<p>Con su segundo café de la mañana,<a href=»https://www.elmundo.es/la-lectura/2025/03/17/67d1d60ee9cf4a555b8b45b7.html»><strong> Pierre Lemaitre </strong></a>(París, 1951) empieza el día en un despacho de su editorial española rodeado por varias columnas de su último libro, <i>Las grandes promesas</i> (Salamandra), que va firmando uno a uno para su gira de promoción en nuestro país. «Esto es como Sant Jordi», sonríe en Barcelona, su primera parada tras el espectacular éxito de ventas en Francia, donde está arrasando en las librerías: solo en la primera semana su novela superó los 50.000 ejemplares. Con ella, Lemaitre cierra <a href=»https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2023/01/07/63b6ebc5e4d4d85a518b4584.html»><strong>su monumental tetralogía sobre los llamados Años Gloriosos, </strong></a>de 1948 a 1975. «Lo fueron en Francia, por supuesto no en la España de Franco…», matiza el escritor, gran conoceder -y admirador- de la literatura española. Toma a nuestro <a href=»https://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2020/03/01/5e4d29ac21efa041428b4660.html»><strong>Benito Pérez Galdós</strong>,</a> su admirado Galdós, como modelo: lo que hizo con sus <i>Episodios Nacionales</i> en el siglo XIX, Lemaitre lo traslada al XX con buenas dosis de folletín, aventuras a lo<strong> Alejandro Dumas</strong>, épica histórica estilo <strong>Víctor Hugo</strong> y picaresca (siempre dice que ese es su lado español).</p>
El escritor arrasa en Francia con su última novela, ‘Las grandes promesas’, que cierra una tetralogía desde la posguerra hasta los años 60. «Los ‘años gloriosos’ lo fueron para la clase media, pero hubo muchos excluidos», lamenta
Con su segundo café de la mañana, Pierre Lemaitre (París, 1951) empieza el día en un despacho de su editorial española rodeado por varias columnas de su último libro, Las grandes promesas (Salamandra), que va firmando uno a uno para su gira de promoción en nuestro país. «Esto es como Sant Jordi», sonríe en Barcelona, su primera parada tras el espectacular éxito de ventas en Francia, donde está arrasando en las librerías: solo en la primera semana su novela superó los 50.000 ejemplares. Con ella, Lemaitre cierra su monumental tetralogía sobre los llamados Años Gloriosos, de 1948 a 1975. «Lo fueron en Francia, por supuesto no en la España de Franco…», matiza el escritor, gran conoceder -y admirador- de la literatura española. Toma a nuestro Benito Pérez Galdós, su admirado Galdós, como modelo: lo que hizo con sus Episodios Nacionales en el siglo XIX, Lemaitre lo traslada al XX con buenas dosis de folletín, aventuras a lo Alejandro Dumas, épica histórica estilo Víctor Hugo y picaresca (siempre dice que ese es su lado español).
Si Galdós escribió más de 50 novelas, Lemaitre ya lleva una trilogía, Los hijos del desastre, sobre las consecuencias de la Primera Guerra Mundial (que suma más de 1.300 páginas), y esta saga gloriosa de más de 2.100 páginas, a la que añadirá otro ¿tríptico? que llegará hasta los años 90 y que ya está escribiendo. Sin desvelar la trama, llena de giros e imprevistos, Las grandes promesas empieza con un espectacular incendio y continúa con las peripecias de la familia Pelletier: aparece un bebé huérfano (o no tanto) que instiga una guerra de tabloides, hay un viaje exprés a Beirut, se construye el Periférico de París (la autopista circular que rodea la capital) mientras los niños sueñan con Françoise Hardy y se resuelven una serie de viejos asesinatos de mujeres…
- Esta novela está ambientada sobre todo en el año 1963. ¿Hay mucho de su infancia en el personaje de Philippe, que tiene 12 años, como usted entonces?
- Mi cultura es obrera, mientras que la de Philippe es de una middle class alta, con padres que tienen una empresa, mandan personal y han comprado su apartamento sin recurrir al crédito. Nosotros éramos más modestos, mirábamos el país desde más abajo. Vivía en un suburbio comunista en un periodo de posguerra, entonces había toda una región de París que era muy roja.
- La construcción del bulevar Periférico centra parte de la historia. ¿Qué simboliza realmente esa autorpista?
- En esa época soñamos con esta autopista perfecta que gira en bucle. Encarnaba el ideal de independencia, rapidez y movilidad, como el mito del coche. Hoy, sabemos que no era un sueño sino un fantasma, que era absolutamente irreal y que en lugar de ser la bella promesa de un futuro tecnológico que traería la felicidad de todo el mundo nos ha conducido al calentamiento climático y a la catástrofe ecológica que nos espera.
- Circular por el Periférico parisino a ciertas horas es una pesadilla… Pero nació como un «proyecto prometeico». ¿En qué sentido, lo de prometeico?
