Las anomalías se pueden vivir como una agresión, por lo que tienen de inexplicable, o, bien al contrario, como una invitación a pensar, a crear o a inventar mundos nuevos. En La estructura de las revoluciones científicas, Thomas Kuhn afirma que una anomalía es una contravención a la expectativa de una teoría y, por tanto, no es comprensible… todavía. La clave y la gracia, en efecto, están en el adverbio de tiempo que se proyecta hacia el futuro.The end of it, la película de la española de Reus María Martínez Bayona estrenada en la sección Première de Cannes es, desde cualquier punto de vista, una anomalía. También es brillante, desconcentante y misteriosa, pero sobre todo es anomalía. Todavía. Y eso, y contra lo que se pueda suponer, la hace invulnerable. «En realidad», dice la directora para evitar equívocos, «no he buscado hacer algo diferente u original porque sí. Simplemente, ésta es la historía que quería contar y la he contado como quería contarla».
La sección Première del Festival de Cannes se deja sorprender por el anómalo y muy peculiar cuento de ciencia-ficción rodado en Tenerife con reparto internacional y firmado por una directora española afincada en Londres
Las anomalías se pueden vivir como una agresión, por lo que tienen de inexplicable, o, bien al contrario, como una invitación a pensar, a crear o a inventar mundos nuevos. En La estructura de las revoluciones científicas, Thomas Kuhn afirma que una anomalía es una contravención a la expectativa de una teoría y, por tanto, no es comprensible… todavía. La clave y la gracia, en efecto, están en el adverbio de tiempo que se proyecta hacia el futuro.The end of it, la película de la española de Reus María Martínez Bayona estrenada en la sección Première de Cannes es, desde cualquier punto de vista, una anomalía. También es brillante, desconcentante y misteriosa, pero sobre todo es anomalía. Todavía. Y eso, y contra lo que se pueda suponer, la hace invulnerable. «En realidad», dice la directora para evitar equívocos, «no he buscado hacer algo diferente u original porque sí. Simplemente, ésta es la historía que quería contar y la he contado como quería contarla».
La película cuenta en clave de ciencia-ficción que, por el realismo y la cercanía, podría calificarse de doméstica, el drama de una mujer joven, pero muy vieja. Primera anomalía. El personaje al que da vida Rebecca Hall decide un buen día abandonar todos los tratamientos que la mantienen fresca como una lechuga y entregarse, sin cosméticos ni vitaminas milagrosas, al discutible, y desde el momento de la decisión inevitable, placer de la muerte. Un dato más: la mujer acaba de cumplir 250 años. Su marido, un descompuesto Gael García Bernal, no entiende nada; su robot de confianza, encarnado por Gorro Feldstein, no sale de su cortocircuito, y su hija, casi más más mayor que ella (Noomi Rapace), no da crédito. Pero ella lo tiene claro y, anomalía sobre anomalía, está dispuesta a abrazar, no sin algo de temor, la más profunda de las oscuridades.
«La idea surgió de un artículo que leí hace años. Decía que la primera persona que vivirá 1.000 años nacerá en las próximas dos décadas. Me impactó profundamente. Vi ahí reflejados todos mis miedos sobre el envejecimiento y la muerte, y empecé a fantasear sobre cómo serían la vida y la sociedad si llegáramos a ese punto. Pensé en lo obsesionados que estamos hoy día con retrasar la muerte, con borrar las arrugas, con eliminar toda huella de la vida. Y entonces caí en que si borramos los signos de la vejez es como si elimináramos la vida», dice.
La película discurre en Tenerife. Toda ella está planteada como una fantasía, pero exageradamente real. «La ciencia ficción, en verdad, no es más que una excusa», dice la directora. Y es en esta mezcla entre lo perturbadoramente posible y lo todavía incomprensible donde The end of it gana en matices, se acerca a abismos y. concluida la proyección, hasta provoca insomnio. «Vivimos en una sociedad obsesionada con la juventud que vive enteramente de espaldas a la muerte. Escondemos cualquier cosa que nos recuerde a ella. Y creo que es un error. Lo sano es enfrentarse a ella y asumir que tarde o temprano nos llegará. Da miedo, pero ese temos es indisociable de la vida», razona Martínez Bayona con la misma y anómala claridad que lo hace su película.
Pero la anomalía no es solo privilegio de la cinta. Sin ánimo de ofender, la anomalía es la propia directora. En una edición en el que la sección oficial del Festival de Cannes ha sido literalmente asaltada por el cine español con hasta tres película a competición (Amarga Navidad, El ser querido y La bola negra), nadie vio venir que este año hay cine español hasta en Londres. «Soy de Reus, pero llevo viviendo en Inglaterra diez años. Ahora tengo 37. Me formé en la Universidad Pompeu Fabra y si tengo que elegir un cineasta con el que me identifico plenamente, admiro y estudio, ése es Luis Buñuel. Podría citar otros muchos referentes desde Antonioni a Bergman pasando por Ducournau, Lanthimos o Glazer, pero siempre vuelvo a Buñuel. Soy catalana, pero mi identidad tiene que ver más con la emoción vinculada a todos los creadores que me han inspirado», confiesa a modo de presentación.
Y llegados a este punto, una pregunta: ¿Se sometería al mismo tratamiento de su protagoninsta para vivir sino eternamente, sí hasta los 1.000 años que decía la noticia que motivó su película? «Como todo el mundo tengo miedo a la muerte. Pero prefiero pensar que lo inmortal es el arte. El arte es la única substancia, por así decirlo, que puede pasar de generación a generación y nos hace sentir lo mismo que le hizo sentir a una persona cualquiera hace siglos. De alguna manera, gracias al arte ya somos inmortales». Queda claro.
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