El toreo es un arte único en el mundo por tardes tan emotivas como esta de ayer en Santander. La última corrida de la feria de Santiago dolió con la tragedia de Marco Pérez, vibró con el buen hacer y la entrega de Aarón Palacio y emocionó con el toreo de Morante de la Puebla, a cuyo reclamo Cuatro Caminos colgó el último cartel de «No hay billetes».
Cornada de Marco, vibrante toreo de Palacio y un monumento al arte del torear del genio: los tres merecieron los máximos premios; fuerte corrida de Juan Pedro Domecq, de duro principio y noble final
El toreo es un arte único en el mundo por tardes tan emotivas como esta de ayer en Santander. La última corrida de la feria de Santiago dolió con la tragedia de Marco Pérez, vibró con el buen hacer y la entrega de Aarón Palacio y emocionó con el toreo de Morante de la Puebla, a cuyo reclamo Cuatro Caminos colgó el último cartel de «No hay billetes».
Los tres toreros pudieron, y merecieron, cortar las dos orejas a una fuerte corrida de Juan Pedro Domecq que se movió -y mucho- entre la dureza y, a última hora, la nobleza. Careció de entrega y estilo hasta que la entrega y el estilo aparecieron en penúltimo y último lugar. Cuando Palacio puso el toreo y Morante levantó un monumento al arte de torear. Resultó a la postre la jornada de mayor contenido de ocho días de toros. Entre un presidente obtuso, por insensible tanto con Marco como con Aarón, y la espada del maestro de La Puebla, nos privaron de la gloriosa fotografía del zaragozano y Morante a hombros.
Cuando llegó el parte facultativo de la enfermería recorrió el palco de prensa una sensación de alivio, el pronóstico de la cornada de Marco Pérez se quedaba en reservado para lo fea que había sido la cogida entrando a matar. El juampedro lo prendió de lleno por el muslo derecho, percibiéndose en seguida que el pitón había calado. El joven torero salmantino se echó la mano a la herida, sin poder levantarse.
Las cuadrillas los recogieron del suelo y se lo llevaron a la enfermería, donde sería operado por el equipo del doctor Casanova. El gesto de todos era de preocupación. Marco Pérez había estado extraordinario con el difícil toro, por capacidad, entrega y resoluciones técnicas. Embestía siempre el toro a los vuelos de dentro de la muleta, casi por el cáncamo del palillo. No descolgó ni se entregó jamás, moviéndose mucho y con mal estilo. En el volapié dramático enterró la espada arriba. Ya con el torero en la mesa de quirófano la gente se volcó en la petición de las orejas. El presidente sólo le quiso dar una, y se encasquilló con la sensibilidad de un ladrillo. La bronca fue monumental. Y la actitud del palco, incomprensible. Reincidiría.
El presidente sólo le quiso dar una, y se encasquilló con la sensibilidad de un ladrillo. La bronca fue monumental. Y la actitud del palco, incomprensible.
A las 19.49, no salía aún ninguna noticia de la enfermería y, sin embargo, por la puerta de toriles volvía a aparecer otro toro complicado, alto de cuerpo y orientado. Qué dura la juampedrada hasta el momento. Aarón Palacio anduvo con una determinación bárbara, muy de verdad, tremendamente asentado, encajando los gañafones sin pestañear un músculo. Le proponía la izquierda como si fuera bueno. Palacio quiso tanto que se pasó de faena y esto trajo consecuencias a la hora de matar, cuando se encasquilló con la espada. No ayudó el juampedro y él tampoco atacó con la misma fe que inyectó a su valiente faena.
Después, a las 20.10, Aarón Palacio hacía el toreo a la verónica con un compás y un dibujo extraordinarios, hundiéndose con el montado quinto de Domecq, tan manilargo pero con generoso cuello también. Y, de hecho, lo hacía mejor que ninguno. A saludarlo se había ido a porta gayola, donde salvó la situación de milagro. Galleó con garbo por chicuelinas y quitó con sincero ajuste por gaoneras, con la suerte cargada. Como ya quisieran todos los que la interpretan con un chicotazo. Palacio estuvo bordado mientras el toro mantuvo su buen son, y cuando se apagó antes de hora, también. El broche brilló la mar de torero. Y hundió con determinación la espada arriba, no exactamente en el hoyo de la agujas, pero por arriba. La plaza estalló en pañuelos. El triunfo parecía cantado. El usía se enrocó en un solo premio. Los tendidos entraron en cólera. Aarón paseó dos apoteósicas vueltas al ruedo.
