<p>Ni los muy paganos Oscar ponen en cuestión la fe en <i>Los domingos</i>. Este podría ser el resumen canónico de la última gala (o eucaristía, según se mire) de los premios, llamados Feroz, que otorga la Asociación de Informadores de Cine (AICE). Tres días después de que la Academia de Hollywood decidiera convertir a <i>Sirat </i>en la gran revelación del año con dos nominaciones (una de ellas histórica al sonido ideado por Laia Casanovas, Amanda Villavieja y Yasmina Praderas), quedaba por ver si la devoción que el mundo fuera de nuestras santas fronteras demuestra por la película de Oliver Laxe tenía su traducción en las plegarias de los periodistas españoles. No fue así. La muralla es firme. <strong>La fe inquebrantable que concita a su paso por los cines españoles la película de Alauda Ruiz de Azúa no conoce mácula</strong> y así para la historia de la joven que un buen día y para pasmo de los suyos decide hacerse monja de clausura fueron todos los premios mayores. Quizá no tan feroces, pero sí mayores. En ella recayeron las menciones de <strong>mejor película dramática, mejor dirección, mejor guion (de la propia directora),</strong> mejor actriz principal en el cuerpo y espíritu de<strong> Patricia López Arnaiz</strong> y mejor actriz de reparto para <strong>Nagore Aramburu</strong> en la piel de la abadesa y madre superiora. Amén.</p>
La nominada a los Oscar Sirat se tiene que conformar con dos premios menores. En series, éxitos de Yakarta y la segunda temporada de Poquita fe
Ni los muy paganos Oscar ponen en cuestión la fe en Los domingos. Este podría ser el resumen canónico de la última gala (o eucaristía, según se mire) de los premios, llamados Feroz, que otorga la Asociación de Informadores de Cine (AICE). Tres días después de que la Academia de Hollywood decidiera convertir a Sirat en la gran revelación del año con dos nominaciones (una de ellas histórica al sonido ideado por Laia Casanovas, Amanda Villavieja y Yasmina Praderas), quedaba por ver si la devoción que el mundo fuera de nuestras santas fronteras demuestra por la película de Oliver Laxe tenía su traducción en las plegarias de los periodistas españoles. No fue así. La muralla es firme. La fe inquebrantable que concita a su paso por los cines españoles la película de Alauda Ruiz de Azúa no conoce mácula y así para la historia de la joven que un buen día y para pasmo de los suyos decide hacerse monja de clausura fueron todos los premios mayores. Quizá no tan feroces, pero sí mayores. En ella recayeron las menciones de mejor película dramática, mejor dirección, mejor guion (de la propia directora), mejor actriz principal en el cuerpo y espíritu de Patricia López Arnaiz y mejor actriz de reparto para Nagore Aramburu en la piel de la abadesa y madre superiora. Amén.
Todo indica que salvo que los académicos españoles, como San Pablo, se caigan del caballo, los Goya a celebrar el apocalíptico y último día de febrero seguirán la pauta que la tradición impone: primero fueron los Forqué que entregan los productores, ahora los que conceden los que escriben, hablan y bailan de cine en los medios y solo quedaría asistir al advenimiento de las 13 nominaciones que luce en los galardones de la Academia española.
En verdad, y como corresponde a una verdad revelada con aspiración a ser también justa, nadie se fue de vacío. La propia Sirat recogió los premios a mejor música firmada por el sumo pontífice de las raves Kangding Ray y por su tráiler oficiado por Aitor Tapia. En puridad, se antojaron premios más bien escasos cuando no un poco vergonzantes para la fábula deslumbrante en mitad del desierto y a un paso del Apocalipsis ideada por Laxe, pero de todos es sabido que los senderos del Señor, como el despiste de la prensa especializada, es inescrutable. No lejos, Maspalomas, de José Mari Goenaga y Aitor Arregi, también tuvo lo suyo. Y lo suyo fueron las dos estatuillas más cálidas y emocionadas de toda la ceremonia. Como dos ángeles iluminados, los veteranos actores José Ramón Soroiz, en la categoría de protagonista, y Kandido Uranga, en la de reparto, recibieron el cáliz de la gloria con una alegría desmesurada. No es para menos. Su trabajo al límite de sus propios cuerpos en la historia de un hombre condenado a volver al armario por culpa de la enfermedad y la vejez es sobre todo una exhibición de puro riesgo. Y, obvio es recordarlo, de los audaces será el reino de los cielos.
Los premios dedicados al cine se completaron con la coronación de La cena, de Manuel Gómez Pereira, como mejor comedia y con la entrada en el palmarés de Tardes de soledad, de Albert Serra, y Ciudad sin sueño, de Guillermo Galoe. Tras su éxito rotundo en taquilla, la primera imagina, de la mano de una obra de teatro de José Luis Alonso de Santos, la última cena de un grupo de republicanos antes de huir de Franco. Dada la entregada religiosidad de la noche, no quedaba otra que premiarla.
Para el desproporcionado retrato de la liturgia de los toros de Serra fueron los feroces Arrebato No Ficción y el cartel explosivo ideado por Ana Domínguez y Rafa Castañer. Y para la incursión fabulada en la frontera misma de la realidad dentro de los territorios oscuros (puesto que no tienen luz) de la Cañada Real de Madrid (que no el infierno) fue el Arrebato Ficción. Los premios denominados así, Arrebato, distinguen los trabajos desesperados que se atreven a todo, los que más exponen, los que no temen ser crucificados. Amén.
Un último dato, que también es pecado mortal: la bellísima Romería previamente seleccionada en Cannes, de Carla Simón, se fue de vacío. Por menos hay gente ardiendo en el infierno.
En lo que respecta a las series, Yakarta, de Diego San José, y la segunda temporada de Poquita fe, de Pepón Montero y Juan Maidagán se repartieron la salvación. Y hasta el paraíso. La primera fue señalada como el mejor drama por capítulos del año eclipsando completamente a su gran rival: Anatomía de un instante, de Alberto Rodríguez. Además se llevó los premios de mejor guion a cargo de los oficiantes Diego San José, Daniel Castro y Fernando Delgado-Hierro, y de mejor actor. El irresistible y voraz retrato de la derrota de Javier Cámara merecía, en efecto, eso y mucho más. Salvación eterna, incluso.
El delirio cerca del milagro ideado por Montero y Maidagán mereció las bulas como mejor comedia del año –de éste y de muchos otros que vendrán– y por sus actrices Esperanza Pedreño (protagonista) y Julia de Castro (reparto). No solo fue un acto de la virtud cardinal de la justicia, sino también una alegría. Alabados sean. «Hay que erotizar la bondad», dijo Castro al recibir su trofeo y no quedó otra que darle la razón en tiempos tan crispados y malvados. El último feroz, aunque se entregara el primero, fue para Secun de la Rosa por Superestar, la serie de Nacho Vigalondo a vueltas con el tamarismo, que, a su modo, también fue y es religión. Y así.
Para el final quedó la más que esperada beatificación de la gran y muy divina Marta Fernández Muro. Todo el mundo en pie. Fue la entonación del postrero Aleluya en una noche de sábado digna de un domingo tras otro. Los domingos.
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