<p>El domingo de <i>Los domingos</i> luce tranquilo, que no exactamente soleado, primaveral, pero con un amago de bochorno. No es milagroso, pero como si lo fuera. Alauda Ruiz de Azúa (Baracaldo, 1978) así lo siente. Y así lo declara: «Estamos muy felices. Ha sido muy bonito celebrarlo de esta manera con todo el equipo», comenta nada más acabar la gala y con sus tres Goya –por la película, por la dirección y por el guion– a sus pies. No está nerviosa ni confiesa haberlo estado cuando a falta de una hora de acabar la gala, su principal rival en esto de competir por cabezones de metal llevaba media docena y su película solo uno (el de actriz de reparto para Nagore Aranburu). Lo suyo vendría al final, todo de golpe, y ahí que caerían en cascada el de actriz principal de Patricia López Arnaiz y todos los demás. <strong>En poco más de diez minutos, el milagro y, de su mano, los titulares de cajón: que si un Goya como dios manda, que si los Goya van a misa, que si Los domingos tocan el cielo, que si el paraíso recibe a Alauda, que si </strong><i><strong>Los domingos</strong></i><strong> y amén. </strong>Es lo que tiene contar la historia de una adolescente que quiere ser monja cuando se vive en un tiempo descreído como el nuestro y cuando la propia directora de la película se confiesa no creyente, que solo nos quedan las frases hechas.</p>
La ganadora de los Premios Goya tras triunfar en San Sebastián, los Forqué y los Feroz confiesa sus dudas iniciales cuando abordó el proyecto de Los domingos consciente de tener entre manos una propuesta muy arriesgada
El domingo de Los domingos luce tranquilo, que no exactamente soleado, primaveral, pero con un amago de bochorno. No es milagroso, pero como si lo fuera. Alauda Ruiz de Azúa (Baracaldo, 1978) así lo siente. Y así lo declara: «Estamos muy felices. Ha sido muy bonito celebrarlo de esta manera con todo el equipo», comenta nada más acabar la gala y con sus tres Goya –por la película, por la dirección y por el guion– a sus pies. No está nerviosa ni confiesa haberlo estado cuando a falta de una hora de acabar la gala, su principal rival en esto de competir por cabezones de metal llevaba media docena y su película solo uno (el de actriz de reparto para Nagore Aranburu). Lo suyo vendría al final, todo de golpe, y ahí que caerían en cascada el de actriz principal de Patricia López Arnaiz y todos los demás.
En poco más de diez minutos, el milagro y, de su mano, los titulares de cajón: que si un Goya como dios manda, que si los Goya van a misa, que si Los domingos tocan el cielo, que si el paraíso recibe a Alauda, que si Los domingos y amén. Es lo que tiene contar la historia de una adolescente que quiere ser monja cuando se vive en un tiempo descreído como el nuestro y cuando la propia directora de la película se confiesa no creyente, que solo nos quedan las frases hechas.
«Desde el principio, sentimos que era una propuesta muy arriesgada», dice para justificar que la alegría de lo conseguido sea mayor aún si cabe. «Personalmente, nunca había visto ni mucho menos vivido que una película creciera tanto desde su presentación en todos los sentidos. Han ido aumentando el número de espectadores; crecieron de manera desproporcionado la cantidad de artículos que se escribían sobre ella; de repente, se convirtió en el principal argumento de la conversación social. Tengo que confesar que, cuando todo esto ocurrió, que fue un momento un poco incómodo. ¿Que si llegó a molestarme que desde los distintos sectores, incluso desde la iglesia, se apropiaran o intentaran apropiarse de ella? No sé, la reflexión que hago es que si abres una conversación incómoda, pues igual es lógico que todo lo que rodea a la película acabe por serlo».
Pausa.
«Al final una película es una herramienta para abrir debates, para lanzar preguntas. Pienso en que la película ahora mismo la han visto cerca de 700.000 personas y la conclusión que saco es que es lógico que haya una diversidad enormes de lecturas porque hay una diversidad enorme de espectadores. Definitivamente, es el universo soñado por cualquier cineasta».