- ¡Hoy es una pesadilla total! Creo que la expresión ‘prometeico’ es bastante acertada. Prometeo liberó a los hombres robando el fuego de los dioses. Y hay algo de eso, aunque sea paradójico. Esos años aspiran a la independencia de la gente. En realidad, el mito del coche es el de la independencia: tomo mi coche y me desplazo y puedo ir a Marsella. Pero esa independencia era el comienzo del egoísmo y del individualismo. No es un azar si hemos empezado nuestra conversación hablando del suburbio comunista donde nací, el de Seine-Saint-Denis.
- ¿El que suele salir en las noticias cuando en la banlieue queman coches?
- Sí, todavía hoy es un suburbio movido [sonríe casi con un punto de orgullo]. Vengo de una cultura comunitaria, de una clase social muy marcada por la solidaridad. Sin embargo, en esos años se forma una clase media que va a girar hacia el individualismo. Del comunitarismo se fue pasando al clientelismo. En el fondo, nos hemos convertido en clientes del servicio público. Como pago mis impuestos, tengo el derecho de exigir que la escuela pública haga que mi hijo acceda y supere el bachillerato y si no se lo saca no es la culpa de mi hijo sino del sistema que no ha sabido llevarlo a ese nivel. Somos un cliente y a cambio de los impuestos, exigimos un servicio.
- Siguiendo con el tema de los suburbios… Usted compara el Periférico con la antigua fortificación de París, pero ya no es para defender la ciudad de los invasores, sino para preservarla frente a los 10 millones de habitantes de la periferia.
- En realidad eso es un anacronismo: lo está diciendo el autor de hoy, que habla desde 2026. En la época no se pensaba que el Periférico era un cinturón de protección contra el suburbio rojo. Aunque creo que la élite política sabía muy bien lo que hacía y que tenía interés en aislarlo. La mejor manera de hacerlo era crear un muro que actuara como barrera para la capital privilegiada, pues estamos en un país muy piramidal.
- Con esa mega construcción también pone en escena una trama de corrupción y sobornos muy actual…
- Soy un militante anticapitalista y mi creencia es que en cualquier país en el que se acometen grandes obras siempre hay sobornos y conrrupción. Actualmente en Francia la evaluación del monto de la corrupción es superior a la de la fraude fiscal, que ya es colosal… Se cifra en cientos de miles de millones de euros. Si sumas el fraude fiscal y la corrupción resuelves el problema de la pobreza. Pero seguimos teniendo todavía una gran bolsa de pobreza.
- ¿Las grandes promesas de la modernidad terminaron en traición?
- ¡Absolutamente! La modernidad y la idea de progreso traicionó a los que creían en ello. Por cierto, andaba algo inquieto con el título. Pero mi editor me dijo: ‘Sabes, toda la gente que conoce tu obra va a notar la ironía del título enseguida’.
- Tiene razón… Y después de leer esta tetralogía también sentimos que esos años gloriosos no lo fueron tanto.
- He intentado tener un juicio equilibrado. Estadísticamente no hay duda de que la gran mayoría de los franceses se elevaron en la escala social y que la esperanza de vida se alargó, la educación mejoró, el ascensor social funcionaba bien, el mérito era todavía una virtud… No se puede decir que Los 30 gloriosos [así se expresa en Fracia] no lo fueran. El problema, es que han sido para la clase media y que ha dejado de lado el mundo campesino o de la periferia. Siempre quedan los excluidos, como aquellos a los que expropian la casa para construir el Periférico.
- También habla de los problemas del campo en este libro y de unas protestas que nos hacen pensar en las que vemos en Bruselas delante de la UE… Además, introduce un personaje español, el pobre Manuel Ramos, hijo de refugiados de la Guerra Civil, que crea una cooperativa. Pero por mucho que trabaje y se esfuerce, no hay ascensor social para él.
- En el momento en que escribo el libro, la situación de los agricultores es gravísima… Sin haberlo calculado aprovecho un poco la actualidad. Nunca es del todo accidental ni tampoco premeditado. Y no, no hay ascensor social para Manuel. Por mucho que quiera e intente integrarse se topa con el espíritu colonial de Francia. En el fondo, la actitud del sistema político respecto a estas familias inmigradas es una actitud colonialista. No hemos ido a colonizar su país pero los recibimos como poblaciones inferiores, haciéndoles entender que los recibimos sin aceptarlos. Los soportamos, los utilizamos, los explotamos… Tenemos buena conciencia de darles el mínimo pero, fundamentalmente, no son aceptados. La condescendencia que es uno de los signos distintivos del poscolonialismo.
- Su anterior novela era casi de espionaje. En esta hay más drama y dicotomías morales.
