La derrota tiene sus incondicionales. Los tristes y, sobre todo, los que siempre pierden hablan, con una cierta arrogancia de ganador, de la superioridad al menos estética de la derrota. Pero eso, no nos engañemos, se parece bastante a hacerse trampas. O se pierde o se gana. Salvo el Chavo del 8, nadie puede ganar perdiendo. Otra cosa son los orgullosos personajes de gente como Roberto Bolaño, tan cerca todos ellos del mismo Quijote, que se enfrentan al desencanto enganchados como heroinómanos de barrio a la poesía. Estos pierden porque no les queda más remedio, por pobres, por ilusos, por descamisados, por rascapuertas, por gorriones, por enamoradizos y por puro empecinamiento. Pero saben perfectamente que su derrota ni les salva ni les exculpa. Su derrota, qué carajo, es poesía.
El director irlandés confecciona un drama alrededor del golpe de estado en Chile de 1973 deslumbrante, triste, divertido a su pesar y claro favorito para todo lo que vendrá
La derrota tiene sus incondicionales. Los tristes y, sobre todo, los que siempre pierden hablan, con una cierta arrogancia de ganador, de la superioridad al menos estética de la derrota. Pero eso, no nos engañemos, se parece bastante a hacerse trampas. O se pierde o se gana. Salvo el Chavo del 8, nadie puede ganar perdiendo. Otra cosa son los orgullosos personajes de gente como Roberto Bolaño, tan cerca todos ellos del mismo Quijote, que se enfrentan al desencanto enganchados como heroinómanos de barrio a la poesía. Estos pierden porque no les queda más remedio, por pobres, por ilusos, por descamisados, por rascapuertas, por gorriones, por enamoradizos y por puro empecinamiento. Pero saben perfectamente que su derrota ni les salva ni les exculpa. Su derrota, qué carajo, es poesía.
A los tipos y tipas que pueblan la filmografía de Martin McDonagh les sucede algo parecido. Desde mucho antes de Tres anuncios en las afueras y Almas en pena de Inisherin, su cine está habitado por personajes entre psicópatas y solo huérfanos. Van por la vida como borrachos de su propia ebriedad incapaces de distinguir ni cuándo es de día ni cuándo las noches son, que diría el prisionero del romance. Ausentes, derrotados y con una tendencia nada disimulada a los versos a destiempo, cada uno de sus protagonistas parece empeñado en justificar su existencia por estar a punto de morir, la única derrota digna.
Su último trabajo, Wild Horse Nine, lleva la premisa de la derrota hasta sus últimas y beckettianas consecuencias. Y lo hace con una paciencia casi encantada, un lirismo pausado y herido; sin rendirse ni al exhibicionismo de la frase siempre ocurrente ni a la pereza de los diálogos instrumentales; sin avasallar con metáforas de pedernal y sin el descaro tramposo del fuera de campo y de la libre interpretación del espectador. Es definitivamente una película sobre la derrota tan hundida en su más íntimo desencanto que no queda otra que rendirse ante ella y, en efecto, admitir la derrota. Sin exculpación posible. La derrota, carajo, es poesía.
Se cuenta la historia de dos agentes de la CIA que van a pasar los últimos días de vida, la suya y la de tantos otros, a la isla de Pascua. En verdad, solo uno se está muriendo. El otro le acompaña. El moribundo, por así decirlo, es un John Malkovich descomunal que, tras un particular trayecto en el desierto, vuelve a ser John Malkovich y nos vuelve a demostrar que solo hay una manera correcta de ser John Malkovich. De repente, esa tendencia tan suya por la actuación actuada (no lo llamemos sobreactuación, por dios) adquiere el sentido exacto de lo tremendo, de lo oscuro, del resplandor que tras un único estallido desaparece. A su lado, como un Sancho Panza eléctrico, Sam Rockwell le da la réplica como solo él sabe, desdoblado en todos los samrockwells posibles. Al fondo, y para que quede claro que aquí hemos venido a perder, Steve Buscemi, Tom Waits y Parker Posey. Hacía tiempo que un reparto no recordaba tanto al desastre de Annual.
Estamos en los días previos al golpe de Estado del 11 de septiembre en el Chile de 1973, el de Pinochet, el de las 3.000 víctimas entre ejecutados y desaparecidos, el de la casa de la Moneda asediada por los aviones, el del suicidio del presidente Salvador Allende antes de ser detenido. Es el momento de recontar los muertos del pasado (los del Congo, los de Guatemala y hasta los de Dallas) y los del futuro inmediato que vendrán. «Me interesaba hablar de este silencio», comentó el director en la rueda de prensa de presentación. «¿Por que sabemos tanto de las barbaridades cometidas por el KGB, por ejemplo, y tan poco de las cometidas por los servicios de inteligencia de Estados Unidos?». Y la pregunta ahí quedó.
Wild Horse Nine es película política por esencialmente moral; es tragedia por su facilidad para la carcajada culpable; es drama histórico porque se diría que discurre en la más urgente actualidad, y es finalmente comedia porque, como afirma la famoso frase de Beckett, nada hay más divertido que la desgracia. El resultado es un prodigio de cine tan atento a la palabra como al misterio profundo, cierto y mudo de un escenario que habla de un pasado remoto ya desaparecido. Cine que suena y resuena, cine que emociona y desnuda. McDonagh consigue así su película más depurada, equilibrada, fiel a su estilo y, definitivamente, sin remedio. «Todo corroe para ser nada. Hasta nunca ser nada», que dejó escrito el poeta justo antes de admitir su derrota. La única posible. La derrota, carajo, es poesía.
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