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  Cultura  Salman Rushdie: «Adoro la idea de que el arte sobrevive a la tiranía. Hoy el franquismo no existe, pero Lorca es inmortal»
Cultura

Salman Rushdie: «Adoro la idea de que el arte sobrevive a la tiranía. Hoy el franquismo no existe, pero Lorca es inmortal»

30 de enero de 2026
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<p>»Está un poco feo decirlo, pero <strong>estoy muy contento con este libro</strong>. Las ubicaciones, las épocas y los antecedentes literarios de las historias son muy diferentes yeso me alegra», comparte <a href=»https://www.elmundo.es/la-lectura/2024/12/26/676d8f2ee4d4d8b9168b45b5.html» target=»_blank»><strong>Salman Rushdie</strong></a> (Bombay, 1947) al otro lado de la pantalla. Se refiere a <a href=»https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/438687-libro-la-penultima-hora-9788439746348″ target=»_blank»><i>La penúltima hora</i></a> (Random House), una colección de cinco relatos que sirve de corolario -que no de punto final- a los grandes temas y escenarios de su vida y su obra, y que es su regreso a la ficción tras <a href=»https://www.elmundo.es/la-lectura/2024/04/16/661e5a20fdddff4d998b45cf.html» target=»_blank»><i>Cuchillo</i></a>, sus intensas memorias sobre el <a href=»https://www.elmundo.es/cultura/2022/08/12/62f66f9921efa0320c8b4591.html» target=»_blank»>atentado</a> que casi le cuesta la vida en 2022.</p>

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 Tras ‘Cuchillo’, sus intensas memorias sobre el atentado que casi le cuesta la vida, el escritor regresa a la ficción con ‘La penúltima hora’, una colección de relatos que sirve de corolario de los temas y escenarios de su vida y su obra. «No me imagino dejar de escribir»  

«Está un poco feo decirlo, pero estoy muy contento con este libro. Las ubicaciones, las épocas y los antecedentes literarios de las historias son muy diferentes yeso me alegra», comparte Salman Rushdie (Bombay, 1947) al otro lado de la pantalla. Se refiere a La penúltima hora (Random House), una colección de cinco relatos que sirve de corolario -que no de punto final- a los grandes temas y escenarios de su vida y su obra, y que es su regreso a la ficción tras Cuchillo, sus intensas memorias sobre el atentado que casi le cuesta la vida en 2022.

«Cuando volví a escribir ficción tras terminar las memorias, lo primero que me vino a la mente fue mi época universitaria, aquellos años 60, pero no encontraba una buena historia. No quería escribir sobre el tópico de sexo, drogas y rock and roll y, además, nunca me involucré mucho con las drogas -bromea-, así que seguí buscando hasta dar con dos cosas interesantes», explica. «La llegada de las mujeres a la institución tras 600 años y el maltrato que sufrieron dos grandes prohombres del King’s College por su homosexualidad, E. M. Forster, que estuvo años sin publicar, y Alan Turing, que fue sometido a castración química». De esta mezcla de la que no desvelamos más al lector, nace «Finado», el primer y único relato de fantasmas creado por Rushdie.

El relato «Oklahoma», un delirio kafkiano sobre los límites de la ficción nació de dos visitas al museo y de explorar la idea de desaparición. «Una parte se me ocurrió aquí, en Nueva York en una maravillosa exposición de la Biblioteca Morgan sobre manuscritos de Kafka. Cuando tuve delante su novela inacabada América y vi que había querido titularla «El hombre que desapareció», pense que ahí había algo», relata. La otra pata del tenebroso cuento descansa en Goya. «Pude entrar al Prado antes de que abriera el año pasado y sólo me bastó con ver tres salas: la de Las meninas, la de El Bosco y la de las Pinturas negras de Goya. Me impresióno cómo en esa época hubo de huir de la Corte por culpa de Fernando VII y pensé que la arrogancia, el autoritarismo y la persecución de los liberales de este rey, que tiene muchos imitadores hoy en día, daba a todo un toque muy contemporáneo», reflexiona el escritor.

