A los 16 años entró de golpe en el Poeta en Nueva York de Federico García Lorca y le descubrieron el jazz de John Coltrane. Vivía al sur de Nueva Jersey y se sentaba a leer a orillas del lago Centerton. No aprendió a nadar. El hallazgo de Lorca coincidió, un poco antes o un poco después, con el primer asombro por la poesía de Arthur Riumbaud. Lorca y Rimbaud fueron dos de los poetas tutelares que contornearon a la adolescente Patti, mujer impulsada por un apetito de mundo aún por caminar. La poesía fue la primera proteína de su arrebato. La música, el primer lugar de su aullido. Desde los años de formación, la lealtad de Patti Smith por estos dos sujetos incalculables no tiene grietas.
La ganadora del Princesa de Asturias de las Artes es principalmente una poeta luminosa del lado oscuro que tiene en sus dos «santos» de referencia la brújula de la escritura
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A los 16 años entró de golpe en el Poeta en Nueva York de Federico García Lorca y le descubrieron el jazz de John Coltrane. Vivía al sur de Nueva Jersey y se sentaba a leer a orillas del lago Centerton. No aprendió a nadar. El hallazgo de Lorca coincidió, un poco antes o un poco después, con el primer asombro por la poesía de Arthur Riumbaud. Lorca y Rimbaud fueron dos de los poetas tutelares que contornearon a la adolescente Patti, mujer impulsada por un apetito de mundo aún por caminar. La poesía fue la primera proteína de su arrebato. La música, el primer lugar de su aullido. Desde los años de formación, la lealtad de Patti Smith por estos dos sujetos incalculables no tiene grietas.
Ella escribe invocándolos y compone también atravesada de estas voces. Trasplantada a Nueva York, con el Hotel Chelsea como centro de alto rendimiento del exceso y de la búsqueda en todas direcciones, Patti Smith se hace sitio en la poesía por garitos, en la iglesia de San Marcos, leyendo en la escalera de incendios del edificio a Paul Bowles, a Jean Genet, a Cossery… Encontró en Allen Ginsberg a otro gurú de la vieja ceremonia de la poesía y del trance. Parece difícil entender la aventura creativa de esta mujer sin los ecos de aquellas y aquellos que exploraron los márgenes de la palabra, los márgenes de la vida. En las canciones de Patti Smith relincha el alma de los torcidos, de los insurgentes, esa turba de la disidencia de la que ha hecho herencia propia. Como quisieron también sus amigos John Giorno y Anne Waldman.
Patti Smith es principalmente una poeta luminosa del lado oscuro. En la estela de Dylan Thomas, de Sylvia Plath, del mejor Rilke. En 1972 publicó el primer libro de poemas, Seventh Heaven. Para entonces ya tenía anotados los versos de algunas de las canciones que en 1975 iban a dar cuerpo a su primer LP, Horses, como los de su Elegy: «Trompetas, violines, los escucho en la distancia/ Y mi piel emite un rayo, pero creo que es triste, muy malo/ que nuestros amigos no puedan estar hoy con nosotros«. Y reverbera aquí tanto de lo leído. En 1976 le dedicó un disco entero: Radio Ethiopia.
En adelante, Patti Smith será eso mismo: una poeta que canta, una música que chorrea poemas. A veces se ciñe una levita a lo Rimbaud y suelta a la libertad y la emoción arriesgando con lo que crea la imaginación, con la artillería de las devotas: «Nunca dejes escapar esa tristeza ardiente llamada deseo». En la tumba del niño poeta, en Charleville, se abrazó al monolito. Lo cuenta en sus memorias, Éramos unos niños. En 2017 compró una casa en Roche, cerca de Charleville-Mézières, donde Rimbaud escribió parte de Una temporada en el infierno y algunos días se sienta a meditar donde éste reposa. Tanto en ella gira alrededor de este «santo» delirante. Tanto en ella es imposible de concretar sin él.
En 1998 visitó por primera vez la Huerta de San Vicente y sacó música del piano de Lorca. «Es importante escuchar la voz de los muertos, porque tienen mucho que decir». Lorca es su otra voz: bella, valiente, irreverente. Siempre regresa a los lugares donde asoman las voces de aquellos en quienes halló iluminaciones. Patti Smith es del idioma de la disidencia. Un espejo hambriento de espejos.
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