A veces, cuando miro hacia atrás, tengo la impresión de que las muchas vidas que viví son ajenas, de otro. No mías. Se me hace extraño recordar los diversos hombres que fui antes de ser lo que, para bien o para mal, pueda ser ahora.
La Lectura publica en exclusiva el inicio de Enviado especial, un nuevo libro en el que el escritor reúne las crónicas de sus años como reportero de guerra
A veces, cuando miro hacia atrás, tengo la impresión de que las muchas vidas que viví son ajenas, de otro. No mías. Se me hace extraño recordar los diversos hombres que fui antes de ser lo que, para bien o para mal, pueda ser ahora.
Antes de Nicosia y Beirut, antes del Sáhara, de los paisajes devastados y las fronteras inciertas, había empezado a tantear el oficio al que encaminaba mi futuro. Y hasta que ahora, después de tantos años, me veo enfrentado a esas páginas de entonces, había olvidado casi por completo aquellos primeros textos. Después llegaron los viajes azarosos, los conflictos armados, las fotografías, y a partir de entonces creí que todo para mí -biblioteca aparte- había empezado con bombas y disparos. Ahora compruebo que no: antes de la primera guerra me había familiarizado con otra clase de oscuridad y otra clase de miedo. Aunque, si lo pienso bien, acabo concluyendo que siempre, bajo cualquiera de sus formas, se trataría siempre de la misma oscuridad y del mismo miedo.
Mi primera experiencia intensa no fue un frente, sino una mina bajo tierra. Siendo estudiante de bachillerato hacía prácticas de reportero en el diario La Verdad, y para ese diario bajé a un pozo con la libreta en el bolsillo y el deseo de contar algo que no se entendiese desde fuera. Allí abajo encontré ruido, oscuridad, tiempo detenido y peligros insospechados. Recuerdo mi cuerpo empapado en sudor, la respiración difícil y la noción del día y la noche que dejaba de existir por completo.
Aquellos mineros no me pidieron que los convirtiera en héroes ni en víctimas; no tenían tiempo ni ganas para eso. Eran hombres rudos, cansados, profesionales del riesgo diario, del miedo a morir sepultados. Consciente de que en esa clase de lugares el intruso debe limitarse a mirar y a preguntar lo justo, me apliqué en el descubrimiento de que entre esos hombres y yo, por muchos riesgos que compartiésemos, había una frontera nítida: podía morir con ellos pero no era uno de ellos. Podía bajar, observar, escribir y luego volver a la superficie. Bajaban para quedarse, y esa diferencia no se salvaba con adjetivos, palmaditas en la espalda, compasión ni solidaridad fácil. Hice entonces mi trabajo -y así lo hice siempre después, porque tal era el periodismo que deseaba hacer- sin fingir que era uno de ellos. Con la mayor honradez posible, sin demagogias ni imposturas.
Este texto es el prólogo de Enviado especial (Alfaguara), libro que reúne crónicas de guerra de Arturo Pérez-Reverte. A la vez el 7 de mayo.
Después vino, inevitablemente, el mar. Me embarqué en un petrolero de bandera española cuando el petróleo ya no era sólo mercancía, sino factor geoestratégico de primer orden; y también, a bordo, amenaza flotante. Subí al buque-tanque Puertollano en 1971 sabiendo -un tío mío era capitán de la marina mercante y mi padre había navegado varios años en petroleros- que el mar no era para los marinos un paisaje, sino una rutina profesional y peligrosa. Quería contar la historia de aquellos hombres y su vida a bordo: oficiales veteranos, agregados jóvenes, marineros de todos los lugares de España, guardias nocturnas, supersticiones, conversaciones bajo el zumbido de los ventiladores y con el olor del fuel pegado a la ropa.