Y así sigue Rushdie, cuya voación de narrador es inextinguible, enhebrando durante más de una hora anécdotas más o menos ocultas en el libro: cuando al llegar a Nueva York en su juventud conoció a Kurt Vonnegut, Philip Roth o James Salter «en aquel Long Island que parecía un pequeño pueblo de artistas y no la cuna del pijerío que es hoy», su visita a la biblioteca de Borges en Buenos Aires «que estaba llena de escritores británicos como Kipling, Chesterton o Stevenson«. Aunque lo que más le impresionó, dice, fue «una habitación pequeña que contenía solo enciclopedias de todo lo imaginable, de fútbol, de cocina, de mitología…», enumera.

«La literatura siempre tiene alguna relación con la verdad, por eso a los dictadores no les gustan los escritores»

«También me encontré una vez, visitando España de joven», prosigue Rushdie inagotable, «a un alemán expatriado que era fotógrafo y vivía en Mijas. Me contó que una vez conoció a Borges en una librería y que le pidió que prologara su libro de fotografías de Buenos Aires. Y no sólo lo hizo, sino que en la introducción escribió algo hermoso y que encaja con el mundo actual: que hay cosas que no se pueden fotografiar», apunta con emoción. «Y pone el ejemplo de la Pampa. Dice que no se puede fotografiar porque es que es infinita, así que la única manera de experimentarla es recorriéndola, por lo que sólo puede representarse a través del tiempo. Y una fotografía, al revés que la literatura, no tiene tiempo. Por eso no se puede fotografiar la Pampa, porque no se puede fotografiar la infinitud. ¿No es genial?

– Desde luego, pero deberíamos empezar con las preguntas…

– Por supuesto, vamos allá.

P. El libro ensalza, como toda su obra, el poder de la ficción para moldear la realidad, pero también alerta de los peligros que entraña. ¿En este época de fanatismo, mentiras y fake news pueden ser las palabras un enemigo?

R. Una de las cosas que está sucediendo claramente, sobre todo en este país, es el uso de la falsedad, de mentiras repetidas una y otra vez. Ya en 1984 Orwell escribió que el Gran Hermano pedía a la gente que no creyera lo que veían sus propios ojos, pero sí la mentira que les decía el poder. Y eso sucede a diario en Estados Unidos. Sobre el peligro de las palabras, hace un tiempo un periodista, no recuerdo quién, me preguntó cómo podía escribir ficción en esta época de mentiras, si no era contribuir a ellas. ¿Sabes qué le dije?

P. Dígame.

R. Traté de explicarle que la literatura, sea realista o no, tiene como propósito acercarse a la verdad. A la verdad sobre la naturaleza humana: ¿Por qué somos así? ¿Por qué tratamos a las personas como las tratamos? ¿Quiénes somos en nuestro mejor o peor momento? Así que la literatura siempre tiende hacia alguna relación con la verdad, mientras que la mentira es una forma de disfrazar la verdad, un alejamiento. Aunque estas dos cosas parecen similares, en realidad son opuestas. Por eso a los dictadores no les gustan los artistas ni los escritores.

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P. En un mundo donde la incertidumbre y el dogmatismo son la norma, tus historias destacan siempre por sus matices y su profundidad, ¿pueden ser el arte y la literatura un antídoto contra la rapidez y la confrontación actuales, o es atribuirles demasiada responsabilidad?

R. Siempre desconfío del tan cacareado poder de la literatura para cambiar la sociedad, pues es cierto que hay poderes mucho mayores. Pero lo que sí hace, en un momento en que, como comentamos, el poder ha comprendido que su fuerza nace de modelar la narrativa, de apropiarse del discurso y de excluir a quien no lo comparte, es desafiar ese dogma. Porque la literatura es una forma de revisar la narrativa, de reconfigurarla. Es muy heterodoxa y no acepta la ortodoxia de la narrativa oficial. Así que, si tu propósito en la vida es controlar la narrativa, la literatura es tu enemiga. Por eso a menudo encarcelan y matan a los escritores.

