Pocos relatos cinematográficos como el de la frontera, la frontera del western. Valeska Grisebach es tan consciente de ello que ha llevado la captura del concepto mismo límite hasta a la raíz de su trabajo. La idea siempre es discernir lo cognoscible de lo meramente opinable; lo que se puede decir de lo que sólo admite ser mostrado; lo significativo de lo que carece de sentido. La razón quiere tener siempre plena conciencia de su frontera, de las condiciones de validez que hacen que una frase sea cierta. No está claro que la directora alemana que tuvo a bien cerrar (o casi) la competición se planteara (como Eugenio Trías, por ejemplo) dar la vuelta a este modo de enfrentar el conocimiento del mundo. El caso es que su nueva película, The Dreamed Adventure (La aventura soñada), tiene mucho (como su película anterior no en balde titulada Western) de, efectivamente, película de frontera y, por tanto, de western. Pero de otra manera: ahora, en su ideario, el límite no separa la civilización de lo terrible, ahora el límite es él mismo lo terrible. Brillante.
La epopeya desolada de una mujer en el límite de una Bulgaria acosada por las mafias guía un relato híbrido y extremadamente singular entre la ficción y el documental. A su lado, The Birthday Party (**), de Léa Mysius, se descubre como un rutinario thriller sin pulso
Pocos relatos cinematográficos como el de la frontera, la frontera del western. Valeska Grisebach es tan consciente de ello que ha llevado la captura del concepto mismo límite hasta a la raíz de su trabajo. La idea siempre es discernir lo cognoscible de lo meramente opinable; lo que se puede decir de lo que sólo admite ser mostrado; lo significativo de lo que carece de sentido. La razón quiere tener siempre plena conciencia de su frontera, de las condiciones de validez que hacen que una frase sea cierta. No está claro que la directora alemana que tuvo a bien cerrar (o casi) la competición se planteara (como Eugenio Trías, por ejemplo) dar la vuelta a este modo de enfrentar el conocimiento del mundo. El caso es que su nueva película, The Dreamed Adventure (La aventura soñada), tiene mucho (como su película anterior no en balde titulada Western) de, efectivamente, película de frontera y, por tanto, de western. Pero de otra manera: ahora, en su ideario, el límite no separa la civilización de lo terrible, ahora el límite es él mismo lo terrible. Brillante.
En Bulgaria, en la frontera con Turquía y Grecia, una arqueóloga decide prestar ayuda a una hombre al que le han robado el coche. De repente, este último desaparece y nuestra heroína emprende una especie de búsqueda a las entrañas de un territorio inhóspito plagado de redes criminales, contrabandistas y forajidos, no necesariamente de leyenda. De paso, la mujer deberá enfrentarse a su propio pasado, un pasado que, como todos, arrastra una culpa oculta.
La directora compone de esta modo una película tan implicada con la mitología y sentido del cine que habita (el del Oeste, el de los pioneros, el de, otra vez, la frontera) que lo hace suyo en fondo y forma. La propia narración The Dreamed Adventure discurre por un terreno híbrido entre la ficción, la fabulación y la crónica tan singular como esencialmente árido. Tanto es el rigor aplicado y tanto el empeño en la descripción minuciosa de cada acto, de cada encuentro, de cada desvarío que la película se oscurece por momentos hasta casi lo ilegible. Eso sí, la fuerza de cada imagen, en poder arrollador de cada personaje y la verdad de cada rostro se antojan sencillamente irrefutables.
A su lado, la sección a competición volvió a concluir (esta vez de verdad) con el thriller The Birthday Party (o Histoires de la nuit), según la novela de Laurent Mauvignier. Existe un paralelismo cierto, y quien sabe si esconde incluso la posibilidad de un manifiesto, en el hecho de cerrar el Festival con dos películas de género dirigidas por dos mujeres. Pero quizá tampoco conviene exagerar. La directora Léa Mysius se detiene en la historia de una mujer al que un buen día le visita el pasado. El padre de su hija sale de la cárcel y se presenta en la casa donde vive con su nueva familia dispuesto a cobrarse todas, pero todas, las cuentas pendientes.
Con un reparto en el que destacan Hafsia Herzi acompañado de Benoît Magimel, Bastien Bouillon y Monica Belucci, la película quiere ser y es una vuelta más o menos ortodoxa al subgénero de la invasión del hogar (home invasion). Y, en efecto, fiel al libro de estilo cumple uno a uno las exigencias debidas. Que si la claustrofobia, que si la tortura psicológica, que la violencia, que si los secreto incómodos (mucho) de repente descubiertos… El problema en este caso, quién lo iba a decir, es el rigor, la excesiva, ciega y algo torpe obediencia a las normas. The Birthday Party prescinde de las lecturas añadidas del texto original sobre la Francia rural, el desclasamiento o la reinvención de una vida miserable, para centrarse únicamente en los mecanismo mas rudimentarios y, en este caso, muy poco brillantes del thriller convencional. La inclusión de una especie de escena onírica propia de una IA mal engrasada resulta, ya sí, definitiva.
Y dicho lo cual, quedamos a la espera de lo que decida Park Chan-wook en su palmarés. Tres apuestas: Javier Bardem por El ser querido, de Rodrigi Sorogoyem; Minotaur, de Andrey Zvyagintsev, y La bola negra, de Javier Ambrossi y Javier Calvo.
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