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  Cultura  Eduardo Mendoza: «Cada uno nace con una tara genética y la de España es la corrupción»
Cultura

Eduardo Mendoza: «Cada uno nace con una tara genética y la de España es la corrupción»

13 de abril de 2026
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<p>Hace día de funeral. O londinense. Lluvioso y gris, de esos que inspiran tramas detectivescas, conspiraciones y revelaciones de secretos, como en la última novela de <strong>Eduardo Mendoza</strong>, <i>La intriga del funeral inconveniente</i> (Seix Barral), un delirante y divertidísimo enredo que empieza así: «Ayer tuvo lugar el sepelio de un fulano que apareció asesinado anteayer en su miserable domicilio». Aunque lleva años diciendo que se retira y que esta será la última, Mendoza no puede evitarlo… Un poco como <strong>Joan Manuel Serrat.</strong> «Nos retiramos al mismo tiempo, pero ambos sabíamos que era mentira», admite el escritor con su sonrisa pícara. «En realidad, lo que habíamos decidido es una actitud: la de hacer lo que nos diera la gana, que es seguir trabajando, porque es lo que nos gusta».</p>

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 Tras ganar el Princesa de Asturias en 2025, el escritor regresa con la delirante ‘La intriga del funeral inconveniente’ (Seix Barral), una novela detectivesca y humorística. «Serrat y yo nos retiramos al mismo tiempo, pero ambos sabíamos que era mentira», admite  

Hace día de funeral. O londinense. Lluvioso y gris, de esos que inspiran tramas detectivescas, conspiraciones y revelaciones de secretos, como en la última novela de Eduardo Mendoza, La intriga del funeral inconveniente (Seix Barral), un delirante y divertidísimo enredo que empieza así: «Ayer tuvo lugar el sepelio de un fulano que apareció asesinado anteayer en su miserable domicilio». Aunque lleva años diciendo que se retira y que esta será la última, Mendoza no puede evitarlo… Un poco como Joan Manuel Serrat. «Nos retiramos al mismo tiempo, pero ambos sabíamos que era mentira», admite el escritor con su sonrisa pícara. «En realidad, lo que habíamos decidido es una actitud: la de hacer lo que nos diera la gana, que es seguir trabajando, porque es lo que nos gusta».

A sus 83 años, Mendoza se divierte escribiendo sobre un funeral cutre que se celebra en un rincón del parking del tanatorio y que desemboca en un alocado argumento en el que se cruza un aprendiz de periodista al que despiden en su segundo día de prácticas, Ramoncito Valenzuela («hay que decirlo así, con nombre y apellido», incide), un cura que va soltando frases en latín, el ex inspector Jarana al que le gusta travestirse de Manola, la hija del sepulturero que se hace llamar Gucci (aunque en realidad se llame Titina y acabe secuestrada)… También está Winston, teleoperador de la compañía telefónica Elgordi S.A., que no pinta nada, pero como en su país de origen los secuestros son el pan de cada día, ya tiene mucha práctica en el tema (a él mismo le secuestraron un par de veces) y se presta a ayudar a la disparada troupe que inventa Mendoza. En una esquina del emblemático restaurante Sandor, donde solía reunirse la gente bien de Barcelona en los 60 y 70, el escritor pide un cortado y croissants pequeñitos.

