A cuarenta grados a la sombra, bajo un pesadísimo manto de mansedumbre, la listeza y la disposición de Aarón Palacio asomaron entre el destartalado mar de cuernos de Fuente Ymbro para cortar a última hora la única oreja. Palacio debutó en San Fermín con los patrones claros de los palos a tocar en Pamplona. Y, después de todo, o después de tanta nada, se llevó el gato al agua. Frescura para refrescar tanto sopor. Ni la inteligente madurez de Daniel Luque ni la sinceridad de Víctor Hernández, el otro debutante, levantaron la fea losa de Gallardo.
El debutante maño corta la única oreja a última hora en una tarde marcada por el intenso calor y el descastado juego de una armadísima y fea corrida de Fuente Ymbro; la madura inteligencia de Luque y la sinceridad de Victor Hernández, sin premio
A cuarenta grados a la sombra, bajo un pesadísimo manto de mansedumbre, la listeza y la disposición de Aarón Palacio asomaron entre el destartalado mar de cuernos de Fuente Ymbro para cortar a última hora la única oreja. Palacio debutó en San Fermín con los patrones claros de los palos a tocar en Pamplona. Y, después de todo, o después de tanta nada, se llevó el gato al agua. Frescura para refrescar tanto sopor. Ni la inteligente madurez de Daniel Luque ni la sinceridad de Víctor Hernández, el otro debutante, levantaron la fea losa de Gallardo.
Sí será buen torero Daniel Luque, que incluso aquel manso de cabeza totémica cabía en su muleta. Era el primero de la desigual -ajena a la armonía-, armadísima y descastada corrida de Fuente Ymbro, el primero de los cuatro cinqueños del envío también, y su interés por embestir no existía. Tanto es así que en los capotes parecía como si no viera, con su despampanante testa por encima de las esclavinas. Afrontó el último tercio Luque, le dio su distancia -retrasado el embroque- y lo metió en su muleta. No se la tocó más que una sola vez, en el primer muletazo de la faena. Impecable hacer para tan poco, la nada del fuenteymbro, que decía eso, nada, hasta que se puso a defenderse. Lo pasaportó de un solo viaje, tras las manoletinas, y no se enteró nadie. De nada.
Devolvieron el siguiente toro, de cuerpo menor, porque no se sostenía. Víctor Hernández corrió turno y salió un toro feo, las puntas de las lanzas por delante, un cuerpo en consonancia con la cara y un movimiento vacío. Toro pasador sin mala intención y triste fondo. De Víctor H. se puede decir que estuvo listo y espabilado para jugar con las distancias y aprovechar las inercias. Desaparecidas unas y otras, el fuenteymbro no ponía lo que le tocaba, la bravura que no apareció en toda la tarde. Alegró el final por manoletinas y lo tumbó con media estocada. Ovación al canasto.
Más listo todavía que Víctor H. y que los ratones coloraos anduvo Aarón Palacio, con un tercero con más movimiento que empleo. Desde que saludó por faroles de rodillas y verónicas movidas hasta que se despidió por molinetes de rodillas, todo lo aportó el maño con aquel jabonero que no daba ni casta ni clase. Otro que pasaba por allí. Agarró Aarón una estocada casi entera que provocó el vómito y la muerte. Como le pidieron la oreja inopinadamente, se dio una vuelta al ruedo del mismo modo.
Saltó como cuarto un jabonero cuajadísimo y basto hasta las pezuñas con sus 600 kilos de carne -y sólo carne- en todo lo alto. Un toro de Rubens. Daniel Luque, más que listo, anduvo inteligente para entender su mejor mano izquierda en dos series centrales que fueron el cénit de una faena superior a la bestia descastada que acabó buscando tablas. Allí donde Luque lo despidió por luquecinas y una seguridad que amplió a la espada.
El sobrero que Víctor Hernández se dejó como quinto aspiraba al título de toro más feo de los vistos esta temporada. Y un cabrón, además, en su mansedumbre. Le tiró dos derrotes terribles a la ingle cuando toreaba por la mano derecha; uno de ellos le golpeó sin voltearlo. Faena desabrida y desagradecida ante aquel ente destartalado en todo. Pasó a la enfermería después de liquidarlo.
Aarón Palacio se fue a porta gayola con un sexto de testa brutal y manso como todos los demás. O más, desde que en banderillas anunció todo lo que le pesaban los adentros. Listo y dispuesto para tocar la fibra de Pamplona, Palacio abrió faena de rodillas y sorteó los cabezazos de la única serie que tuvo el fuenteymbro antes de rajarse. Casi se lo lleva puesto en mitad del arrimón con un arreón hacia los adentros. Un cuerpo a tierra contra las tablas lo salvó del atropello. Pasó por encima el toro como en los encierros, con la querencia clavada en la vista. Eso le entregó el favor del público. La misma determinación empleó para matar. Una oreja después de todo. O después de tanta nada.
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