Cuando a las 18.35 el oscuro cielo del Norte había hecho un amago de lluvia, un revuelo de paraguas y gentes que aún no se habían colocado en los abarrotados tendidos hacían un ruido incómodo detrás de las gráciles verónicas de Morante de la Puebla, sueltos los brazos, los vuelos y el toro. Pasaba el gordo y fuerte jabonero sucio a su bola, sin descolgar ni emplearse. Sostendría este comportamiento durante toda la movida lidia, marcando querencias y a veces casi arrollando, sin parar.
Morante puso a todo más pasión que el toro. Desde el quite por aladas chicuelinas -resuelto con una airosa serpentina- al prólogo de faena, que fue formidable por el modo de doblarse, por la manera tan torera de salirse con el toro. MdlP anduvo perfecto, incluso demasiado tiempo y exponiendo más de lo que transmitía. No valió mucho un cuarto más armonioso, de dormida raza, gazapón, quedándose siempre por debajo. Un volatín no ayudó. De la cuadrilla de Morante hablaré otro día. Quedaron cosas sueltas como apuntes de Casero: aquellos ayudados, aquestos naturales. Abrevió con el muermo y la gente no lo entendió.
Las luces del toreo se encendieron cuando se apagaban las del día. Por faroles prendió Morante la ilusión en Cuatro Caminos para recibir al sexto juampedro, que traía otras hechuras. Lo paró enfrente del burladero de capotes, donde el ruedo se hacía menos playa. Y allí mismo, descalzo, sentado en el estribo, construyó la faena de ocho días de toros, tan despacio. Su mano derecha fundamentó el toreo, con el eje del empaque de Ordóñez y la naturalidad de Bienvenida, a fuego lento. Con esa mano son contados los toreros en la historia que han toreado así frente el tópico de la izquierda.
Hubo redondos y un puñado de naturales que siguen aún flotando en Cuatro Caminos con visos de eternidad. Aminorado el juampedro ya -un paroncito lo resolvió con un pase mirando al tendido-, cerró por manoletinas MdlP, cosa inusual. Quería la puerta grande. Pero pinchó una y otra vez. Quizá debió hacer la suerte dando la salida al toro hacia toriles. La ovación de despedida atronó Santander y abrochó una tarde emotivísima. ¡Qué duro y grande es el toreo!
Ficha
PLAZA DE CUATRO CAMINOS. Sábado, 25 de julio de 2026. Última de feria. «No hay billetes». Toros de Juan Pedro, fuertes y gordos, con su armonía por delante; duros y sin entrega en su primera mitad; buenos el 5º y 6º, de apagado final.
MORANTE, DE TABACO Y ORO. Pinchazo hondo tendido (saludos); estocada pasada y rinconera aprovechando el viaje y dos descabellos (algunos pitos); tres pinchazos y estocada. Aviso (saludos con gran ovación).
MARCO PÉREZ, DE AZUL PAVO Y ORO. Estocada en lo alto (oreja y fuerte petición). Pasó a la enfermería.
AARÓN PALACIO, DE BLANCO Y ORO. Cuatro pinchazos y estocada. Aviso (silencio); estocada mínimamente ladeada (oreja, fuerte petición y dos vueltas al ruedo).
Parte médico de Marco Pérez
Durante la lidia del 2º toro, ha sido ingresado en esta enfermería el torero Marco Pérez con una herida en el muslo derecho.
Se realiza anestesia general balanceada y se explora la herida, que presenta dos trayectorias, superior hacia la cadera e inferior hasta tercio medio del muslo, afectando al músculo aductor y llegando hasta la zona del recto anterior del muslo /cuádriceps.
Se practica lavado, hemostasia, se administra antibiótico (Augmentine) y se colocan drenajes.
El cierre se realiza por planos tras dejar un drenaje.
Pronóstico: Reservado.
Le impiden continuar la lidia. Fue trasladado al Hospital de Mompia de Santander.
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