«Ya no reconozco la India. Las ideas de tolerancia y socialismo han dado paso a un nacionalismo uniformador»

Una reflexión que, cómo no, da pie a otra anécdota. «Hace unos meses visité Granada para ir a un festival en la hermosa Alhambra y allí conocí a la directora de la Fundación Federico García Lorca. Mi mujer [la también escritora Rachel Eliza Griffiths] es una fanática absoluta, y pudimos ver sus manuscritos, su escritorio, su piano… Fue muy impactante y conmovedor», recuerda Rushdie. «Esto me hizo pensar. Como sabes, Lorca fue asesinado al inicio de la Guerra Civil. ¿Por qué? En parte por ser homosexual y en parte por ser de izquierdas. ¿Pero cómo de peligroso era un poeta? Mucho, y sus asesinos lo sabían. Lo que no advirtieron es que es mucho más peligroso muerto. Hoy el franquismo no existe, pero Lorca es inmortal y conocido en todo el mundo», sentencia. «Los escritores, cuando estamos vivos, no tenemos ningún poder. Pero nuestra obra sobrevive a quienes nos oprimieron. Amo la idea de que el arte y la la literatura sobreviven al poder y la tiranía«.

P. El cuento «La intérprete de Kahani» retrata lo mejor y lo peor de la India, ¿cómo es su país hoy, lo reconoce?

R. La verdad es que en muchos aspectos ya no. En este retrato satirizo el mundo de los multimillonarios indios, la fastuosidad, la falsa espiritualidad… En mi juventud todavía imperaban las ideas de Gandhi, la humildad, la contención, la sencillez, pero todo eso ha desaparecido. En Bombay la gente solía estar orgullosa de su tolerancia. Ahora el problema religioso es una herida abierta y las ideas de secularidad y socialismo con las que se fundó la India ya no existen, son cosas proscritas por un Gobierno que está tratando de hacer un país monocromo y donde todo el mundo sea uniforme.

P. Bueno, el auge del nacionalismo es global…

R. Cierto, pero no es excusa. De hecho, mis tres países sufren esta epidemia. Es un poco triste ver esta hostilidad hacia los inmigrantes, ya no hablemos del drama de Estados Unidos, sino en Reino Unido. No seamos ingenuos, en los 70 y 80 había prejuicios contra la gente del Caribe o del sur de Asia, pero ahora es contra los extranjeros en general. Ya sabes, si no hablas inglés o si tienes acento extranjero, de repente estás en el punto de mira. Y eso hace que el país se destruya a sí mismo porque, por supuesto, estos mismos extranjeros son quienes hacen que los hospitales funcionen o quienes toman los peores trabajos que los blancos no quieres. Así que la fruta se pudre en los árboles y de repente el sistema no funciona porque expulsas a estas personas que creías que eran el problema cuando en realidad eran la solución.

«Es triste ver esta hostilidad hacia los inmigrantes, ya no hablemos del drama de EEUU, sino en Reino Unido»

P. En «Oklahoma» el narrador es un escritor que roba personajes del mundo real. ¿Cree que vivimos hoy en día una crisis de la imaginación, tanto a nivel social y político como a nivel literario, con el bum de la autoficción y todo eso del «basado en hechos reales»?

R. Cuando los escritores de mi generación éramos más jóvenes había un hambre entre los lectores por cosas nuevas, no por las mismas historias de siempre. Y todos nos beneficiamos de eso. Los Martin Amis, Ian McEwan, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro, Angela Carter o yo mismo hacíamos algo muy distinto dela clásica novela inglesa. Y en ese momento la gente quería eso, nuevas formas de contar historias. Ahora creo que es un momento más conservador en muchos sentidos. Es más conservador en política, es más conservador socialmente y es más conservador en términos de lo que la gente quiere leer. Como sabemos, la no ficción se vende mejor que la ficción. Y la ficción, en cierto modo, solo se lee si puede pretender estar contando una historia real, como dijiste, basada en una historia real. Imagina poner eso en la cubierta de una historia de Borges o Kafka…

