Ha muerto Jack Taylor, actor de culto, rostro inconfundible del fantástico europeo y vecino de Chamberí desde hace más de seis décadas. Lo ha hecho esta madrugada con 99 años.
Ha muerto Jack Taylor, actor de culto, rostro inconfundible del fantástico europeo y vecino de Chamberí desde hace más de seis décadas. Lo ha hecho esta madruga
Ha muerto Jack Taylor, actor de culto, rostro inconfundible del fantástico europeo y vecino de Chamberí desde hace más de seis décadas. Lo ha hecho esta madrugada con 99 años.
Nacido como George Brown Randall en Oregón City el 21 de octubre de 1926, Taylor atravesó casi un siglo de cine sin perder nunca el deseo de seguir trabajando, convertido ya en una figura irrepetible del terror, la serie B y el cine de autor rodado entre España, México y Europa.
Siendo niño, descubrió su vocación al pisar un escenario escolar vestido de Papá Noel. En 1938, escuchó el famoso programa de radio de Orson Welles La guerra de los mundos, que anunciaba una invasión extraterrestre, y quedó tan impresionado que años después decidió crear su propio espacio radiofónico.
Con 25 años, Taylor estuvo un año en San Francisco ahorrando para irse a Los Ángeles a probar fortuna como actor, donde debutó en el show televisivo del comediante Jack Benny, coincidiendo con la mismísima Marilyn Monroe. Ese paso por Hollywood tuvo algo de aprendizaje y también de desencanto. El propio Taylor lo explicaba citando una frase de su héroe de la infancia Orson Welles: «Hollywood es un lugar donde te acuestas siendo joven y te despiertas con 65 años», por lo que decidió abandonar California en busca de una industria menos rígida que la de los grandes estudios. «Yo quería ir a Italia, pero no tenía dinero. Entonces cogí mi coche y yo solito conduje miles de kilómetros hasta México, donde llegué sin ni siquiera hablar el idioma».
Pero en solo 8 meses aprendió a defenderse en español, integrándose en una industria que él mismo comparaba con la norteamericana por su ambición y músculo profesional. Julio Alejandro, guionista de Buñuel, escribió para él su primer papel protagonista en La torre de marfil (Alfonso Corona, 1958). Aquella etapa le permitió trabajar en un cine popular y fantástico, que más tarde conectaría con su posterior condición de icono del terror europeo, participando en producciones vinculadas a sagas como Neutrón o Nostradamus, títulos populares del cine fantástico mexicano. «‘A la gente le encantaban. Eran películas para el pueblo», recordaba en 2025 en una entrevista para este periódico. Taylor se relaciona en esa etapa con otros nombres esenciales del entorno cinematográfico mexicano, como María Félix o Emilio «El Indio» Fernández.
CHAMBERÍ, EL BARRIO QUE LE ACOGIÓ
Ya a principios de la década de los años 60, el de Oregón llega a España de forma casi accidental, arrastrado por el éxito teatral que había cosechado en México con la comedia musical La pelirroja, ya que uno de sus productores, que era español, decidió llevarla a Madrid para representarla en el Teatro de la Zarzuela en 1961; aquel viaje, que en principio era solo una escala profesional, acabó convirtiéndose en un cambio definitivo de vida, porque tras debutar en la capital decidió quedarse a vivir, instalándose desde entonces en el castizo barrio de Chamberí, donde ha permanecido hasta su fallecimiento.
En nuestro país encontró un lugar definitivo para vivir y una carrera consolidada en séptimo arte, donde su presencia alta, pálida, elegante y extrañamente magnética terminaría por hacerlo inolvidable. Empezó casi como una silueta dentro de la gran maquinaria del cine épico, con una aparición en Cleopatra, de Joseph L. Mankiewicz. «Si parpadeas no me vas a ver, pero estoy ahí, haciendo de esclavo griego de Rex Harrison», decía sobre su papel como extra.
