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  Cultura  Marta Matute, directora de ‘Yo no moriré de amor’: «Los protocolos de la vergüenza demuestran que nos gobiernan villanos de película»
Cultura

Marta Matute, directora de ‘Yo no moriré de amor’: «Los protocolos de la vergüenza demuestran que nos gobiernan villanos de película»

5 de mayo de 2026
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La intimidad, según se mire, puede llegar a ser o la más obscena fuente de ingresos (gracias, entre otras herramientas, a Instagram) o todo lo contrario, la más respetable, honesta y sincera manera de transformar el mundo. Y hacerlo para bien, para bien de todos. Que lo personal es político es ya a estas alturas una frase hecha, pero también es uno de esos hallazgos diminutos que todo lo iluminan. Cuando Carol Hanisch escribió su ensayo sobre el asunto, de golpe, algo se hizo evidente. Y ese algo tiene que ver con la imposibilidad radical de separar lo que somos de lo que sufrimos. Yo no moriré de amor es una película profundamente íntima. Y por ello exageradamente personal. Su directora Marta Matute tenía 19 años cuando su madre enfermó de Alzheimer. Ahora cumple los 38. La cinta cuenta con detalle, gusto, claridad, dolor (mucho dolor), pero también con esperanza, los nueve años (aunque en la película sean solo seis) que pasaron desde la aparición del primer olvido hasta el último de todos ellos. Y definitivo. Todo en ella es profundamente íntimo y, precisamente por ello, de todos. «Sí, es mi historia, pero el dolor siempre es compartido. En el dolor nos reconocemos todos, el dolor es político», dice la directora de la que desde ya es la ópera prima del año y que llega a las carteleras después de haber arrasado en el Festival de Málaga con hasta tres premios, incluida la Biznaga de Oro que corona a la mejor película y los galardones a mejor actriz (Júlia Mascort) y mejor actor de reparto (Tomás del Estal).

 La ganadora de la Biznaga de Oro en Málaga firma la ópera prima del año con una historia profundamente autobiográfica e íntima y a la vez tremendamente universal y política sobre el Alzheimer de su madre  

La intimidad, según se mire, puede llegar a ser o la más obscena fuente de ingresos (gracias, entre otras herramientas, a Instagram) o todo lo contrario, la más respetable, honesta y sincera manera de transformar el mundo. Y hacerlo para bien, para bien de todos. Que lo personal es político es ya a estas alturas una frase hecha, pero también es uno de esos hallazgos diminutos que todo lo iluminan. Cuando Carol Hanisch escribió su ensayo sobre el asunto, de golpe, algo se hizo evidente. Y ese algo tiene que ver con la imposibilidad radical de separar lo que somos de lo que sufrimos. Yo no moriré de amor es una película profundamente íntima. Y por ello exageradamente personal. Su directora Marta Matute tenía 19 años cuando su madre enfermó de Alzheimer. Ahora cumple los 38. La cinta cuenta con detalle, gusto, claridad, dolor (mucho dolor), pero también con esperanza, los nueve años (aunque en la película sean solo seis) que pasaron desde la aparición del primer olvido hasta el último de todos ellos. Y definitivo. Todo en ella es profundamente íntimo y, precisamente por ello, de todos. «Sí, es mi historia, pero el dolor siempre es compartido. En el dolor nos reconocemos todos, el dolor es político», dice la directora de la que desde ya es la ópera prima del año y que llega a las carteleras después de haber arrasado en el Festival de Málaga con hasta tres premios, incluida la Biznaga de Oro que corona a la mejor película y los galardones a mejor actriz (Júlia Mascort) y mejor actor de reparto (Tomás del Estal).

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«El inicio de todo», rememora, «lo tengo algo difuso». Y sigue: «Recuerdo a mi madre con las manos en la cara y llorando. Me impactó muchísimo. Mi madre tenía entonces 57 años y estaba muy asustada. De alguna manera, se veía en la misma situación de mi abuela, que también padeció Alzheimer, pero mucho más mayor, con casi 70. En ese momento, mi madre reconocía su enfermedad y resultaba muy angustioso. Luego llegaron los ejercicios de memoria y cosas así, pero, la verdad, esa primera parte del proceso la tengo muy olvidada… Esa imagen de ella tan asustada es imborrable». Esa escena aparece en la película. La protagoniza una Sonia Almarcha imperial y hundida en la más profunda desolación. Desde ella, se levanta un mundo que nos apela directamente y que habla de cómo cuidamos a los mayores, de la responsabilidad, de la herencia, del amor, de la vida misma y, ya que estamos, hasta de la muerte. Tan íntimo, tan de todos.

