«Proteja a la nación de la infiltración», se lee en un cartel premonitorio apenas arranca Hope. La advertencia, que en verdad quiere ser una proclama política coreana del sur, llega tarde. Los aliens, que no los vecinos comunistas del otro lado, ya han desembarcado. Y lo han hecho con todos los honores tanto en la esperada nueva película del director coreano Na Hong-jin, que vuelve al cine tras 10 años de silencio después de su obra maestra El extraño, como en la sagrada cuna del cine de autor que es Cannes. Contra todo pronóstico, y en plena sección oficial a competición, una aceleradísima película de monstruos, que también lo es de alienígenas, que también lo es (y sobre todo) de acción, que también es comedia y que, por qué no, también es disparate perfectamente autoconsciente. Es decir, un sacrilegio como dios manda. Se quiera o no, una película de culto ratonera y con unos efectos digitales cuanto menos mejorables acaba de llegar para quedarse. En efecto, es ya tarde para protegerse de la invasión.
La esperada nueva película del coreano Na Hong-jin irrumpe en Cannes como un tornado de cine desde ya de culto de acción y aliens. A su lado, el cine francés decepciona con la ingenua Garance (**) y la protocolaria y tremendista Moulin (**)
«Proteja a la nación de la infiltración», se lee en un cartel premonitorio apenas arranca Hope. La advertencia, que en verdad quiere ser una proclama política coreana del sur, llega tarde. Los aliens, que no los vecinos comunistas del otro lado, ya han desembarcado. Y lo han hecho con todos los honores tanto en la esperada nueva película del director coreano Na Hong-jin, que vuelve al cine tras 10 años de silencio después de su obra maestra El extraño, como en la sagrada cuna del cine de autor que es Cannes. Contra todo pronóstico, y en plena sección oficial a competición, una aceleradísima película de monstruos, que también lo es de alienígenas, que también lo es (y sobre todo) de acción, que también es comedia y que, por qué no, también es disparate perfectamente autoconsciente. Es decir, un sacrilegio como dios manda. Se quiera o no, una película de culto ratonera y con unos efectos digitales cuanto menos mejorables acaba de llegar para quedarse. En efecto, es ya tarde para protegerse de la invasión.
Hasta que llegó Na Hong-jin, los géneros cinematográficos eran lo que eran y los que eran. Y no eran pocos. Que si acción, que si aventura, que si drama, que si terror, que si ciencia-ficción, que si fantasía, que si western… y que si quieres arroz, Catalina. Pero, como el anillo que los gobierna a todos, el cine de este coreano furiosamente inclasificable existe para el desconcierto, el frenesí y, por qué no, la realidad trans. En una primera aproximación quizá banal, las clasificaciones por género cumplen el doble propósito de orientar al espectador y, de paso, economizar y agilizar la narración. Cada uno de esos espacios estancos dispone de unas reglas compartidas y asumidas por todos que, sin necesidad de indicación o desarrollo alguno, generan expectativas, adelantan emociones y hacen salivar la retina justo antes de la sorpresa. Pero ¿qué ocurriría si se desmontara el mecanismo y nos diera por cruzar los cables? Y eso es exactamente lo que ha hecho Na Hong-jin.
Hope es básicamente un febril y feliz experimento convencido del placer del caos, de la virtud de lo imprevisible. Sobre el papel es una película de monstruos y supervivencia. Sobre la pantalla es aún más sencillo: es una provocación donde los monstruos monstrúan y los demás se limitan a hacer lo que pueden mientras corren y disparan. Sin parar un segundo. Toda la película, de hecho, se estructura en torno a dos secuencias de acción infinitas. La primera discurre en una ciudad y dura casi una hora y la segunda sucede en el campo y más de 45 minutos los cumple. El total es de dos horas y 40 minutos que equivalen a un simple suspiro. Gozosa sin duda. Se goza, eso sí, con algo de sentimiento de culpa, pero se goza. Y de qué manera.
Con un reparto en el que destacan el policía al que encarna Hwang Jung-min (al que ya vimos en El extraño) y la enérgica y resuelta justiciera encarnada por Jung Ho-yeon –y por donde aparecen irreconocibles en sus caretas de extraterrestres, atentos, Alicia Vikander y Michael Fassbender–, Hope discurre por la pantalla al galope (y no es metáfora) y siempre en línea recta. Digamos que el director deja de lado la exploración barroca e iluminada que llevó a cabo en su celebrada película anterior, empeñado en transcender la intriga policial acercándola a enigmas de inspiración sobrenatural habitados por fantasmas, zombis y hasta criaturas demoniacas, para simplemente correr. Y de qué manera.
Lo que sí se mantiene incólume es esa insistencia por viajar desde la comedia (memorable el cuento del anciano que fue a hacer de vientre) al western sin renunciar a la tragedia interplanetaria para proponer una aventura descarnada en la que solo importa la liturgia del movimiento, del cine como explosión y montaje, del placer sin tiempo. Toda la cinta se experimenta y se ve como una agresión al buen gusto, como un espasmo, como un monumento a los efectos CGI de otro tiempo y hasta como una irrenunciable impostura. Nada es predecible en un ejercicio de cine demente y, lo más visible, feliz. ¿Y que hace una película como ésta en la sección oficial de un festival como éste? Respuesta: un brillante y gozoso cortocircuito. La invasión nos ha alcanzado.