También temporales inmisericordes y peligros debidos a los acontecimientos internacionales. Un petrolero era acero y motores, pero también una bomba con chimenea que transportaba a seres humanos. Y al comprenderlo aprendí a contar mejor lo que veía: la realidad no necesitaba adjetivos. Bastaba, una vez más, con mirarla a los ojos, de cerca y bien.
Después llegó el diario Pueblo. Ahí el periodismo no se practicaba, se convertía en vida intensa. Aquel periódico fue un sitio fascinante para el aprendiz que todavía era y el reportero que empezaba a ser: un nido de piratas desalmados, genios sin escrúpulos, maestros del oficio, donde la exclusiva y el firmar en primera página justificaban casi cualquier método. Aterricé allí con una ventaja que no era talento ni suerte, sino la íntima certeza de que ese oficio no se podía ejercer desde la comodidad de una redacción. Y cuando me enviaron a cubrir el misterio del Apollo -un supuesto barco espía que trabajaba para la CIA- recordé lo aprendido en la mina y en el petrolero. Además de mirar había que arriesgarse y entrar. Así que hice eso: entré.
No iba a subir a bordo por la pasarela, eso era evidente. No me iban a dejar. Y había otros periodistas de la competencia rondando la misma presa. Recurrí por tanto a lo único que tenía como ligera ventaja: un antiguo curso de buceo y cierta dosis de descaro. Alquilé un equipo y me sumergí en el agua oscura, aceitosa y fría. Nadé hasta situarme bajo el casco, moviéndome lo justo para que vieran mis burbujas. Un buzo no autorizado que ronda el casco puede ser un problema; y esa clase de problemas se controlan subiéndolos a cubierta. Cuando me echaron el guante y me izaron con el regulador colgando y el pulso acelerado, me escudé en preguntas, frases técnicas, seguridad impostada. Lo preciso para ganar tiempo. Mientras tanto, el fotógrafo -Miguel Garrote, compañero del periódico- disparaba primero desde lejos y luego de cerca, como habíamos convenido. Fue mi primera gran firma, con foto incluida, en primera página. Era uno de ellos, y ya no dejaría de serlo nunca.
Cuando aquello terminó, lo importante no era el episodio ni la exclusiva. Lo importante fue la lección aprendida. Que no hay que huir del riesgo ni abalanzarse a él, sino medirlo. Estudiar, en el ajedrez del trabajo y de la vida, las posibilidades más eficaces; averiguar, antes de hacer el primer movimiento, por dónde vas a entrar y por dónde vas a salir. Y tener conciencia de que cruzar ciertas líneas no tiene vuelta atrás. Que deja huella. Yo no era capaz de verlo todavía, pero aquella mina de La Unión, el petrolero y el buque Apollo no fueron episodios sueltos, accidentales, sino idéntico aprendizaje en tres escenarios distintos. Todo lo demás -las guerras, los viajes, la literatura, los nombres de personas y lugares que ya no olvidas jamás- vino después como una consecuencia lógica, casi inevitable. Porque una vez que entiendes que el trabajo consiste en entrar, salir y contar, ya no vuelves a mirar el mundo como lo mirabas antes.
Así abordé aquel oficio, con el entusiasmo apasionado del joven reportero que fui durante la década de los 70. El año 1974 fue decisivo: la primera guerra de verdad. En Chipre vi por primera vez un cielo lleno de paracaidistas turcos mientras en tierra los soldados griegos se despedían de mujeres e hijos. Cuarenta y un años más tarde lo recordaría en El adiós de Héctor (XLSemanal, 2015) donde me limité a rememorar lo evidente: que ese adiós lo había visto después en escenarios distintos, pero que en realidad siempre había sido el mismo, desde Troya hasta Nicosia y mucho más allá. De Homero al siglo XX -los libros que llevaba en la mochila real o imaginaria me ayudaron a comprender-, apenas había distancia, y ésta sólo estaba hecha de matices.
