Hace tiempo que el japonés Ryusuke Hamaguchi se decidió por un cine fuera de norma. O sencillamente, desacostumbrado. Cuesta acostumbrarse a la falta de costumbre, que decía el poeta. De él hemos asistido a una larguísima y siempre interrumpida conversación en el interior de un coche mientras se adaptaba una versión de Tío Vania de Chéjov sin palabras. Eso, y una película pensada originalmente como ilustración a una partitura musical que aún no existía. Lo primero ocurría en la celebradísima Drive my car y lo segundo, en El mal no existe.
El director japonés compone un ensayo emocional de casi tres horas y media de duración con maneras de manifiesto. A su lado, la austiaca Marie Kreutzer presenta Gentle Monster y somete al espectador a un drama con maneras de cinta de terror tan incómodo como clarividente (****)
Hace tiempo que el japonés Ryusuke Hamaguchi se decidió por un cine fuera de norma. O sencillamente, desacostumbrado. Cuesta acostumbrarse a la falta de costumbre, que decía el poeta. De él hemos asistido a una larguísima y siempre interrumpida conversación en el interior de un coche mientras se adaptaba una versión de Tío Vania de Chéjov sin palabras. Eso, y una película pensada originalmente como ilustración a una partitura musical que aún no existía. Lo primero ocurría en la celebradísima Drive my car y lo segundo, en El mal no existe.
Ahora, se trata de llevar a la pantalla un libro documental, casi por definición inadaptable, firmado por Maoko Miyano y Maho Isono y que atiende al nombre de Cuando la vida da un giro inesperado: veinte cartas entre una filósofa con cáncer terminal y una antropóloga médica. Y el resultado, igual que en los casos anteriores, es un raro prodigio de cine inédito y, por ello, sorprendente; cine construido sobre el peso de cada palabra; cine siempre pendiente de algo tan elemental como la bondad. Es cine que brilla. Y conmueve. Y dan ganas de seguir, da lo mismo con qué, pero seguir.
Soudain (De repente) cuenta la historia de la directora de una residencia de ancianos (o mayores o solo viejos, como se quiera) en algún lugar de París empeñada en implantar en sus dominios un nuevo sistema basado en asuntos tales como la escucha, el respeto, el tiempo y la paciencia. Es decir, un sistema que va contra el propio sistema (y no el sistema métrico-decimal, aunque un poco, también). No se trata solo de atender, curar, alimentar, entretener y lavar, sino de cuidar en su sentido más profundo por lo que tiene que ver con algo tan elemental como la dignidad.
En verdad, su propuesta empieza por discutir todo lo que hacemos mal y acaba por refutar, sin que le duelan lo más mínimo ni prendas ni la infinita y sana ambición (o arrogancia) demostrada, el propio capitalismo. ¿No me creen? Por primera vez, una película se detiene y, en un bonito y claro gráfico, nos explica todos los desastres que nos hemos dado gracias a esta forma tan ocurrente de arruinarnos la vida. Cada vez somos más viejos, pero cada vez nos explotamos en una carrera consumista y competitiva al vacío más para envejecer peor. Y luego, por aquello de la coherencia autodestructiva, creamos lugares donde abandonar los cuerpos no productivos a su suerte.
Un día, nuestra protagonista (magnífica Virginie Effira) se encuentra con una directora de teatro (Tao Okamoto) que lucha contra un cáncer terminal. Se harán amigas, se contarán sus vidas, harán lo posible -sin lograrlo del todo- por conocerse, se consolarán, se amarán y, juntas, acabarán por descubrir otro modo de verse a sí mismas y, ya puestos, de ver el mundo. Como resumen de una película se antoja pobre, algo cursi y, apurando, hasta muy manido. Y en verdad, es así. No hay trampa ni dobles lecturas ni más ironía que la necesaria para mantenerse en pie.
Estamos tan acostumbrados al cinismo en red que un argumento con un sentido desprejuiciado, sincero y claro de la verdad y la bondad nos sorprende y, llegado el caso, nos puede hasta irritar. Si uno duda, no sabe a lo que dedicar la tarde y se decide por algo que sea bello, bello de abrumar, esta es su película. Sin miedo. Es cierto que la belleza y la bondad, así sin más, generan muchas suspicacias (¿qué querrán vendernos con tanto buenismo?), pero, y esto es lo que cuenta, nos hacen mejores. Hemos llegado.
