La pregunta es siempre la misma: ¿cómo representar la inmensidad de un horror por definición irrepresentable? Y el ejemplo más pertinente para ilustrar el callejón sin salida al que conduce la cuestión de marras no es otro que Shoah, la película eterna más allá de la propia eternidad de Claude Lanzmann. Era éste el que mantenía que ninguna imagen del Holocausto hace justicia con el significado profundo de su atrocidad, con aquello que lo hizo posible. Y de hecho en su película solo se ven testimonios. Y a través de ellos se atisba, de lejos, el hueco que deja el ser humano cuando desaparece. No se trata de señalar al villano, sino de identificar lo que nos hace malos. A todos en general y a cada uno en particular. László Nemes, el director de El hijo de Saúl, intentaba resumir el asunto a su manera: «El problema es difícil de resolver. Por mucho que enseñes en tu película, al final tienes que ser consciente de que la realidad fue otra cosa. Y siempre mucho peor. Pero si, al contrario, no dejas ver nada, corres el riesgo de menospreciar lo que realmente fue».
El chileno Juan Pablo Sallato recrea el golpe militar en Chile desde el ángulo muerto de lo irrepresentable
La pregunta es siempre la misma: ¿cómo representar la inmensidad de un horror por definición irrepresentable? Y el ejemplo más pertinente para ilustrar el callejón sin salida al que conduce la cuestión de marras no es otro que Shoah, la película eterna más allá de la propia eternidad de Claude Lanzmann. Era éste el que mantenía que ninguna imagen del Holocausto hace justicia con el significado profundo de su atrocidad, con aquello que lo hizo posible. Y de hecho en su película solo se ven testimonios. Y a través de ellos se atisba, de lejos, el hueco que deja el ser humano cuando desaparece. No se trata de señalar al villano, sino de identificar lo que nos hace malos. A todos en general y a cada uno en particular. László Nemes, el director de El hijo de Saúl, intentaba resumir el asunto a su manera: «El problema es difícil de resolver. Por mucho que enseñes en tu película, al final tienes que ser consciente de que la realidad fue otra cosa. Y siempre mucho peor. Pero si, al contrario, no dejas ver nada, corres el riesgo de menospreciar lo que realmente fue».
Pues bien, Hangar rojo, del debutante en la ficción Juan Pablo Sallato, se sitúa exactamente ahí, en la polémica que también es paradoja del primer párrafo. Se trata de contar las atrocidades que siguieron al golpe de Estado de Pinochet en Chile, pero, y esto es lo importante, haciéndose cargo de algo tan evidente como que nada de lo que se enseñe, se muestre o se cuente hará justicia, ni se acercara siquiera, al verdadero horror que fue aquello. Mientras el golpe tiene lugar, el protagonista al que da vida con una pulcritud fuera de dudas Nicolás Zárate recibe el encargo de transformar la Escuela de Aviación que él dirige en un centro de tortura. La duda no es otra que obedecer como el militar que es (desobedecer significa la muerte) o comportarse como el ser humano que siempre ha creído ser.
Como hiciera Pablo Larraín en Post mortem (2010), la idea es contemplar lo inimaginable desde el otro lado de la pantalla y de la misma vida. En el caso de Larraín, el golpe de Estado se retrataba desde la crueldad fría y funcionarial de una morgue donde se iban amontonando cadáveres. La estrategia no era otra que desnudar la mirada de prejuicios, imágenes ya rituales e iconos para así alcanzar el verdadero significado de la voz del horror. No se veía el Palacio de la Moneda entre bombas, no se escuchaba la voz encendida y sangrante de Allende. Ni siquiera se insistía en la mirada con gafas ahumadas de la bestia. La cámara se detenía en la parte más oscura de la parte de atrás, en el ángulo muerto de la misma vida.
Lo que hace Sallato es menos espectacular y, si se quiere, cruel, pero igual de radical. Ahora, la parte de atrás es un enorme espacio vacío donde en vez de aviones se refugian cuerpos asustados, cuerpos torturados. Como hiciera Nemes en El hijo de Saúl, la cámara se coloca a escasos centímetros de la mirada del protagonista para, desde él, contemplar un mundo por fuerza limitado, por necesidad incompleto y por obligación fracturado. Vemos lo que ve, lo que intuye, lo que imagina el capitán Jorge Silva (así se llama el personaje) y desde él acertamos a imaginar con todas las limitaciones, imperfecciones e incertidumbres no tanto una parte del horror como la imposibilidad misma de representar ese horror. No es lo que se ve, es lo que está. De nuevo, lo que importa es el hueco que deja el ser humano cuando desaparece.
El resultado es una película fría, acerada, inmisericorde en su fotografía congelada en blanco y negro, tan precisa en la descripción de la mayor de las angustias como honesta. Importa, de nuevo, la claridad en la representación de lo que, nos pongamos como nos pongamos, se antoja sencillamente irrepresentable, el ángulo muerto de la vida misma.
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Director: Juan Pablo Sallato. Intérpretes: Nicolás Zárate, Boris Quercia, Marcial Tagle. Duración: 81 minutos. Nacionalidad: Chile.
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