Esta semana estoy confusa. Cómo han tenido que ser las cosas para que casi me pareciera más interesante ir a escuchar lo que tenía que decir el Papa que al concierto de Bad Bunny. A mí, atea declarada y convencida y que siempre defenderé la separación Iglesia-Estado, y a mí que me encanta Bad Bunny. Pero no voy a negar que este Papa, por su enfrentamiento al tecnofascismo de Silicon Valley y a Trump levanta llagas necesarias y tampoco voy a negar que la polémica con La Casita de Bad Bunny me ha dado una pereza tremenda.
Simplemente sacaría a toda la gente de La Casita y pondría un cartel gigante que dijera «En venta». Es lo más cerca que estaría de representar la realidad.
Esta semana estoy confusa. Cómo han tenido que ser las cosas para que casi me pareciera más interesante ir a escuchar lo que tenía que decir el Papa que al concierto de Bad Bunny. A mí, atea declarada y convencida y que siempre defenderé la separación Iglesia-Estado, y a mí que me encanta Bad Bunny. Pero no voy a negar que este Papa, por su enfrentamiento al tecnofascismo de Silicon Valley y a Trump levanta llagas necesarias y tampoco voy a negar que la polémica con La Casita de Bad Bunny me ha dado una pereza tremenda.
La Casita ya apareció en el espectáculo de la Super Bowl, por cierto, con gente guapísima, riquísima, con cuerpos normativos y a todos nos pareció bien. Creo que no leí ni una sola columna crítica. No nos pareció bien porque entonces fuéramos otros, sino porque en aquel espectáculo los invitados eran famosos racializados. Que aparecieran todos frente a Trump y sus políticas antimigratorias, gente poderosa, subida en esa casa, pareció (y fue) un símbolo de resistencia. No vimos la élite porque la élite cuando va contra otra élite aún más grande no es una amenaza si no un arma.
Pero aquí no está Trump, solo un montón de gente que ha pagado mucho dinero para ver a Bad Bunny y su espectáculo. Y creo que justo eso es lo que ha ocurrido, que cuando algo se saca del contexto para el que fue creado y se monetiza, pierde toda la alegría reivindicativa.
En 1967 el artista brasileño Hélio Oiticica, metió una favela en un museo, como una crítica a la dictadura militar de entonces. La instalación se llamó Tropicália (de la que luego derivaría el movimiento Tropicalista). Creó dos estructuras precarias, con arena y loros enjaulados, que el espectador tenía que recorrer hasta llegar a una televisión que representaba la invasión de la imagen mediática en las favelas. Yo la vi en el Reina Sofía hace unos años y no dejé de sentirme extraña paseando por ella. De alguna manera aquello que Hélio creó contra la exotización, expuesto en un museo de España y pisado por una chica española, se convertía en pura exotización y colonialismo. Igual que los cuerpos blancos llenando La Casita de Bad Bunny.
Con esto lo que quiero decir es que, si yo fuera Bad Bunny, no pondría a cuerpos diversos, ni feos ni pobres, porque no hay manera de que ese símbolo funcione sin su contexto, ni de que no se exotice. Simplemente sacaría a toda la gente de La Casita y pondría un cartel gigante que dijera «En venta». Es lo más cerca que estaría de representar la realidad.
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