Cuando la tarde aún no se había desperezado, el recuerdo de Pilar Vega de Anzo sobrevoló su plaza de El Bibio. La alcaldesa de Gijón, Carmen Moriyón, desveló una placa, en el sitio exacto del callejón que solía ocupar, en su memoria: «Asturiana de corazón, su alegría y su elegancia iluminaron tantas tardes la feria de Begoña». María y José María, sus hijos, emocionados, agradecieron tanto cariño antes del minuto de silencio, por Pilar y todos los abonados muertos.
El torero toledano sigue su recuperación con un triunfo que englobó la faena de la tarde a un notable toro de La Quinta; una oreja para Clemente; sin suerte Ginés
Cuando la tarde aún no se había desperezado, el recuerdo de Pilar Vega de Anzo sobrevoló su plaza de El Bibio. La alcaldesa de Gijón, Carmen Moriyón, desveló una placa, en el sitio exacto del callejón que solía ocupar, en su memoria: «Asturiana de corazón, su alegría y su elegancia iluminaron tantas tardes la feria de Begoña». María y José María, sus hijos, emocionados, agradecieron tanto cariño antes del minuto de silencio, por Pilar y todos los abonados muertos.
Un toro muy guapo abrió la parejísima y bonita corrida de La Quinta -tres puntuaron con bien, de nota especial el cuarto- con este cartel tan bien traído por Carlos Zúñiga: Álvaro Lorenzo, Ginés Marín y Clemente. Lorenzo fue el gran triunfador, y de entrada no le dejó en mal lugar con una faena impecable, muy limpia -y no era del todo fácil-, templada en las líneas naturales del toro y fundamentalmente diestra. La derecha fue la mano del noble ejemplar, de mejor embroque que finales del muletazo, y colaborador, en definitiva, con sus matices. Una estocada pasada, una oreja.
Esos matices de harían más leves al lado de los del siguente cárdeno, que embestía durmiéndose en los engaños y, sobre todo, muy seguido. Un no parar. Sin maldad pero muy caminador. Ginés dibujó un manojo de verónicas extraordinarias, trenzó un garboso galleo de frente por detrás y puso compás en su izquierda a un toro que no lo tenía. Más clase en su trazo que en el toro. No trepó aquel todo sereno y maduro. El final de faena -ese cierre anterior al broche a pies juntos- desprendió torería. Saludó una ovación tras media estocada.
Apuntó calidad un tercero que era un cromo, pero también una manifiesta falta de poder. La faena de Clemente fue siempre una ecuación de alturas, no siempre bien resuelta. Demasiado deseoso para el pulso y el aire requeridos: el toro se afligió y derrumbó varias veces en su izquierda. Luego, se atascó con la espada.
En el ecuador de la tarde, saltó Numantino, un cárdeno oscuro con la expresión de lo viejo de Buendía -así con el hocico hacia delante-, para erigirse en el toro de la corrida, por su rítmico modo de darse, por su categoría. Si Álvaro Lorenzo estuvo antes sin mácula, en este anduvo sensacional. Por el convencimiento, el asiento, la templanza y su mano izquierda. Desde el prólogo al paso fluyó el toreo, bueno en su derecha, soberbio al natural. Hubo uno superior, un muletazo sobrenatural -y puede que más de uno, esperándolo con la muleta posada allí abajo-. Lorenzo se calentó en serio rompiendo los diques de la frialdad pero no los de la armonía. El epílogo por arlesinas avivó el fuego. Enterró la estocada algo tendida -un aviso tonto- y necesitó de un golpe de descabello. La oreja valió el doble que la anterior y le abrió la puerta grande, un peldaño más en su recuperación. A Numantino le tocaron las palmas en el arrastre.
Zúñiga acaba de romper, aparentemente, el maleficio de este año gris de La Quinta. Digo aparentemente porque el quinto -un punto más cargado por delante- se comportó de manera extraña, acobardado -como dañado quizá o absolutamente desfondado- hasta echarse antes de hora. Había apretado mucho en banderillas hacia los adentros, y a la salida de un par hirió a Fernando Pérez, que perdió pie. [Una cornadita de cinco centímetros en el glúteo derecho]. Ginés se enfrentó, con la montera, a un destino sin posibilidad alguna. Suyo fue el peor lote.
Cerró afortunadamente al alza un sexto de buen son, un tacazo de toro. No sé si tan humillador como el importante cuarto. Clemente recuperó enteros respecto a la idea que traigo de él, más lúcido y suelto. Creció ahora por entendimiento del toro, sobre todo. Mejor y más embrocado el francés por la mano derecha que por la izquierda, más largo el muletazo que ajustado por las dos, la firme faena se contagió de la vibración de la buena embestida. La estocada cayó baja, pero no fue óbice para la oreja.
LA QUINTA / Álvaro Lorenzo, Ginés Marín y Clemente
Plaza de El Bibio. Jueves, 13 de agosto de 2026. Primera de feria. Media plaza. Toros de La Quinta, muy parejos, bien presentados; muy notable el 4º; bueno el 6º; colaborador el 1º con sus matices; sin poder el 3º; desfondado el 5º; sin empleo el gazapón 2º.
Álvaro Lorenzo, de pizarra y oro. Estocada pasada (oreja); estocada tendida y descabello. Aviso (oreja). Salió a hombros por la puerta grande.
Ginés Marín, soraya y oro. Media estocada tendida (saludos); dos pinchazos y media. Aviso (silencio).
Clemente, de malva y oro. Tres pinchazos y descabello (silencio); bajonazo (oreja).
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