¿Suele venir al Sandor?
Jamás. Era una cosa muy burguesa… Lo cerraron, lo reabrieron. Y ahora… Es esto… [mira alrededor y se fija en las pantallas] ¿Hay fútbol a las nueve de la mañana?
Será una reposición… Bueno, al menos el Sandor tiene historia.
Ah, eso sí. Es tremendo como no se conserva nada.
En su novela aparece un antro de la calle Escudellers donde se reunían las Dollys, un grupo de travestis. Un bar de esa Barcelona canalla ya desaparecida que hoy es una heladería para turistas… ¿Existió de verdad?
Bueno…, parecido. Yo daba clases en la Universitat Pompeu Fabra, que estaba al final de La Rambla. Y tomábamos café en el Cosmos. A una hora determinada había una reunión de travestis. La presidía Carmen de Mairena. Había barberos de la zona, los profesores de la universidad y unos gitanos que vivían al fondo, a veces veías a los niños que dormían por el suelo…
¿Le provoca nostalgia que se haya perdido ese paisaje?
No. Era un asco. No soy nada nostálgico porque tengo buena memoria. La gente tiene una memoria muy corta y una gran capacidad para inventarse su propio pasado: unas infancias siempre doradas y sacadas de cuentos de Heidi. ¿Y la adolescencia? ¡Es horrorosa! Volver a pasar otra vez los exámenes, sacarme el carnet de conducir, hacer la mili…
Ahora no tendría que hacer la mili.
Pues creo que todo el mundo tendría que hacer la mili. Me parece estupendo. Desde que hice la mili no volví a quejarme de nada. Yo era un niño mimado y un idiota. Cuando volví de la mili todo me parecía bueno y todo lo agradecía.
¿Y las chicas también, no?
Ah sí, sí. A la mili todas. A desfilar, a hacer flexiones, a levantarse temprano y a dormir en un catre.
La intriga del funeral inconveniente es puro humor. Inventa una trama de corrupción empresarial, hasta unas islas ficticias en el Índico, las Tortosas, para lavar dinero. Pero luego vemos el juicio del caso Ábalos y a una ex miss Asturias diciendo que va a la biblioteca a leer libros de trenes y… le superan.
Pones las noticias y te encuentras con lo más absurdo y lo más divertido. Yo pensaba: ‘¿quién va a leer mi libro?’ Cuando pones la televisión es mucho mejor… No importa que sea el caso Koldo, la Kitchen, en Valencia, Andalucía o Cataluña…
¿En España, nos hemos acostumbrado a la corrupción?
Cada uno nace con una tara genética y la nuestra es esa. No hago sociología histórica pero creo que no tenemos la moral del trabajo y de la recompensa por el esfuerzo y la meritocracia, sino más simpatía por el vivo, el pícaro que se cuela… Los historiadores lo remontan a la época de la conquista, cuando llegaba el oro y la plata. Entonces lo que había que hacer era estar un poquito por ahí… Sobre todo, no trabajar. En Francia, en Inglaterra, en Alemania la revolución industrial la impulsan los aristócratas. En España los aristócratas no han trabajado nunca. Están esperando.
Una de las escenas más desternillantes del libro ocurre en un taxi. Tenemos al cura, a la hija del sepulturero, al teleoperador latino y al ex comisario travestido hablando de la conquista: uno se queja de que los invadimos, el otro responde que les civilizamos. Y nadie quiere pagar el taxi. ¿Cómo ve el debate del decolonialismo?
Es una de las cosas más absurdas que están pasando. Creo que es lo mismo que con la corrupción: los agravios históricos. Todos nos hemos invadido a todos en algún momento. El que podía invadir, invadía. Nos hemos peleado con los franceses, con los portugueses, con los ingleses… Pero los mexicanos a su vez se pegaban entre ellos. Pues sí, está mal, hay que reconocerlo. Pero lo que está mal es la guerra, la invasión. Concretamente, lo de España y México… [suspira] Los romanos nos invadieron, muy contentos. Y los árabes vinieron aquí y luego los echamos. Lo que me parece absurdo es descubrir ahora que ha pasado una cosa que no tenía que haber pasado. Pedir perdón no sirve de mucho. [va jugando con el sobrecito de azúcar] Bueno, va, pues lo siento mucho, perdónenme. Ya está, ¿no?
¿Cree que vivimos en una cierta desmemoria histórica? Pensaba en su protagonista, Ramoncito Valenzuela, en la escena en que Jarana se refiere al «glorioso alzamiento nacional» y el chaval no sabe de qué habla. Luego el otro le pregunta si sabe qué son las «hordas rojas» y el adolescente responde: «¿Unas hormigas?». ¿Un chico de 17 años entiende el chiste?