Cuenta la directora que siempre es consciente de la dimensión política de cualquier proyecto. El hecho de surgir en un momento determinado obliga a ello. No puede ser de otro modo. «De todas formas», puntualiza, «lo que me gusta y me interesa son los matices. Prefiero que se hable de manera más reflexiva. Mi impresión es que muchas veces se confunde la política, que siempre está ahí, con la ideología. Una vez escuché decir a Michael Haneke que él trabaja con ideas, no con ideologías. Y me gusta esa definición o comentario o lo que sea. Cuando trabajo, lo hago con ideas, no desde una postura ideológica y siempre te preguntas quién se va a sentir aludido o cuestionado. Lo que no puedes es anticipar, aunque las intuyas, las conversaciones que va a provocar una película como Los domingos. Lo que me planteo en ella es un dilema moral y si éste me incomoda, entonces me interesa».
Dos segundos para respirar.
«Ocurre que vivimos un momento de mucha tensión y muchos gritos, y cualquier propuesta es interpretada en este mismo sentido. Y eso no puede ser. Hablar de polarización es ya casi un cliché. Hemos asumido toda esta crispación como el estado natural de las cosas y, repito, no debería ser así. Quiero creer que Los domingos conecta con una búsqueda relacionada con la fragilidad de la escucha; hay que atreverse a escuchar al otro y asumir que si renuncias a eso hay ciertos vínculos que pueden saltar por los aires».
Queda claro.
En cualquier caso, y pese a lo que pueda parecer, el triunfo en los Goya (que en verdad son cinco triunfos) no parece que sea tanto punto de llegada como de arranque. La película acaba de ser estrenada en Francia (lleva dos semanas en cartel) y, confesión de la propia Alauda, el tono, nivel y profundidad del recibimiento allí es muy parecido al de aquí. «Eso me ha sorprendido. Imaginaba que quizá el debate fuera distinto porque la película habla de muchas cosas, de la familia, de la adolescencia, de las imposiciones sociales, de la fe también… Pero las conversaciones en los encuentros que he podido mantener con el público no son muy distintas». Además, su reciente estreno en Movistar Plus + no ha hecho más que multiplicar por mil todas esas conversaciones de las que habla. Y entre todas ellas, una más motivo de reflexión que la propia Alauda inició desde el estrado con su estatuilla en la mano. Hasta llegar ella, en 40 ediciones, solo tres mujeres habían ganado antes el premio de mejor dirección: Pilar Miró por El perro del hortelano (1996), seguida de Icíar Bollaín con Te doy mis ojos (2003) e Isabel Coixet con La vida secreta de las palabras (2006) y La librería (2018). «Falta aún mucho para alcanzar la paridad, pero también es cierto que estamos en el mejor momento», confiesa.
«Si abres un debate incómodo, quizá tiene lógica que todo lo que lo rodea acabe también por resultar incómodo»
Y dicho lo cual, vuelta la burra al trigo. ¿Qué le hizo pensar que un tema como el de la religión, tan lejos de las preocupaciones del día a día del público menos añoso (es decir, joven), podía, de repente, atraer tanto su atención? «Como directora, nunca pretendes controlar o prever las reacciones de nadie ni de una determinada generación. Lo que sí he notado es una forma muy distinta de recibir la película según la generación. A partir de los 40, la conversación se centraba más y casi exclusivamente en el debate religioso dependiendo de la sensibilidad y de las experiencias en este terreno. Sin embargo, los más jóvenes veían lo religioso de alguna manera como una metáfora y conectaban con Los domingos desde otro sitio. Me he encontrado con reflexiones muy interesantes en esta franja de edad sobre la libertad individual o sobre lo difícil que es sentirse juzgado por la familia o sobre el modo de construir un sentimiento. Es decir, la vocación de la protagonista por hacerse monja ha sido utilizado por los jóvenes para hablar de otras cosas», dice.
