Jardine y Matheson son, según cuenta la historiadora inglesa Julia Lovell, los primeros apellidos que aparecen ante los ojos del viajero que aterriza en Hong Kong porque Jardine & Mathelson es el nombre de la empresa de handling que lleva el equipaje del avión a la terminal. «Jardine y Mathelson fueron también dos socios que fundaron la mayor y más exitosa red de contrabando de opio entre Gran Bretaña, la India británica y el sur de China en las décadas de 1820 y 1830».
Julia Lovell escribe en ‘La guerra del opio’ la historia de la gran epidemia de narcóticos que los mercaderes británicos, respaldados por su Gobierno, introdujeron en Asia y que corroyó y derrotó al que había sido el estado más poderoso del mundo
Jardine y Matheson son, según cuenta la historiadora inglesa Julia Lovell, los primeros apellidos que aparecen ante los ojos del viajero que aterriza en Hong Kong porque Jardine & Mathelson es el nombre de la empresa de handling que lleva el equipaje del avión a la terminal. «Jardine y Mathelson fueron también dos socios que fundaron la mayor y más exitosa red de contrabando de opio entre Gran Bretaña, la India británica y el sur de China en las décadas de 1820 y 1830».
«Los dos eran médicos de formación, dos ingleses de clase media que habían recibido educación y que trabajaban para para salir adelante», explica Lovell. «Jardine, en concreto, fue médico en los barcos de la Armada y en su contrato se le reconocía el derecho a llevar sus propias mercancías, a ser un comerciante a tiempo parcial», cuenta Lovell. Pero en su libro, La guerra del Opio. Drogas, codicia y la forja de la China moderna (editado en España por Desperta Ferro), Jardine ya no es un médico. Es «un traficante de opio increíblemente exitoso, despiadado y oportunista», respaldado por el Imperio Británico y por su Armada.
La epidemia del opio en China, según la narrra Lovell, fue una política deliberada hecha para equillibrar balanzas de pago y sostener imperios. Hoy, sigue siendo una herida histórica que justifica el nacionalismo en China y la desconfianza hacia el mundo occidental.
Una explicación política y económica del desastre del opio en China: las monarquías europeas, después de las guerras napoleónicas. entraron en la fase de los estados-nación y del expansionismo global. Para competir entre ellas, se lanzaron al mundo y doblaron sus negocios en Asia. Gran Bretaña, además, aceleró en su revolución industrial y, para surtir de calorías a su nueva clase trabajadora, encontró un lubricante en el té con azúcar. El azúcar llegaba a Inglaterra desde las posesiones coloniales del Caribe. ¿Pero y el té? SóloChina producía las hojas necesarias y seguía una política proteccionista que encarecía en su favor el comercio.
¿Qué podía ofrecer Inglaterra para compensar esa dependencia? Vender a los chinos el opio que venía de la India. Los ingleses inundaron el país de droga con tal abundancia que el opio se convirtió en una epidemia colosal que afectaba a los hijos del emperador tanto como a los marginados. Cuando una nueva generación de gobernantes chinos lanzó su guerra contra el opio, incluida la persecución de sus traficantes ingleses, la Royal Navy atacó a China en 1839. 19.000 soldados europeos, armados con tecnología moderna, fueron suficientes para derrotar al gigante, tomar Hong Kong como premio de guerra y controlar en su favor el comercio de China con el mundo durante las siguientes décadas.
¿Por qué sucumbió China al veneno del opio? ¿Por qué fue incapaz su imperio de dar respuesta al reto de unos simples corsarios que jugaban fuera de casa? «La palabra ‘China’ no se popularizó en el lenguaje de los chinos hasta principios del siglo XX. En el siglo XIX, China quedaba descrita por el nombre de la dinastía que lo gobernaba, o sea que desde 1644 era el Imperio Qing, el Da Qing que sustituyó a la Dinastía Ming», explica Lovell. El nombre es importante porque indica que la cohesión nacional no era sólida en 1830. China estaba gobernada por una élite militar, los manchúes, que se comunicaba en un idiona propio y no en el han de la mayoría de los chinos.
«Hasta aproximadamente 1800, el Imperio Qing fue, tal vez, el más exitoso de la historia mundial. El siglo XVIII había sido de de gran crecimiento económico y de expansión territorial. Pero el enorme crecimiento de la población se convirtió en un problema porque superó los recursos disponibles. La sobrepoblación llevó a la inflación y al deterioro económico, a la inestabilidad política y social. El ejército, que había sido extraordinariamente eficaz durante el siglo XVIII, entró en declive porque había menos dinero para pagar a los soldados… Con todo, esos factores habrían sido manejables para la dinastía Qing. Eran problemas que ya se habían experimentado antes. El problema verdadero fue el desafío inédito de los países europeos que quieren penetrar en el mercado chino. Yo diría que ese factor provocó gran parte de la pobreza y de la inestabilidad del siglo XIX y la primera mitad XX», dice Lovell.
¿Y por qué el abandono colectivo al opio? La guerra del opio describe China como una sociedad mal estructurada como nación, como Estado y como pacto social, un lugar propicio en el que la respuesta al veneno importado por los ingleses tardó muchísimo en llegar y fue saboteado por centenares de funcionarios corruptos. «Es cierto que en China apareció una cultura del opio muy sofisticada. El opio no sólo se consumía: importaba el ritual, los lugares en los que se consumía, las connotaciones… Esa imagen del opio fue atractiva para muchos chinos. Pero no hay que engañarse. Fue la importación másiva de la droga la que creó la demanda».
Hay algo más que es relevante sobre La guerra del opio. La historia que narra Lovell, más o menos ignorada en Europa, es el mito fundacional de la nación china junto a la invasión japonesa en el siglo XX. Y como mito fundacional, es, básicamente, una herida, una humillación y asoma en la voz con la que China se dirige a Occidente.
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