En 1975, cuando el Sáhara Occidental empezó a resquebrajarse, llevaba un tiempo aprendiendo el oficio de reportero en su versión más directa. Llegué en abril, enviado para 15 días, y me quedé casi nueve meses. Vi, y conté con crónicas y reportajes diarios, cómo un territorio que había sido provincia española se deshacía entre los dedos de la Historia. Aquel resto colonial no desapareció de pronto; se fue extinguiendo poco a poco: convoyes militares, lugares que cambian de manos, incursiones en la frontera. Conocí a soldados jóvenes y resignados, conocí a oficiales cansados, conocí a tropas indígenas y nativos traicionados. Muchos de ellos fueron mis amigos; y su recuerdo, el de los vivos y los muertos, ha estado volviendo a mi memoria una y otra vez; cuando escribiendo novelas y artículos comprendí que, a medida que vives, acabas inventando mucho menos de lo que creías.
A partir de 1976 viajé al Líbano una y otra vez: Beirut, campos palestinos, líneas invisibles y peligrosas, milicias, religiones y venganzas antiguas. Allí hice muchos amigos soldados, periodistas, civiles, diplomáticos, y vi morir a algunos de ellos. Conocí a combatientes de distintos bandos, milicianos adolescentes con fusiles, mujeres que sobrevivían en medio del caos. Cuando muchos años después pasé a este otro lado de la colina y dejé el reporterismo para dedicarme a la novela, incluso mientras escribía algunas de éstas, Beirut siguió siendo, como el Sáhara, un lugar de continua evocación, porque hay lugares de los que jamás se va uno del todo.
Hubo otros escenarios, en los últimos años de la década, que no siempre fueron zonas de conflicto y que cubrí tanto para Pueblo como para las revistas Gaceta Ilustrada y La Actualidad Española, a las que también vendía mis fotografías y reportajes: África, Latinoamérica, Asia, el Mediterráneo, Oriente Medio… Y Eritrea, una guerra cruel casi olvidada por el mundo, que empezó como reportaje convencional y acabó como áspera aventura. Después viajé por todo el mundo árabe –Viaje al corazón del Islam se llamó la serie de reportajes- y luego a la Antártida, con hielo en lugar de fuego y gorros de lana en vez de cascos de acero. También Iraq y luego Irán, donde vi caer al Sha entre multitudes que aplaudían la llegada del Islam redentor. Y El Salvador y Nicaragua, donde fui testigo de cosas que no habría querido ver y escuché a rebeldes y contrarrevolucionarios pronunciar palabras que ni ellos mismos terminaban de entender, y por las que todavía hoy la realidad les pasa factura.
Vinieron después los años 80, de intenso trabajo y viajes continuos, todavía en el diario Pueblo. En esa década el mundo aún se explicaba en diarios de papel y el reportero que fui seguía caminando por conflictos con una veteranía que ahora, con la mirada de los años, entiendo que llegó demasiado rápida. En Yugoslavia, antes de que el país se rompiera en pedazos, percibí el temblor previo y lo conté en una atmósfera de difíciles equilibrios y mapas sostenidos por alfileres. En Irán e Iraq volví a ver una guerra de fronteras trazadas con petróleo y sangre. En Angola, Mozambique y el Chad fui testigo, una vez más, del África más violenta. Y el Líbano y Beirut llegaron de nuevo, con el eco de los amigos muertos, los hoteles que aún quedaban en pie y la incómoda sensación, certeza ya a esas alturas, de que la guerra, todas las guerras, eran la misma historia repetida una y otra vez. La de las Malvinas incluyó un nuevo escenario: el Atlántico Sur, las islas barridas por el viento, el hundimiento del crucero Belgrano, soldados jóvenes a los que se arengaba con palabras patrióticas mientras tiritaban de frío, aviadores valientes que despegaban para no volver; y esa dura frase que escribí porque era cierta: mientras sus muchachos luchaban y morían, Argentina hablaba de fútbol.