Sobre el asunto recurrente de hasta qué punto el cine de Alauda y ella misma forman parte de algo más grande con la actitud y el gesto de una generación, la definida, entre otros argumentos, por la irrupción de la mujer, la directora se muestra cauta. «No sé, es una pregunta que vuelve una y otra vez. Lo que sí es cierto es que me siento acompañada. Ya no es oficio de pioneras como mis predecesoras en los Goya«, afirma para acto seguido defender, de forma mucho más general el cine, el cine sin etiquetas, sin modismos, sin generaciones incluso.
«Creo que hay que pelear por defender el lenguaje cinematográfico porque eso otro que viene de las redes es otra cosa. Y, además, sí creo que de alguna manera eso otro afecta a tu atención y a tu manera de estar en el mundo. El cine tiene el poder, sin duda claramente positivo, de hacerte presente, de hacerte sentir vivo, de dejarte experimentar las cosas en unos tiempos determinados, sin prisas, sin picos de dopamina, sin anestesia», dice. Y sigue: «Tengo la sensación de que hay un mundo fuera del cine, ese mundo de redes y de clics, que tiende a anestesiarte y el cine que veo y en el que creo funciona justamente en sentido contrario. De hecho, si me apuras, la mayoría de las películas o todas las que están nominadas ya han tenido esa capacidad de hacer a la gente sacudirse en algún sentido (lo de las conversaciones sociales de antes). Creo que ese es el camino y eso es lo valioso».
«Hay que pelear por defender el lenguaje cinematográfico, porque eso otro que viene de las redes es otra cosa»
Y dicho lo cual, vuelta la burra al trigo. ¿Qué le hizo pensar que un tema como el de la religión, tan lejos de las preocupaciones del día a día del público menos añoso (es decir, joven), podía, de repente, atraer tanto su atención? «Como directora, nunca pretendes controlar o prever las reacciones de nadie ni de una determinada generación. Lo que sí he notado es una forma muy distinta de recibir la película según la generación. A partir de los 40 años, la conversación se centraba más y casi exclusivamente en el debate religioso dependiendo de la sensibilidad y de las experiencias en este terreno. Sin embargo, los más jóvenes veían lo religioso de alguna manera como una metáfora y conectaban con Los domingos desde otro sitio. Me he encontrado con reflexiones muy interesantes en esta franja de edad sobre la libertad individual o sobre lo difícil que es sentirse juzgado por la familia o sobre el modo de construir un sentimiento. Es decir, la vocación de la protagonista por hacerse monja ha sido utilizado por los jóvenes para hablar de otras cosas», dice.
Al hilo de lo declarado por la directora, una de las productoras, Marisa Fernández Armenteros, reconoce todas las dudas y nerviosismos incluso que tuvieron que curarse –ella, Manu Calvo, Nahikari Ipiña y Sandra Hermida– cuando cayó en sus manos la primera versión del guion. «Al principio, intentamos evitar la palabra monja en todas las sinopsis. E incluso le dimos vuelta a contar la película sin que apareciera en ningún momento la palabra de marras. La pregunta que nos hacíamos era: ¿Cómo puedes contar esta historia sin desvelar que es una niña que se quiere meter a monja y lo que eso causa en la familia?», confiesa Armenteros tras describir, a la vez que frotas las yemas de los dedos unas con otras, la ansiedad con la que recibían una a una cada una de las ocho versiones del libreto hasta alcanzar la definitiva. «Y así fue hasta que decidimos abrazarlo sin miedo y comunicarlo sin más. Pero, sí, nos daban miedo los prejuicios alrededor y cómo se podía malinterpretar», continúa. «De hecho», ahora la que habla es Hermida, «el guion está publicado y se puede ver que en la introducción hay una frase de Bad Bunny pronunciada en un concierto: «Dios está en nuestros corazones». Así iba a empezar la película».
De dios a Bud Bunny, ida y vuelta. Definitivamente, el domingo de Los domingos.
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