Nada, nada…. Mi abuela me contaba cuando era pequeña y entraron los carlistas en el pueblo, a tiros y matando gente, mientras los otros también disparaban desde las escaleras. A mí me parecía como si me estuviera contando una película de Tarzán. Creo que ahora pasa lo mismo con Franco y la Guerra Civil… Ya no digamos léxico como «las hordas rojas»… Todo este lenguaje es como el museo lingüístico del franquismo. Yo lo recuerdo muy bien porque era el lenguaje con el que me crié. En las radios y la televisión era el lenguaje único.
Cuando le dieron el Premio Princesa de Asturias, hace unos meses, en su discurso dijo: «No soy optimista ni pesimista, pero no me gusta el mundo tal como lo veo». ¿No vamos muy bien?
Es que para que te guste el estado del mundo hay que ser muy salvaje. Soy un gran lector de historia. Ahora todo es más rápido, hay más bombas y son más eficaces, pero siempre ha sido más o menos lo mismo. Tenemos el gen de hacer la guerra. A veces lees cosas de hace un siglo y se quejan de lo mismo que ahora. Y si te remontas tres siglos atrás, igual. A mí lo que me sorprende no es que las cosas vayan tan mal, sino que vayan tan bien. Cada día pienso: ¿cómo es posible que siendo tan brutos y estando siempre a punto de acabar con nosotros, las cosas funcionen?
¿O sea, que en el fondo no estamos tan mal?
No, no. Estamos sorprendentemente bien. Y cuando la gente se queja de lo mal que van los trenes, pienso: ‘oye, hay trenes y funcionan’…
Eduardo, que vivo en el área metropolitana y soy usuaria de Rodalies…
¡Ay! No lo quiero ni pensar, lo que debe ser depender de esas cosas [menea la cabeza, solidario]. Pero que hayamos sido capaces de montar una red, que haya carreteras, que funcione una sanidad pública, que se diseñen camisas y pantalones… Dada la naturaleza del ser humano no estar todos en la calle pegándonos con un hacha es muy positivo.
Y hablando de transportes, ¿qué opina del nuevo premio Aena? Usted que tiene todos los premios, incluido el Planeta… ¿Cómo interpretan que Aena se invente un premio literario de un millón y que escoja Barcelona como sede? Igual que el Planeta, vamos.
No sé cómo interpretarlo [sonríe pícaro otra vez]. No quiero decir algo que me excluya del premio el año que viene. Así que está muy bien, es un muy buen premio y una gran idea.
¿Diría que este es uno de sus libros más alocados? Con su segunda novela, El misterio de la cripta embrujada, inició un subgénero muy humorístico dentro de su propia obra. Pero con este eleva el nivel de surrealismo…
Como estoy retirado, hago lo que me da la gana. Voy escribiendo lo que se me ocurre, sin plan, sin esquema ni nada. Al final me pierdo. Así que no me preguntes qué ha pasado al final del libro porque no lo sé.
¿Qué me dice de los nombres de sus personajes? Solo con el nombre uno ya se ríe… De su anterior libro recuerdo a Pocorrabo o Monososo. En este tenemos a Tigre Malo, a la chica que quieren que la llamen Gucci…
Es que los escojo con método. Todo el mundo cree que cuando lee se está viendo una película, pero no es verdad. Nadie se imagina a los personajes. Tú puedes hacer una descripción de que era alto, tenía la nariz aguileña, el pelo… Es inútil, no te imaginas el rostro. Pero si lo llamas el inspector Jarana, ya está, ya lo ves. Es otro tipo de descripción. Me parece que es parte de la pintura.
En su pintura siempre hay personajes con gabardinas. Usted mismo tiene varias…
¡Ah, sí! Creo que la gabardina imprime carácter, como el bautismo. Soy de la época de Humphrey Bogart y no te lo imaginas en calzoncillos, solo con gabardina. Tengo varias gabardinas: la clásica cruzada, una azul marino…
Y qué está escribiendo ahora, ¿cuál va a ser el próximo libro? Porque todos sabemos que habrá otro…
No lo sé, de verdad que no lo sé [ríe] De cada diez cosas que empiezo, nueve van a la papelera. Es lo que más me divierte. Si no, no sé qué hacer con las horas del día. En el momento que te jubilas, aparte de que piensas ‘qué liberación’, también piensas ‘qué horror, ¿qué hago?’ El que ha tenido un trabajo duro, difícil, agonizante, aburrido, por fin podrá vivir. ¿Pero yo? Me levanto a la hora que quiero, tengo el horario que me da la gana, hago lo que me divierte… y de repente me obligan a no hacerlo?. ¡Por favor, no!

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