Su primer personaje con diálogo en el cine español vino de la mano del director Pedro L. Ramírez en Los guerrilleros (1963), donde interpretaba a Dubois, un teniente del Ejército de Napoleón. La película era también el debut en el cine de Manolo Escobar y Rocío Jurado.
A partir de ahí, Taylor deambuló por el territorio ambiguo, nocturno y febril del fantaterror español, donde su físico y su acento lo convertían en una presencia perfecta para científicos siniestros, aristócratas turbios, sacerdotes inquietantes o villanos refinados.
Su nombre quedó ligado para siempre al universo de Jesús Franco, con quien rodó ocho películas en una década. Taylor recordaba al director como un hombre entrañable, desbordado de imaginación, caótico a veces, pero esencial en su carrera; de aquella colaboración nacieron títulos como Necronomicón o El conde Drácula, y también una manera de hacer cine al margen de todo, multilingüe, improvisada, artesanal y libre.
La carrera de Jack Taylor ha sido tan extensa como singular, trabajando con más de 40 directores en unas 140 películas y varias series de televisión. El intérprete se movía con naturalidad entre la superproducción internacional, el fantástico popular y el cine más libre y heterodoxo. Compartió créditos con actores y actrices de la talla de Christopher Lee, Klaus Kinski, Paul Naschy, Arnold Schwarzenegger, Soledad Miranda o Natalie Portman, y estuvo a las órdenes de cineastas como Roman Polanski, Ridley Scott, Joseph, Robert Siodmak, Milos Forman, Amando de Ossorio, Juan Piquer Simón, León Klimovsky, Javier Aguirre. «Creo que es mejor actor con el que he trabajado nunca. Y nuestro tiempo de codirección juntos en teatro, sobre todo en Auto de los Reyes Magos , fue un gran aprendizaje. Se va un gran amigo, de los de verdad», ha dicho de él Víctor Matellano, otro de los directores que le dirigió.
Entre sus papeles más recordados figuran el ambiguo Luis deLa orgía nocturna de los vampiros (1973); el profesor de arqueología Jonathan Grant en La noche de los brujos (1974); el sacerdote al que Arnold Schwarzenegger arranca la túnica en Conan el Bárbaro (1982); el profesor Arthur Brown de Mil gritos tiene la noche (1982); el capitán de un ballenero en La iguana (1988), de Monte Hellman; el coleccionista de libros antiguos Victor Fargas en La novena puerta (1999), de Roman Polanski; Quincey Morris en El conde Drácula (1970), la película de Jesús Franco en la que compartió reparto con Christopher Lee y Klaus Kinski; o ya en una etapa más reciente, el siniestro Doctor Knox en Wax (2014), de Víctor Matellano. El actor participó en series como Goya (1986), Cervantes (1981) o Curro Jiménez (1977).
Pero Jack Taylor no fue solo actor. Fue también escenógrafo, director teatral y escritor, alguien que hablaba del cine mudo, de los rodajes imposibles, de la censura, de los festivales y de los decorados con la misma naturalidad con que hablaba del vino, de la lectura o de los paseos. Incluso en la vejez seguía vinculado a nuevos proyectos, como su participación como una de las voces que narra el reciente documental Call me Paul, sobre la figura de Paul Naschy, con quien coincidió en tres ocasiones.
Quienes lo trataban encontraban en él no solo memoria viva del cine fantástico, sino también ironía, lucidez y una humildad poco frecuente en alguien que había compartido pantalla con varias generaciones de mitos. Hace poco decía que no había hecho pactos con el diablo por tener 99 años, pese a haberlo frecuentado tantas veces en la ficción, y atribuía su vitalidad a caminar, leer, escuchar música y seguir interesado por todo.
Incansable hasta el final, recientemente publicaba sus memorias, Mis 100 años de cine (Grupo Editorial Sial Pigmalión), y nos comentaba que estaba a la espera de un nuevo papel del que no quería hablar para que no se gafase.
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