Al cine francés le ocurre un poco como a los de una ciudad, dicen, del norte de España. Que pueden nacer donde les venga en gana. De las 23 películas en la competición, seis están dirigidas por una francesa o un francés. Y sin embargo, el número de películas galas (es decir, con Francia como principal productor) llega hasta 10. No hace falta ser de ciencias para sacar la conclusión más evidente, además de francesa: si hay que apostar por una nacionalidad para hacerse con la Palma de Oro, yo no lo haría por Italia (este año, ni una). El jueves fue algo así como el paradigma de lo anterior. Se presentaron dos películas, las dos francesas, una dirigida por el húngaro Laszlo Nemes y la otra por Jeanne Herry, que es francesa. Y ya es mala puntería, pese a lo mucho prometido, ninguna pareció dar en la diana.
La primera de ellas llegó con todas las esperanzas cosidas a su nombre. Garance (Another Day, según el título internacional en inglés) es como se llama la película, la protagonista y, lo más importante, el personaje inolvidable de Los niños del paraíso (1945) de Marcel Carné y al que daba vida Arletty. Jeanne Herry –hábil, perspicaz y convincente directora siempre atenta a las fracturas de la sociedad y con títulos en su haber tan notables como En buenas manos o Las dos caras de la justicia– propone ahora una historia de superación que también lo es de redención. La protagonista, a la que da vida Adèle Exarchopoulos con una convicción y energía a salvo de dudas, es una joven actriz alcohólica a brazo partido contra los laberintos y abismos de su adicción.
A su favor conviene decir que está en la intención de la película darle la vuelta a muchos de los lugares comunes inscritos a fuego en la retina del espectador merced a películas como Días sin huella (Billy Wilder, 1945), Días de vino y rosas (Blake Edwards, 1962) o, por qué no, Leaving Las Vegas (Mike Figgis, 1995). Y ello porque se trata de una mujer y, después, porque la película no renuncia ni a la comedia ni la romance ni a la comedia romántica pese a hundirse hasta las cejas en el barro de la tragedia. Solo por eso (y por el título), la propuesta de Herry debería mantenerse a salvo. Sin embargo, y para desesperación de todos, en su afán por llevar la contraria a clichés y tremendismos, pronto Garance se deja arrastrar por una marea de buenos sentimientos tan libre de control como sencillamente inverosímil. Y así, el guion, un dechado de buenas intenciones, alterna lo errático con lo arbitrario (sin descuidar el melodrama mal entendido) con una liberalidad completamente inédita en una filmografía, la de la directora, esencialmente rigurosa. Eso sí, Exarchopoulos, una vez más, resiste en cada una de sus resacas, que son muchas, muy por encima del hígado de su personaje. Es así.
Quién sabe si como respuesta avant-la-lettre, que dicen por aquí, a la película recién estrenada en Francia Les rayons et les ombres, de Xavier Giannoli, es por lo que existe Moulin. La primera, que ya han visto y celebrado más de un millón de espectadores, se muestra complaciente o comprensiva o simplemente indulgente con el colaboracionista, trámite Vichy, con el régimen nazi Jean Luchaire. La otra, la recién presentada en Cannes, simplemente recupera perfecta la mitología heroica del resistente en su más ortodoxa, e interesada incluso, integridad. A un lado confrontaciones, lo cierto es que la propuesta del húngaro Laszlo Nemes resulta visualmente apabullante. Y solo por eso –y un poco por lo demás, la verdad– gana. Pero no se trata de eso.
Digamos que el director de El hijo de Saúl (2005) abandona (aunque solo en parte) el libro de estilo que ha presidido y perseguido su obra desde su ópera prima además de obra maestra. Por primera vez, no insiste en el mecanismo claustrofóbico a machamartillo de acosar a sus personajes como hiciera en la confusa Atardecer y en la explosiva Orphan. Ahora todo es más pautado, menos enfebrecido, más estilizado, hay más distancia. La cámara se vuelve a colocar tan cerca que se diría dentro de la tragedia, pero sin ahogarse.
Se cuenta la historia de Jean Moulin (Gilles Lellouche), encargado de unificar a los combatientes de la Resistencia bajo el mando único de De Gaulle. Y así hasta que es traicionado y entregado a la Gestapo en Lyon, dirigida por el despiadado Klaus Barbie (Lars Eidinger). Lo que sigue es una película que no admite ni matices ni circunloquios. Toda ella se encuentra detenida en el perturbador mecanismo de tortura para hacer que el resistente deje de resistir. La puesta en escena, tan brutal como agónica, es la carga de la prueba y razón de ser de una propuesta que, de otro modo, volvería a ser la misma historia de siempre. Pero, la verdad, se antoja insuficiente. Desasistido de un libreto solvente, Moulin simplemente repite tópicos, reduce sus personajes a clichés (del bueno buenísimo al malo malísimo y al revés) y se pliega a los imperativos del cine de prestigio con una docilidad que nadie habría siquiera imaginado en un director tan furioso como Nemes, el húngaro, que no el francés. Es decir, Moulin tampoco. Menos mal que Hamaguchi es de esos franceses que le dio en nacer donde quiso… de Japón.
Y así las cosas, atentos a la invasión que se avecina con Hope.
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