<p>Un día, en la pantalla de tu móvil, asoma tu amiga Laura. Es ella, sí, la misma con la que hacías pellas en el instituto. Pero no la reconoces del todo: <strong>una pátina acrílica, de temporalidad brumosa, envuelve su cara</strong>. Sus facciones se han estilizado y la superficie de su piel está amasada por el rodillo de <i>MasterChef</i>: la geometría simplificada de Walt Disney junto al filtro <i>tiktokero </i>de Lola Lolita, cohesionados en cada píxel que la Inteligencia Artificial le ha inyectado. <strong>Esta jeringuilla digital es el </strong><i><strong>filler </strong></i><strong>con el que reconfiguramos la realidad</strong>.</p>
No vivimos ya en la sociedad de la imagen, vivimos en la sociedad del relleno. Donde antes había una grieta por la que se colaba vacío o defecto, ahora existe reemplazo gracias a la inteligencia artificial
Un día, en la pantalla de tu móvil, asoma tu amiga Laura. Es ella, sí, la misma con la que hacías pellas en el instituto. Pero no la reconoces del todo: una pátina acrílica, de temporalidad brumosa, envuelve su cara. Sus facciones se han estilizado y la superficie de su piel está amasada por el rodillo de MasterChef: la geometría simplificada de Walt Disney junto al filtro tiktokero de Lola Lolita, cohesionados en cada píxel que la Inteligencia Artificial le ha inyectado. Esta jeringuilla digital es el filler con el que reconfiguramos la realidad.
Con un clic podemos reconstruir recuerdos, eliminar imperfecciones. A diferencia de lo que nos han hecho creer, la tecnología no hiperdefine las imágenes sino que las rellena, como una anchoa atraviesa la aceituna. No recupera lo perdido, inserta píxeles según un cálculo de probabilidades. Se llama interpolación. Es decir, adivina. Y lo hace de un modo inquietantemente parecido al de Rappel cuando rellena el porvenir a través de sus predicciones astrológicas: proyectando cientos de posibilidades sobre esa cosa transparente llamada futuro.
No vivimos ya en la sociedad de la imagen, vivimos en la sociedad del relleno. Donde antes había una grieta por la que se colaba vacío o defecto, ahora existe reemplazo. La inteligencia artificial no es una lente que enfoca lo borroso, serían toneladas de ácido hialurónico insufladas en una dermis gigantesca que recubre la tierra.
Es un hecho perturbador: la construcción contemporánea de la estética actual depende de la estadística. Y llega de la forma más democrática: cualquiera puede usarla desde múltiples aplicaciones. Tu amiga Laura o, por ejemplo, Raquel Mosquera, rellenando su nueva realidad en Instagram como Anna de Frozen, o fabricando un encuentro ficticio en la cumbre entre Trump y Putin con ella como testigo. Si careciera del elemento de autoconsciencia que se presupone a todo proceso artístico, podría figurar en el inminente ARCO ’26. Ni en las visiones más lisérgicas de Philip K. Dick habría cabido una fantasía tan fantasiosa.
Las imágenes de relleno son el espejo que nos devuelve un reflejo alterado y perverso, y la IA ocupa los espacios donde antes no había nada, o donde lo que había nos disgustaba. Y lo que emerge no es una copia de la realidad, sino su sustitución. Así nace el simulacro, como describía Baudrillard, el gurú de la postmodernidad, pero este es, quizás, el más definitivo de todos. En la cocina, por cierto, a ese relleno heterogéneo y denso, morralla cárnica y vegetal con la que se taponan aves, pastas y cualquier cuerpo hueco, lo llamamos FARSA.
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