Marta Matute decidió hacer la película porque así surgió. Dice que el proyecto, que obtuvo la ayuda del programa de residencias de la Academia del Cine, nació «como un abrazo», como una puesta en limpio, como una forma de zanjar un asunto por definición inzanjable. Matute habla de sanación, habla de comprensión y, si se apura, hasta de terapia. «Hay un sentimiento que te persigue durante todo ese tiempo y es el de la culpa. Quieres compatibilizar tu vida con lo que está ocurriendo en casa. Pero es imposible. Recuerdo dar de comer a mi madre y darme prisa por lo que fuera, porque había quedado con alguien. Y luego te encuentras fatal. Y cuando decides, porque ya no puedes más, que tu madre vaya a una residencia, te sientes fatal. Es una sensación que te persigue y no te deshaces de ella por muchas autoexplicaciones que te des y excusas que te pongas. Hay que tener en cuenta que mi madre siempre fue la que cuidó de todos nosotros, no solo de la familia más cercana o nuclear, sino de mis primos y de todos. No podías de buenas a primeras dejar que la cuidaran otros. Renuncié a una beca Erasmus o a cambiar de ciudad… Es verdad que cuando terminó todo, sí que tuve la sensación de que habíamos hecho todo lo que habíamos podido, pero fue siempre hasta la más completa extenuación», explica en un esfuerzo quizá innecesario de hacer ver lo que, de hecho, se ve y hasta se vive en su película. Y añade: «Es tremendamente injusto, lo sientes como una gran injusticia… Y en este sentido la película sí que ha ayudado a comprenderlo todo, a colocar cada cosa en su sitio». Y vuelve a añadir: «Miro hacia atrás y me doy cuenta de que el primer motivo y motor para la película fue acompañar a las personas que estaban pasando por lo mismo. Es muy frustrante, te sientes fatal y, sobre todo, estás siempre muy sola. Sinceramente, me habría encantado ver una película así cuando yo misma estaba pasando lo que estaba pasando».

«Mi mayor pánico, visto cómo son las residencias, no es la muerte, es envejecer»

Antes que directora y guionista, Matute es actriz. No actúa en su película («Me pareció más sensato mantener cierta distancia», dice), pero su experiencia y sabiduría probada le ha llevado a dar clases de técnica e improvisación en el laboratorio de teatro William Layton. Antes estudió en la Universidad Complutense Comunicación Audiovisual. Y le ha costado llegar. «Al cine le cuesta reflejar lo que le ocurre de verdad a las clases bajas, porque no hay directores y directoras de esa condición. Como yo misma y Belén Funes. Pero poco a poco, las cosas están cambiando. Para acabar con el clasismo a veces pienso que estaría bien que hiciera cine gente que nunca ha ido al cine», dice.

«Ha sido un largo proceso que ha ido madurando muy poco a poco. Lo sucedido en Málaga te da, sobre todo, tranquilidad. Han sido muchas las dudas», comenta para a continuación describir la estructura de una cinta tan compleja y elaborada como emocionalmente demoledora. «Quería que la película tuviera la forma misma de la memoria. De ahí esa estructura temporal ligeramente asimétrica, de ahí esa fotografía algo difusa [la firma Sara Gallego]… Es un alivio comprobar que todas las decisiones digamos formales, algunas de riesgo, se han entendido perfectamente», dice y respira hondo.

La respiración, sin embargo, se vuelve a agitar cuando es el turno de hablar de lo otro. «El recuerdo que yo tengo de la residencia de mi madre es que si no iba todos los días, te la encontrabas muy descuidada. Y no era por los sanitarios que estaban ahí trabajando, sino porque ni se cumplían las ratios de personal ni la comida era la que debía ser… Llegamos a recoger firmas, las presentamos en la Comunidad de Madrid y la respuesta es que todo esta bien. Fue bastante desolador». Pausa. «Lo que aprendes tras pasar por un proceso así es que no se destinan recursos suficientes y que no se vigilan ni auditan las residencias sean públicas, privadas o concertadas. Se aprovechan de que los familiares que cuidan están muy cansados». Otra pausa. «Para que la gente se haga una idea, solo decir que cuando intentamos denunciar a una residencia que era de un fondo de inversión, un hombre llamó a mi hermana para amenazarla directamente. Ese es el nivel».

Matute tiene claro que todo por lo que ha pasado ella y su familia, pese a su gravedad, no es más que un síntoma de algo mucho más grave, más general y más triste. «En el momento que una persona deja de ser productiva, el sistema se encarga de denigrarla, de apartarla. Y si encima es una persona con algún tipo de demencia, ni te cuento. Vivimos en una sociedad que desprecia a los que ya no son productivos. Estamos completamente desamparados. Ahora mismo, y tras lo que he visto, mi mayor pánico es envejecer. Temo más a la vejez que a la misma muerte», dice y, sin apenas pausa, salta a los llamados protocolos de la vergüenza, las medidas de triaje, aplicadas por la Comunidad de Madrid durante la pandemia. «Si digo la verdad, de este asunto me cuesta mucho hablar porque me genera mucha rabia y mucha violencia. ¿Hasta dónde hemos podido llegar? Y lo más raro es que no pasa nada. Nunca pasa nada. Yo siempre les digo a mis alumnos de teatro que cuando van a encarnar a un personaje, por malvado que sea, tienen la obligación de defenderlo. No pueden ser simplemente esos villanos que vemos en las películas malas. Pero la sensación que tengo es que los protocolos de la vergüenza demuestran que nos gobiernan villanos de película, son psicópatas». Desde lo íntimo a lo político. Y viceversa.

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