<p>En su ensayo <i>Mal gusto</i> (ed. Debate), Natalie Olah recuerda una situación bochornosa que vivió en primera persona. Es más: la generó ella. Y es que a Olah le pareció muy ocurrente y muy <i>chic </i>(muy de buen gusto, vamos) regalarles a sus familiares enseres de hogar retro de una de esas tiendas que presumen de sobriedad, minimalismo, originalidad y estilazo. <strong>Cómprale a tu madre unos tarros como los de cuando era niña y ya verás qué cara te pone. O una escoba de madera y cerdas naturales. Una escoba cara</strong>.</p>
No he llegado al extremo de regalarle una escoba a mi madre. Porque ella me habría dado un escobazo. Por gilipollas.
En su ensayo Mal gusto (ed. Debate), Natalie Olah recuerda una situación bochornosa que vivió en primera persona. Es más: la generó ella. Y es que a Olah le pareció muy ocurrente y muy chic (muy de buen gusto, vamos) regalarles a sus familiares enseres de hogar retro de una de esas tiendas que presumen de sobriedad, minimalismo, originalidad y estilazo. Cómprale a tu madre unos tarros como los de cuando era niña y ya verás qué cara te pone. O una escoba de madera y cerdas naturales. Una escoba cara.
Mal gusto analiza, entre otras muchas perversiones de lo que entendemos como buen gusto, esa ridícula tendencia de vuelta a «lo básico» y «lo natural»: muebles toscos, prendas enormes, etiquetas sin apenas información, cerámica irregular, imperfección calculada, banquetas, óxido y cafés de (¡sorpresa!) cinco euros. Destrozos de conceptos tan bonitos como el japonés kintsugi (reparar piezas de cerámica con oro, convirtiendo las grietas en cicatrices-joya) o el hygge, esa idea nórdica de lo confortable, lo hogareño, lo dignamente banal.
Para Natalie Olah, Instagram y su vocabulario visual fueron un punto de inflexión en esa degradación estandarizada de lo que ahora percibimos como buen gusto. Esas fotos de comida perfectamente imperfectas, esas estanterías retratadas con los libros y las plantas cuidadosamente seleccionados, el filtro Valencia. Un tipo de estética en la que el gris siempre gana al rojo, el esparto al plástico y la languidez a la estridencia. Una definición del buen gusto tan accesible como aburrida. Un muermo. Por eso son tan divertidas las hermanas Pombo, que sabotean con su vulgaridad el universo que ellas mismas pintan obsesivamente de beige. El resultado final es enternecedor, como Georgina diciendo ordinarieces mientras saca un blister de lomo de su muy beige y muy chic bolso de Hermés. John Waters seguro que la adora. Mal gusto comienza con una cita suya. De Waters, no de Georgina.
En una persecución absurda de la belleza y la virtud certificadas, hemos renunciado, como bien señala Natalie Olah en su libro, al criterio propio. Nos negamos, nunca mejor dicho, un gusto que quizá no sea bueno, pero sí nuestro. Nos hemos entregado al brutalismo de garrafón, los tonos terracota, la estética folk higienizada y los falsos ikebanas. Metal envejecido, madera sin tratar y cestería, macramé incluso. Creyendo que nos acercamos a la Bauhaus, nos daremos de bruces con alguna Pombo.
Yo también he comprado trapos de cocina ásperos, jabón de Marsella artesano y cestos (macramé no, que uno tiene líneas rojas). Por supuesto, antes de hacer la foto de mi librería para subirla a Instagram, me aseguro de que no se vea el lomo de ningún best seller. No he llegado, eso sí, al extremo de regalarle una escoba a mi madre. Porque ella me habría dado un escobazo. Por gilipollas.
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