie de superhombre nietzscheano contemporáneo.
Lo que hace Gibney es ordenar mucho de lo conocido y dar el sentido que corresponde a buena parte de lo olvidado en un meticuloso estudio no tanto de la banalidad del mal como, justo lo contrario, la maldad de un tipo tan banal. Así queda al descubierto, quizá lo más sorprendente de todo, que el sistema Tesla de asistencia al conductor Autopilot de 2015 fue el responsable de al menos 60 muertes debidamente silenciadas. No lejos, aprendemos que la forma en la que hizo con precisamente Tesla, con el borrado del cofundador Martin Eberhard en 2003, se parece bastante a su primer escándalo del magnate en su particular egotrip a la cima del mundo. Y todo ello, mientras la película sigue la evolución completamente libre de ideología alguna desde su escarceos con Obama, su posterior y envidiable relación con Joe Biden hasta llegar al despacho Oval con Trump.
«En verdad, lo que siempre se ha leído como una revelación tras sentirse envenenado por el virus woke, es mucho más sencillo de explicar. Por un lado, siempre ha seguido el dinero, el dinero del Gobierno esencialmente. Pero por otro, su acercamiento al mundo MAGA se debió simplemente a que sus empresas enfrentaban una enorme cantidad de investigaciones federales. Tesla estaba bajo investigación penal. Había serias posibilidades de que si ganaba Kamala Harris tendría problemas», comenta Gibney. En el documental se le escucha bromear en el programa de Tucker Carlson sobre si le dejaran o no ver a sus hijos si acaba en la cárcel. Y otro dato: las primeras agencias estatales que desaparecieron cuando se hizo cargo de DOGE fueron, oportunamente, las que gestionaban ya alguna denuncia contra sus empresas.
De forma genérica, lo que hace el documental con una acumulación desmedida y rigurosa de datos, imágenes de archivo y declaraciones de los antiguos colaboradores que se atreven a hablar («Existe un miedo atroz entre todos los que han trabajado con él», comenta Gibney) es desvelar una mecánica que se repite una y otra vez. Vender como si fuera real un proyecto de futuro lo que, con el paso del tiempo, se descubriría irrealizable o solo mentira. Como cuando presentó como novedad el cambio de la batería en sus coches como de unas simples pilas domésticas se tratara. La batería en cuestión pesado 450 kilos y no había forma de moverla. «Su gran poder es hablar con confianza de cada una de sus ideas y presentarlas como hechos. Esa es su genialidad, si es que algo así se puede llamar genialidad. No es un inventor, es un inversor. Su genialidad es inflar las acciones», añade Gibney como resumen simple y directo de lo que enseña su película.
Otro de los capítulos más llamativos (y conflictivos incluso) tiene que ver con su obsesión por el declive demográfico y, de su mano, la paternidad múltiple. La película, que incluye una reveladora entrevista con su exesposa Ashley St. Clair (que estuvo en la presentación de la película en Venecia), detalla cómo Musk seleccionaba a mujeres jóvenes que consideraba aptas para la reproducción y las embarazaba para acto seguido, trámite un acuerdo de confidencialidad, abandonarlas a su suerte.
La película utiliza la IA para crear un Musk falso, pero que en verdad y según el dictado del propio Musk, se antoja más real que la propia realidad, más Musk que el propio Musk. Un personaje creado digitalmente atiende a las preguntas que va generando, se diría que autonomamente, la propia película. Él responde según el propio algoritmo de su propia IA recopilando todas las declaraciones del personaje a los largo de los años. No es lo que se dice un sistema orotodoxo, pero sí lo suficientemente original y divertido para demostrar una vez más que el director de películas alrededor de las figuras de Elizabeth Holmes, Lance Amrstrong o Mikhail Khodorkovsky sigue siendo el mejor cirujano (que no solo notario) del turbocapitalismo digital que nos asiste.
«La mayor habilidad de Musk es convencer a sus interlocutores que algo es real e irreal a la vez», concluye Gibney. Y añade: «Lo que no es irreal es que es una amenaza demostrada para la democracia».
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