Hacia 1982 -invasión israelí del Líbano- y 1983 -América y África de nuevo- aquellas crónicas se volvieron, compruebo ahora, más personales. Ya no se trataba sólo de contar la guerra, sino de contar también al que la contaba. O al menos, teniéndolo presente. Muchas reflexiones posteriores salieron de ahí. Y cuando Pueblo cerró, lo hizo como tantos lugares que yo había conocido: exhausto, liquidado por un tiempo nuevo. Me fui de allí a la televisión, pero no salí limpio: llevé conmigo una forma personal de mirar el mundo; una manera amarga que ya no me abandonaría nunca. Durante los siguientes años volví una y otra vez a los lugares que conocía -terrorismo, guerras, revoluciones, catástrofes-, contando nuevas historias que en realidad eran semejantes a las que había contado ya. Cumplí así, entre prensa escrita y televisión, casi tres décadas como periodista y reportero en las que fui acumulando crónicas, libros, fotografías, memoria y cicatrices; también escepticismos, desesperanzas y hartazgos. Todo lo que se iría filtrando después, despacio, en novelas y en artículos; sobre todo en los publicados desde 1993 en XLSemanal.
Ese período de transición, la despedida del reportero que fui y la nueva actividad como novelista me ayudaron a comprender que la voz cambia mientras la mirada se asienta: el joven reportero dejaba lugar al veterano que, al rememorar los lugares diversos de su anterior vida, a menudo los encontraba habitados por fantasmas. Fue entonces cuando la literatura, las novelas, se convirtieron en herramienta eficaz para ordenar el caos, los remordimientos, los desastres, las situaciones que muchas veces tenían nombre propio: Vladimiro en Bosnia, Jasmina cruzando Sarajevo para llegar al Holiday Inn y poder ducharse, Boldai Tesfamicael enseñándome a desmontar un Kalashnikov a ciegas, Kibreab el comandante guerrillero, Márquez el cámara a quien dediqué Territorio Comanche, el entrañable pelmazo de Gerva Sánchez, Julio Fuentes y su sordera, Miguel Gil Moreno el Muyahidín, Grüber y los otros chicos asesinados en Vukovar, Goran apareciendo décadas después en España bajo otra vida… Y los del Sáhara: el comandante Labajos, Diego Gil Galindo, Rex Regúlez, López Huerta, Pepe Albaladejo, Belali Uld Mahrabi… Todos ellos, los muchos vivos y los demasiados muertos: centenares de nombres, rostros de hombres y mujeres vinculados a escenas concretas -un cigarrillo, una bronca a navajazos, una cama cubierta de cenizas, una bomba cercana, una noche de disparos, de nieve, de viento que te clavaba la arena como alfilerazos- que regresan porque así funciona esto: la guerra se queda en tu cabeza y ya no te abandona jamás.
Pero no son sólo nombres y rostros. También los lugares retornan con la misma terquedad: Mostar, Sarajevo, Vukovar, Beirut, Malabo, Kassala, Yamena, Paso de la Yegua, Jartúm, Bucarest, Nairobi, El Aaiún, Bagdad, Luanda, Maputo, Tessenei, Petrinja… Y también los hoteles, esos extraños hogares para reporteros en mitad del caos: el Ledra Palace de Nicosia, el Commodore y el Alexandre de Beirut, el Aletti de Argel, el Intercontinental de Managua, el Meridian de Dhahran, el Holiday Inn de Sarajevo… Con el tiempo los recuerdos se vuelven racimos de cerezas, donde unas tiran de otras: un nombre trae una esquina acribillada a tiros; una ciudad trae un rostro; una habitación de hotel devuelve una conversación; una soledad o una música te hacen recordar una carretera, una sonrisa o una tumba. Y no se trata de nostalgia, sino del simple archivo de una larga vida. Del material con el que luego uno escribe novelas, y algunas noches, desvelado en la oscuridad, paga el precio de haber mirado tanto tiempo al ser humano sin apartar los ojos.
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