Hamaguchi construye su película únicamente pendiente de la mirada de sus personajes. Es un cine callado, por transparente y profundo, en el que nunca, ni un solo segundo, se deja de hablar. Nadie filma las conversaciones como él. No es una cuestión solo de guion, sino de simple, ya se ha dicho, escucha. Generalmente, la mayor preocupación a la hora de filmar un diálogo es que se entienda, que los actores vocalicen y sean expresivos, que los intérpretes se adueñen del texto hasta convertirlo incluso en parte de su cuerpo y de la ficción que encarnan. En el caso de Hamaguchi, sin descuidar la ortodoxia, la carga de la prueba queda del lado de la mirada del espectador. Lo que pide y exige Soudain (o en inglés, All of a Sudden) es ser escuchada con los mismos ojos. Tal cual.
El resultado es un milagro que no renuncia a nada de lo que en cualquier otra película pasaría por defecto. Es una cinta didáctica, sentimental, melodramática, larguísima, repetitiva y muy, pero muy, emocionante. Pero lo es de manera tan consciente y plena que, en efecto, no queda otra que rendirse. ¿Podría haber sido más corta? No lo duden, pero, y por poner un ejemplo, ¿qué aficionado (o adicto) al chocolate presume de disfrutar más al acabarse la tableta? Hamaguchi nos ha vuelto a sorprender en su acostumbrada insistencia por regalarnos películas completamente desacostumbradas..
Antes de nada, una noticia que no es buena: no sé si lo han notado, pero la realidad apesta. No me refiero a una crisis en concreto ni a un problema determinado, hablo de toda ella. Y no lo decimos tanto nosotros como la propia realidad, primero -a la vista está-, y la competición del Festival de Cannes, después. Primero fue el capitalismo, ya se ha dicho, y luego, el patriarcado. Tal cual. Gentle Monster, de la austriaca Marie Kreutzer, toma así el relevo para retratar, como en parte ya hiciera la propia directora en su película anterior (La emperatriz rebelde), los accidentes de esa realidad de antes pensada, orquestada y maniatada a los deseos, exigencias y frustraciones de solo una mitad de la población: los hombres. Suena tremendo, pero es así.
Al contrario que en el caso de Hamaguchi, con quien todo va de frente, la estrategia de Gentle Monster es mucho más sutil. Y dolorosa. E incómoda, también. Se cuenta la historia de una pareja de artistas (soberbia Léa Seydoux y efectivo en su aparente inocencia Laurence Rupp) que, de golpe, tiene que digerir la detención del hombre. La policía le acusa de almacenar y distribuir pornografía infantil. La pareja tiene un crío pequeño. La pareja se ama. La pareja funciona, se relaciona y hace proyectos como todas las parejas.
Kreutzer plantea su película como un drama al que suma la subtrama de la policía (Jella Haase) encargada del caso. Poco a poco, en una puesta en escena tan delicada como, a su modo, turbia, la película siembra la semilla de la desconfianza, de la sospecha entre ellos y de la suspicacia que crece en la conciencia del espectador. Ligeramente tintada de terror, Gentle Monster se coloca justo al borde de todos los abismos, pero sin arrojarse en ellos.
En realidad, y aquí lo más brillante de la propuesta, lo que importa no es tanto la evidencia de lo terrible como las formas que tiene lo terrible de esconderse y, en efecto, disimular su evidencia. Lo relevante en Gentle Monster es la tupida red de excusas de la que se sirve la realidad, esa que apesta, para justificar lo injustificable, para construir coartadas, para esconder todas y cada una de sus miserias. No se trata de convertir en sinónimos machismo y pederastia (obviamente, no), pero sí de revelar las condiciones de posibilidad de todo aquello que nos hace peores. ¿Por qué casi todos los delitos sexuales son obra de hombres? Sin pretender ser una tesis doctoral, esa es la pregunta que se hace Kreutzer. Lo que sigue (que tampoco es respuesta en el sentido tradicional) es, sencillamente, demoledor. Además de clarividente y, ya se ha dicho, incómodo.
Apunten como tarea pendiente revisar eso del capitalismo. Sigue sin funcionar.
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