<p>No me considero una persona melancólica, pero sí reconozco ser rabiosamente nostálgico. Aunque sigo manteniendo que el mejor momento vital de cualquier ser humano ha de ser el actual, sí es cierto que no me importa sucumbir a la nostalgia, ya que, para mí, está muy unida al ejercicio de rememorar momentos, situaciones o experiencias que te han proporcionado felicidad. <strong>Y eso es muy terapéutico, porque te demuestra que, entonces, fuiste feliz</strong>.</p>
Seguramente, dentro de diez años recordaré con nostalgia las pantallas led; los teatros con nombres de marcas comerciales; las tiendas baratas de souvenirs; incluso, a los manteros. Porque soy feliz
No me considero una persona melancólica, pero sí reconozco ser rabiosamente nostálgico. Aunque sigo manteniendo que el mejor momento vital de cualquier ser humano ha de ser el actual, sí es cierto que no me importa sucumbir a la nostalgia, ya que, para mí, está muy unida al ejercicio de rememorar momentos, situaciones o experiencias que te han proporcionado felicidad. Y eso es muy terapéutico, porque te demuestra que, entonces, fuiste feliz.
Así que imaginarán que me ha dado mucha pena el cierre de la zapatería Bravo, en plena Gran Vía madrileña, donde siempre he acompañado a mi padre. También acudí con gran tristeza a la reforma de la Fnac de la Plaza de Callao, donde ya no voy a poder actuar en su foro. El día que despareció el logo de la tienda de discos Madrid Rock también me disgusté. La de horas que pasé allí descubriendo música. O el cierre de la boutique de alta costura Choren, con sus clientas tan bien vestidas que, tras su visita, compraban libros en la calle Libreros.
Ni que decir tiene que extraño los grandes carteles pintados a mano que anunciaban los estrenos de moda en las fachadas de los cines de la calle más famosa de España. Me dio mucha rabia la desaparición de los grandes almacenes Sepu, con sus empleadas ejerciendo su derecho a huelga en formato maniquí, sentadas en sus escaparates. También, el cierre de la hamburguesería Wendy’s, hoy un local low cost.
Todo esto ocurrió en los aledaños de la Gran Vía, donde vivo y donde quiero morir. Seguramente, dentro de diez años recordaré con nostalgia las pantallas led; los teatros con nombres de marcas comerciales; las tiendas baratas de souvenirs; la intoxicación de comercios dedicados a la comida. Porque soy feliz.
Todos los afortunados estamos condenados a coquetear con la nostalgia. Y aunque en la actualidad haya cosas que no me gustan, no quiero caer en el espíritu de los primeros «damnificados» de la revolución industrial. Eso sería melancolía, sería quedarse anclado en el pasado y no ver más allá. Sería aquello tan triste de «cualquier tiempo pasado fue mejor». Seguro que los jóvenes de ahora van a sentir nostalgia cuando desaparezcan sus retos virales en TikTok.
Así es la vida: cambio y progreso y, por tanto, desaparición. Por eso no es malo recordar el pasado, incluso con cierta morriña. Las personas muertas desparecen cuando se deja de hablar de ellas. La felicidad vivida, también. Así que viva la nostalgia. No seamos tan fríos y robóticos. Está muy bien para la ciencia ficción. Pero yo no soy un robot.
Cultura