P. ¿Y cree que ese tipo de literatura es más sencilla de escribir?
R. Sinceramente, creo que sí. En el mundo actual impera una idea de la verdad que es de un realismo muy simple y eso ha llevado a que los libros exitosos de nuestro tiempo encajen en ese patrón. Muchos de ellos están muy orientados a los problemas sociales y, en mi opinión, esa es una forma muy sencilla de escribir. Por no hablar de la simplificación del propio lenguaje, que se basa en oraciones cortas y prosa sencilla. Si tratas de hacer algo más lúdico con el lenguaje… En fin, un empobrecimiento general derivado de ese conservadurismo.

P. En uno de sus cuentos Goya aparece como un viejo que se enfada ante la irremediable y eterna estupidez humana, ¿es realmente irremediable y sólo la lucidez de la edad permite comprender esto?
R.La estupidez humana es irremediable sí, supongo que es algo de lo que te convences más con los años. Además, me interesaba Goya en su vejez porque se siente un hombre derrotado, y porque es cuando abandona, tras casi una vida, la Corte borbónica y se va primero a la Quinta del sordo y luego a Burdeos. Una de las cosas que quería trasladar al lector es lo odioso que fue Fernando VII quien, como dije, tiene muchos imitadores hoy. Es decir, la clave es que una de las características de la tiranía es el odio a la cultura. Cultura entendida de manera muy amplia: periodismo, museos, universidades, música, pintura, literatura, poesía… La cultura es el enemigo porque no se alinea, tiene su propia visión que no consiente la visión del tirano. Y creo que los últimos años de Goya son un ejemplo perfecto de esto.

«Siempre digo a mis alumnos que hay suficientes libros en el mundo, asegúrate de que tu historia debe ser contada»

P. La vejez y cómo vivirla es uno de los temas del libro, ¿cree que el actual culto a la juventud, ignorar a nuestros mayores, es uno de los grandes problemas de la sociedad?

R. Quizá este sea uno de los mayores cambios de mi juventud a hoy, la desaparición del respeto por el anciano o la matriarca. Y es un desperdicio de experiencia, sí. En cierto sentido, creo que viene de que muchas veces vivimos en dos mundos paralelos, falta entendimiento, comunicación, sobre todo por culpa de la tecnología y de que la rapidez y la actualidad son hoy valores absolutos. Aunque, por otro lado, eso siempre ha pasado. Por barrer para casa, en literatura siempre ha ocurrido eso de: «Hemos escuchado suficiente de ese escritor, no necesitamos otra historia». Yo he tenido suerte, todavía tengo suficientes lectores para pagar el alquiler, pero recuerdo haber conocido de joven al escritor británico Angus Wilson, que entonces tenía 70 años, y en un momento usó una frase que no he olvidado: «En los días en que era un escritor interesante», dijo. Y pensé que era muy triste opinar así sobre tu propio trabajo. Pero ahora lo entiendo, es un miedo que da la edad, supongo. Así que, en resumen, es la naturaleza humana querer lo siguiente, lo nuevo, y especialmente en el momento en que vivimos lo nuevo debe ser además inmediato.

P. En este sentido, su colega Julian Barnes ha dicho que su nueva novela será la última, ¿se plantea usted hacer un último libro o no sabría enfrentarse a la vida sin ser escritor?

R. Me ha dado mucha pena, y espero que lo reconsidere. Ser escritor es cuestión de tener algo que escribir. Siempre les digo a mis alumnos que existen suficientes libros en el mundo, así que si no están seguros al 200% de que una historia debe ser contada, no la escriban. Literalmente no sabría qué hacer con mi vida sin la escritura y aún no he perdido el impulso de conatruir tramas, historias y personajes, que nacen en mi cabeza pero que toman cuerpo mirando al mundo, hacia fuera. Así que de momento no me veo jubilándome, todavía siento ese impulso y espero no perderlo nunca.

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