<p>La colosal rotonda de la Bolsa de Comercio de París, construida en la segunda mitad del siglo XVIII, es uno de esos espacios de ensueño para cualquier artista. Concebida en su día como un silo de trigo, restaurada y adaptada por el arquitecto japonés <strong>Tadao Ando </strong>para acoger la inmensa colección de más de 10.000 obras de arte del multimillonario <strong>François Pinault</strong>, cualquiera diría que lleva toda su historia esperando este proverbial encuentro terrenal con la artista norteamericana <strong>Meg Webster</strong>.</p>
A través de un centenar de obras de artistas como Dan Flavin, Robert Ryman o On Kawara, la antigua Bolsa de Comercio de París repasa el movimiento que repensó el estatuto de la obra de arte y su relación con el espectador, depurando la estética al máximo
La colosal rotonda de la Bolsa de Comercio de París, construida en la segunda mitad del siglo XVIII, es uno de esos espacios de ensueño para cualquier artista. Concebida en su día como un silo de trigo, restaurada y adaptada por el arquitecto japonés Tadao Ando para acoger la inmensa colección de más de 10.000 obras de arte del multimillonario François Pinault, cualquiera diría que lleva toda su historia esperando este proverbial encuentro terrenal con la artista norteamericana Meg Webster.
La amplitud que podríamos definir como maximalista contrasta con el propósito minimalista de Webster, que ha llenado el inmenso espacio con un cono de sal blanca, una semiesfera de arcilla, una bola de tierra roja, un muro de cera de abejas y un remedo de bosque con ramas y follaje que se van degradando con el paso de los días y ante la mirada atónita de los visitantes, atrapados en una especie de laberinto de luz, materia y silencio.
A diferencia de otros artistas reunidos en Minimal (hasta el 19 de enero en la Bourse de Commerce), Webster no solo se identifica sino que abraza esa corriente artística que dio la vuelta al mundo en los años 60 y que se sigue reencarnando con el paso de las décadas: «Yo tiendo a minimizar lo más posible el impacto de mis obras en el medio ambiente. Cuidar la Madre Tierra: ese es mi mensaje».
«El minimalismo desplazó el arte del objeto hacia el encuentro», recuerda por su parte Emma Lavigne, directora general de la Colección Pinault. «Y eso es precisamente lo que Meg Webster propone al público: un encuentro con las formas, con los colores, con olor de la cera de abeja, con la tierra, con la sal, con las ramas».
«Hacer que el espacio, la escala y el espectador sean algo inseparable de la obra en sí, es algo que altera cómo se experimenta el arte», recalca Lavigne. «En el siglo XXI, este legado es inequívoco: los artistas siguen trabajando sobre la percepción y sobre la intensidad de la experiencia que siempre se renueva. La busca del ‘menos es más’ vuelve a ser el antídoto contra la saturación del mundo que hemos creado, una puerta abierta a la belleza del silencio y una invitación a ralentizar nuestro cuerpo y nuestra mente, a afilar la percepción, a elevar la conciencia y a transformar el acto de mirar en una experiencia realmente activa».
Materialismo. Monocromía. Equilibrio. Superficie. Luz… La exposición Minimal se abre como una espiral en torno a la rotonda, convertida, según el crítico británico Adrian Searle en The Guardian, en «una especie de Torre de Babel» con paradas en el Japón de On Kawara, Kishio Suga y el grupo Mono-ha, en el neoconcretismo brasileño representado por Lygia Pape, en las pinturas blancas de Robert Ryman, en la quietud de Agnes Martin, en las geometrías de Blinky Palermo, en el post-minimalismo de Eva Hesse, en los monumentos fluorescentes de Dan Flavin o en el legado de Donald Judd y Richard Serra.
«El minimalismo no fue nunca un lenguaje único», recalca Lavigne, que advierte que la exposición es más «una reflexión sobre la estética del minimalismo» que un recorrido estrictamente histórico. El objetivo de la comisaria Jessica Morgan ha sido «abrazar la pluralidad, geográfica, cultural y conceptual, y entender que estamos ante un campo vivo y no ante un canon cerrado».
Acabamos donde empezamos, en ese espacio monumental y al mismo tiempo minimal de la rotonda, donde la arcilla de Meg Webster se va agrietando, la sal se va derritiendo y las ramas van adquiriendo un aspecto invernal. Pero antes nos pasamos por uno de los espacios más concurridos: la instalación del cubano Félix González-Torres, titulada Retrato del padre: una extensión de caramelos de menta blancos que pesan en total 79 kilos (lo que pesaba el padre) y que se irán reponiendo y reconfigurando según los visitantes se van agachando y sirviendo sobre la marcha.
González-Torres, que falleció a los 38 años, ayudó a «redefinir el minimalismo infundiéndole emoción e introduciendo la mutabilidad en sus obras». El sabor mentolado del padre nos acompañará a la salida durante un buen rato, a modo de recordatorio de todo los visto, olido, percibido, meditado y sentido en este viaje de dos horas a la esencia mínima del arte.
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