<p>Hay varias maneras de traer a la memoria a <strong>Alexander Skarsgard (Estocolmo, 1976)</strong> y ninguna de ellas deja indiferente. Sea como Tarzán en la versión de David Yates de 2016, sea como vampiro en<i> True blood, </i>sea como el inefable Meekus en <i>Zoolander</i>, sea como príncipe nórdico en <i>El hombre del Norte</i> o sea como sea, el talento de este danés hijo de uno de los más grandes actores vivos, de nombre Stellan, salta a la vista. Ofende incluso en el más amplio y estriado sentido de la palabra. En <i>Pillion</i>, la película recién estrenada firmada por el debutante Harry Lighton, da vida a un motero. Pero no a uno cualquiera.<strong> Él es el carismático líder de la banda y cada uno de sus deseos, apetencias o caprichos es algo más que simplemente una orden.</strong> Es ley, casi mandamiento. «No es común leer un guion así», dice al otro lado del zoom. Y sigue: «La verdad es que no recuerdo la última vez que leí algo tan impactante, tan de verdad, tan brutal y delicado a la vez. El tono es tan único y tan diferente… No es común ver representada en pantalla una comunidad BDSM de esta manera. Lo normal es escarbar en lo turbio y ofrecer una imagen agresiva e impactante. Lo que me encantó es ese raro equilibrio entre lo dulce, lo incómodo y lo divertido».</p>
El actor, que estrena Pillion justo después de haber presentado en Berlín The Moment con Charli xcx, reflexiona sobre el riesgo de exponerse y sobre el sexo en el cine
Hay varias maneras de traer a la memoria a Alexander Skarsgard (Estocolmo, 1976) y ninguna de ellas deja indiferente. Sea como Tarzán en la versión de David Yates de 2016, sea como vampiro en True blood, sea como el inefable Meekus en Zoolander, sea como príncipe nórdico en El hombre del Norte o sea como sea, el talento de este danés hijo de uno de los más grandes actores vivos, de nombre Stellan, salta a la vista. Ofende incluso en el más amplio y estriado sentido de la palabra. En Pillion, la película recién estrenada firmada por el debutante Harry Lighton, da vida a un motero. Pero no a uno cualquiera. Él es el carismático líder de la banda y cada uno de sus deseos, apetencias o caprichos es algo más que simplemente una orden. Es ley, casi mandamiento. «No es común leer un guion así», dice al otro lado del zoom. Y sigue: «La verdad es que no recuerdo la última vez que leí algo tan impactante, tan de verdad, tan brutal y delicado a la vez. El tono es tan único y tan diferente… No es común ver representada en pantalla una comunidad BDSM de esta manera. Lo normal es escarbar en lo turbio y ofrecer una imagen agresiva e impactante. Lo que me encantó es ese raro equilibrio entre lo dulce, lo incómodo y lo divertido».
Para situarnos, conviene dejar claro que las siglas obedecen a la pura obediencia: Bondage y disciplina, Dominación y sumisión, y Sadismo y masoquismo. La película Pillion cuenta la historia de un agente de tráfico (Harry Melling) de costumbres tan reconocibles, tranquilas y familiares como, admitámoslo, soporíferas. Un buen día, mientras ensaya una cita con una joven de sus mismos hábitos y condición, descubrirá justo al fondo del bar al que acabará por ser el objeto de su obsesión, de su pasión, de su liberación y hasta de su esclavitud. Es decir, verá a Alexander, Alexander Skarsgard. Acto seguido, el mismo día del descubrimiento, sin que medie palabra y en la parte de atrás del callejón más oscuro, nuestro héroe lamerá primero las botas de su amado y luego todo lo demás.
«Hubo planos de mi pene que el director suprimió por innecesarios», comenta por aquello de delimitar el espacio y hasta la anatomía de la conversación. «El sexo no es complicado de filmar, el problema es que suele hacer de manera muy aburrida. En general, las escenas de sexo o son demasiado explícitas y no dejan espacio a la imaginación o, al contrario, son demasiado poéticas y dan mucho trabajo a, precisamente, la imaginación del espectador. Lo que intentamos en todo momentos es quedarnos justo en medio. Y ello sin renunciar al espíritu de la película que no es otro que el de una comedia romántica. Lo que teníamos claro es que la película, por muy dura que suene su descripción, la pudieran ver las abuelas», afirma. Y le creemos, pero no del todo.
Por momentos, Pillion transcurre justo en el límite en una calculada, milimetrada y muy sabia exhibición de todo lo escondido, de todo lo deseado, de todo lo prohibido incluso. Lo relevante no es tanto lo que se ve, como el precipicio que se abre en el momento exacto en el que las palabras empiezan a perder el pie y el léxico se antoja entre escaso y solo irrelevante. El gran hallazgo de Pillion consiste en mantenerse en el punto exacto entre mostrar y ocultar. No se subraya nada ni tampoco se tapa nada. Y en el centro, como la clave de bóveda de todo esto, el consentimiento. ¿Cómo entender el consentimiento en un relación de sumisión? «En verdad, el consentimiento es siempre el mismo sea la relación que sea. O lo hay o no», explica didáctico el actor convertido ya en experto en la materia. «Muchas parejas de relaciones sumisas suelen plasmar en un contrato escrito el límite exacto de lo que está y no está permitido. Nosotros quisimos evitar esto para no eliminar la tensión. Queríamos que quedara claro que hay consentimiento, verbal en este caso, pero que el público sintiera la relación de dominio y que, a la vez, entendiera la voluntad de sumisión como un acto de deseo», dice y añade: «La película no pretende que todo el mundo se lance a practicar BDSM, pero sí quiere hacer accesible a todos un mundo demasiadas veces demonizado. El libertad y con consentimiento, todo es amor».
Se diría que, con esta película Alexander Skarsgard completa un peculiar y muy personal círculo de cine bizarro. Tras la indefinible Piscina infinita, de Brandon Cronenberg, se le ha visto, además de en Pillion, en The Moment, al lado de Charli xcx, y en Wicker, junto a Olivia Colman. Una se vio en la Berlinale y la otra fue una de las estrellas en Sundance. «Lo que se siente y se ve es que el mundo del cine cada vez es más global y un sueco como yo puede ya trabajar en todo el mundo. Desde que Parásitos ganó el Oscar, todo es diferente», dice.
- ¿Ve a su padre ganador del Oscar por Valor sentimental?
- Solo puedo decir que estoy muy orgulloso de él. El mayor placer es encontrarme con gente que ha trabajado con él y comprobar una y otra vez, el cariño y el respeto que todo el mundo siente hacia él.
- ¿De qué se habla cuando se reúne una familia en la que casi todos son actores (también lo son sus hermanos Bill, Gustav y Valter)?
- De fútbol. Soy fan del Hammarby Fotboll, de Estocolmo. Esa es la única pasión que nos une a todos.
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