- Como es el cuarto volumen de una serie sobre una familia, tenía que terminar en tragedia. El modelo de la tragedia son los Atridas griegos, una historia de familia… La fascinación que los escritores tienen por los temas de la familia es porque juegan a las tragedias con pasiones inflamadas. Por eso me parecía bastante normal rendir homenaje a la tragedia con una contienda intrafamiliar entre dos hermanos…
- Pero es una tragedia que se lee con una sonrisa bastante irónica…
- Oh, sí. Hay un grado un poco irónico… [sonríe como un Mefistóteles gamberro]
- El clímax de la ironía llega con la guerra abierta entre dos periódicos sensacionalistas por la paternidad del bebé huérfano. ¿Un antecedente de las fake news?
- Me acordaba muy bien de los periódicos sensacionalistas que compraba mi madre. Uno se llamaba ‘Ici Paris’ y el otro ‘France Dimanche’. Eran los grandes periódicos de los escándalos, en el comienzo de los paparazzi. Cuando lees la prensa de esa época descubres que ha prefigurado algo que actuamente es el corazón moral del mundo de los medios: la verdad no es más que una opción entre otras. Cuando mi madre leía esos periódicos lo tomaba todo por cierto, creía realmente lo que ponían.
- ¿Cómo sucede hoy con las redes sociales?
- Me impacta mucho el alto porcentaje de gente que se informa en las redes sociales. Las redes están bien para comentar pero no informan de nada. Para eso hay que ir del lado de los periodistas. Es absolutamente terrorífico. En realidad, se podría decir que las redes sociales son esos periódicos sensacionalistas exacerbdos al cubo.
- Hay una amistad curiosa en su libro, la de una adolescente Colette con una monja del covento. Sabe, en los premios Goya que se acaban de celebrar ganó una película, Los domingos, cuya protagonista de 17 años quiere tomar los hábitos. ¿Cree que la religión todavía nos aporta cierto consuelo?
- Las dos peores plagas de la humanidad son el capitalismo y las religiones. Pero hay religiosas que pueden ser conmovedoras y que realmente tienen ganas de ayudar a su prójimo. No quería rendir homenaje a la religión, basta que hablemos hoy del Islam o mirar el balance del catolicismo, que fue devastador en la conquista de América… Francamente, la religión católica no tiene lección que dar a nadie. En fin, que se las arreglan entre ellos. Para mí, son dos religiones nulas e inadmisibles. En cambio, lo que me interesaba era hablar de la violación. Obviamente, la monja es creyente, pero no atribuye su vocación a la fe, fue el medio que encontró para superar la cuestión de la violación. Y la pequeña Colette, que ha sufrido una violación en el libro anterior y que intenta sobrevivir, va a encontrar en su camino a alguien que viene de un universo totalmente diferente del suyo pero que la ayudará. Ambas intentan reconstruirse como víctimas de la dominación masculina.
- En realidad, su consuelo es el latín. Porque lo que ambas comparten es su pasión por la lengua. Lo que las salva son los clásicos…
- ¡Oh, sí, eso sí! He hecho un trabajo bastante divertido. Todas las citas son falsas, por supuesto. Me las inventaba, lo cuento todo al final del libro… He tenido ayuda de una amiga que es una excelente latinista. Yo le enviaba mis frases y le pedía que las tradujera al latín. Quería mostrar cómo estas dos mujeres buscan decirse algo y la cuestión del lenguaje es importante. El latín se convierte en su lengua en común. Y no es un azar si van a buscar las palabras que no son capaces de decir en una lengua muerta. Algo en ellas ha sido aniquilado, algo está muerto, y buscan la lengua que va a permitirles decir esta verdad.
- Usted ganó el Goncourt en 2013 por ‘Nos vemos allá arriba’, que luego fue adaptada a película y se llevó varios premios César. Resulta que Aena, nuestro gestor aeroportuario, ha convocado un premio literario dotado con un millón de euros, más que el Nobel. Y su CEO, que es economista, dice que el objetivo es que sea como el premio Goncourt. ¿Podría contarnos la importancia del Goncourt, por favor?
- Los hermanos Goncourt fueron unos importantes novelistas y críticos literarios del siglo XIX. En su testamento, Edmond de Goncourt crea un premio que está destinado a coronar una novela prometedora. Es decir, una novela que está llena de grandes promesas o que representa la promesa de un escritor. La Académie Goncourt se creó hace más de un siglo. Entiendo que los aeropuertos españoles miren al Goncourt porque es más que un premio literario, se ha convertido en un emblema cultural. Supera la idea de que coronamos un libro, se crea una especie de mitología cultural y tú te conviertes en un embajador de Francia. Cuando tienes el Goncourt es como si tu nombre estuviera grabado en el mármol. La gran diferencia es que nuestro premio no es otorgado por grandes empresas capitalistas sino por una academia de escritores y críticos literarios.
- El premio del Goncourt es su prestigio, por eso el premiado solo gana 10 euros. Dígame, ¿qué hizo con esos 10 euros?
- Ni siquiera los gané. Guardé el cheque y lo tengo enmarcado.
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