<p>Durante años, múltiples profesionales de la salud mental me han recomendado encarecidamente medicarme por mi TOC, pero siempre me he negado. En mi familia, medicarse es de vagos y cobardes («Luego pasa lo que pasa», advierte mi madre. «¿Qué pasa?», pregunto yo. Mi madre no está segura, pero entiendo que cree que al probar un Lexatin estás a un paso de acabar dando vueltas por las calles de Filadelfia con los demás adictos al fentanilo).</p>
La felicidad parece ser la meta final de todos en este efímero paso por la Tierra, pero si ya estás satisfecho con todo, ¿dónde queda la ambición? ¿Dónde quedan las resoluciones de año nuevo?
Durante años, múltiples profesionales de la salud mental me han recomendado encarecidamente medicarme por mi TOC, pero siempre me he negado. En mi familia, medicarse es de vagos y cobardes («Luego pasa lo que pasa», advierte mi madre. «¿Qué pasa?», pregunto yo. Mi madre no está segura, pero entiendo que cree que al probar un Lexatin estás a un paso de acabar dando vueltas por las calles de Filadelfia con los demás adictos al fentanilo).
Cuando por fin decido hacerlo, lo anuncio con la gravedad con la que en otras familias se anunciaría un ingreso en una clínica de rehabilitación. «No tienes TOC», me dice mi hermano. «Sólo eres excéntrica».
«Díselo a mi ano», le contesto, «al que limpio con un rollo de papel entero cada vez que voy al baño para asegurarme de que estoy limpia». Tras un breve silencio telemático, mi hermano me envía un enlace a una pomada hidratante a base de aceite de ricino.
Entiendo su reacción, yo también soy reacia a medicarme. No sé quién soy sin mi ansiedad crónica, sin el mal humor provocado por esta, sin olerme los sobacos compulsivamente en público.
Mientras tanto, desde el otro lado del charco químico, todos los ya-medicados me animan a hacerlo -«¡Únete a nosotros! ¡Ya no tendrás que gastarte 400 euros en TACs en el Ruber Internacional por sospechar que tienes todos los síntomas de un tumor cerebral!»- y yo reticente de cojones, como Carol Sturka, la protagonista cascarrabias de Plur1bus que es inmune al virus que ha sumergido al resto de la humanidad en una mente colectiva de felicidad antinatural.
La felicidad parece ser la meta final de todos en este efímero paso por la Tierra, pero si ya estás satisfecho con todo, ¿dónde queda la ambición? ¿Dónde quedan las resoluciones de año nuevo?
España es el país que más ansiolíticos consume del mundo. Ya, yo también pensé que sería un país nórdico que sufre inviernos polares y carece de jamón ibérico, pero resulta que somos nosotros, los mismos que vivieron el apagón nacional bailando La Macarena y bebiendo cerveza -ahora que lo pienso, igual fue precisamente por la consumición de ansiolíticos-.
Puede que sea mejor así; la serenidad química hace que nos importen menos los presupuestos de Sánchez. A mí ya no me enfada que mi marido no sepa dónde guardamos las toallas. Quizá mi resolución de año nuevo es que no me quiten la medicación, o qué cojones, que me suban la dosis. Y a los que se niegan a ser felices, les daría el argumento de los infectados en Plur1bus: «Sabemos cómo se siente ser tú, hemos sido tú… pero tú nunca has sido nosotros». Brindemos por un 2026 repleto de sertralina.
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