<p><strong>Paul Thomas Anderson</strong> ha abandonado el prestigioso club de los directores de cine legendarios sin un <strong>Oscar </strong>en la vitrina. Se quedan ahí, eternamente, <strong>Alfred Hitchcock</strong>, <strong>Stanley Kubrick</strong> y <strong>Robert Altman</strong>.</p>
Lo de una nominación tras otra, para al final nada, empezaba a resultar ridículo. Se quedan en el club, eternamente, Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick y Robert Altman
Paul Thomas Anderson ha abandonado el prestigioso club de los directores de cine legendarios sin un Oscar en la vitrina. Se quedan ahí, eternamente, Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick y Robert Altman.
No contamos, por supuesto, los Oscar honoríficos, como el que Altman recibió en la edición de 2006, sólo cuatro antes de su última nominación fallida. En aquel año, 2002, la más que olvidable Una mente maravillosa se impuso a Gosford Park y su director, Ron Howard derrotó a Altman y a David Lynch. Este último también tuvo su premio honorífico en 2019.
David Fincher, por ejemplo, no tiene ni eso y ahora, además, no tiene a Paul Thomas Anderson a su lado en el club de los directores de cine legendarios sin un Oscar en la vitrina.
Con Una batalla tras otra, Anderson por fin ha sido premiado por la Academia. Su película, saludada desde su estreno como La Película Del Año, ha sido la gran ganadora de los últimos Oscar. Los pecadores, con sus 16 nominaciones, un récord absoluto, también ha hecho historia. Pero la suya es otra historia. Su director, Ryan Coogler, es un autor capaz de mantener su autoría (o, al menos, reclamarla) hasta trabajando para la factoría Marvel, esa marca que todo lo devora.
Paul Thomas Anderson ya era un grande cuando la casa de los superhéroes no había reescrito las reglas del cine comercial. El autor de Magnolia, El hilo invisible o Pozos de ambición casi parece venido de aquel nuevo cine americano de los años 70. Los Oscar se han rendido, esta vez sí, a su cine clásico y osado al mismo tiempo. Buen cine, en definitiva.
Pero los Oscar también atienden a la vibración de la actualidad. De ahí el premio a Michael B. Jordan, tan racialmente simbólico como esa Los pecadores que protagoniza por duplicado. Se ‘corrige’ así (las comillas no están aquí por casualidad) el anticlimático no-premio a Chadwick Boseman en la gala de 2021. El protagonista de Black Panther, origen del poder actual de Ryan Coogler, fue nominado póstumamente por La madre del blues.
Pero entonces ganó Anthony Hopkins, que ni siquiera estaba en la gala. Fue un bajonazo.
Lo de Sean Penn este año, que también ganó y tampoco estaba en la gala, no lo fue porque estaba más que previsto. Como que Jessie Buckley terminase su paseo triunfal como protagonista de Hamnet. O que Sirat no convirtiera en estatuillas sus dos nominaciones. Para la película de Oliver Laxe el premio ya eran esas dos opciones.
Se dice siempre eso, sí, pero a veces es verdad. Menos cuando eres Paul Thomas Anderson. En ese caso, lo de una nominación tras otra, para al final nada, empezaba a resultar ridículo.
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