Revivió Aranjuez el esplendor de sus mejores tiempos que nada tienen que envidiar a estos. La Corrida de San Fernando volvía no sólo como acontecimiento taurino, sino también social, con las dos máximas figuras del toreo anunciadas juntas, otra vez: Morante de la Puebla y Roca Rey. Colgado el cartel de «No hay billetes» desde hace un mes, la ciudad del Tajo se convirtió en el epicentro de la jornada de toros, un hervidero de pasiones y una sartén de personas, al modo de Écija, a 35 grados a la sombra. Presumía el empresario Carlos Zúñiga, con cierto dolor de cartera, de haber tirado la casa por la ventana con tanto lujo. No le faltaba razón, pero al final estos gastos no deben tomarse como derroche, sino como inversión, para el toreo y para la propia localidad de Aranjuez. Cuando cerca de las diez de la noche, el exultante gentío paseaba en hombros a Pablo Aguado resucitado y a Morante, con toda su rotundidad a cuestas, todos daban por bien invertidas las tres calurosas horas. Al único a quien no le rentó la tarde ni la buena corrida de Núñez del Cuvillo fue a un emparedado Roca Rey.
El joven sevillano, con dos orejas y rabo, y el veterano maestro, con tres orejas, ofrecen una gran tarde con una notable corrida de Cuvillo; Roca Rey, emparedado y atascado
Revivió Aranjuez el esplendor de sus mejores tiempos que nada tienen que envidiar a estos. La Corrida de San Fernando volvía no sólo como acontecimiento taurino, sino también social, con las dos máximas figuras del toreo anunciadas juntas, otra vez: Morante de la Puebla y Roca Rey. Colgado el cartel de «No hay billetes» desde hace un mes, la ciudad del Tajo se convirtió en el epicentro de la jornada de toros, un hervidero de pasiones y una sartén de personas, al modo de Écija, a 35 grados a la sombra. Presumía el empresario Carlos Zúñiga, con cierto dolor de cartera, de haber tirado la casa por la ventana con tanto lujo. No le faltaba razón, pero al final estos gastos no deben tomarse como derroche, sino como inversión, para el toreo y para la propia localidad de Aranjuez. Cuando cerca de las diez de la noche, el exultante gentío paseaba en hombros a Pablo Aguado resucitado y a Morante, con toda su rotundidad a cuestas, todos daban por bien invertidas las tres calurosas horas. Al único a quien no le rentó la tarde ni la buena corrida de Núñez del Cuvillo fue a un emparedado Roca Rey.
Regresaba a Morante del breve paréntesis que ha supuesto su ausencia en Nimes, resentido del golpe de Jerez. A las 19.24, tres naturales colosales sentaban la cumbre de una faena de enorme asiento e inmenso pulso para ponerle a la embestida del cuvillo el paso que le faltaba. El toro tenía la intención (buena), el embroque (bueno), incluso el son (bueno también), todo mucho mejor al natural, pero no el final. Vio el maestro pronto el pitón izquierdo, y nada más cimbrearse en el sabroso ayudado por alto le soltó la izquierda prometiendo los que vendrían. La faena, además de la reunión exacta, más que la perfecta redondez que ni hacía falta, tuvo esa cosa maravillosa que decía Rafael de Paula: «El toreo es intención». La intención de torear como es. Y de ese modo la intención de MdlP latió en todo, concentrándose en el sitio donde muere el natural y nace el pase de pecho. Entre las dos intenciones, la del toro y el torero, primó siempre la del torero: un derechazo brotó descomunal de la única serie diestra. El volapié perfecto puso la rúbrica para alcanzar la oreja.
Roca Rey despenaba a las 19.56 con un seguro espadazo un toro que había manseado, con buen aire en los capotes, pero que alcanzó la muleta fundido, como enfermo. Ni caso ni causa.
La sorpresa de la tarde saltó a las 20.06, cuando Pablo Aguado agarró las banderillas. Nunca había banderilleado en corrida oficial. Resolvió con majeza dos pares al cuarteo -incluido un recorte a cuerpo limpio- y sólo una banderilla caída en el par al quiebro deslució el cierre, con la gente en pie. La manera de galopar del toro (Ponderoso, una pintura), ese tranco rítmico, dotó de vida una bravura de clase superior cuando se temía por su quiebra física. O fue la bravura la que impulsó todo. Pablo Aguado, tan desbocado como inspirado, alegre después de pasar opaco por San Isidro desde las chicuelinas del saludo al supercalifrástico quite por el mismo palo -soberbia la media tras perder pie y hacerse un autoquite-, le cortó las dos orejas y el rabo en una faena delicatessen. El prólogo volteó la bicentenaria plaza de Aranjuez entre el arrebato con los ayudados de rodillas y la maravillosa cadencia de tres muletazos puesto en pie. Eso tuvo la faena entera, cadencia, yemas y vuelos también, sostenida la conjunción sobre la clase de Ponderoso. La pieza de «Granada» (Agustín Lara) envolvió la seda de Aguado. Qué certificó su resurrección con un espadazo. Cayeron las dos orejas y el rabo y, cómo no, la vuelta al ruedo para el soberbio cuvillo, bravo hasta la muerte.
A las 20.56, Morante paseaba toda su rotundidad a cuestas con las dos orejas del cuarto, y no se sabe por qué no el rabo. La obra fue esférica, maciza, plena de empaque. Brindó el genio aquel toro fuerte y abrochado a la Infanta Elena su particular concierto de Aranjuez. Otro toro importante, especialmente por la mano derecha. Los redondos fueron esféricos, ya digo, dibujando una órbita lenta, profunda, sobre el eje de su figura y la ligazón; los pases de pecho fueron siderales, enganchando allí adelante y barriendo el lomo completo, de pitón a rabo. Costaba y pesaba más el toro por la mano izquierda, y Morante tiró de él con una verdad profunda. Cuando salió del último pase de pecho, el desplante trajo toda la luz de Sevilla a su rostro. El volapié orteguiano colocó la guinda de la contundencia: dos orejas del tirón.
Roca Rey, ante el sándwich que le habían hecho, salió a darlo todo con un quinto muy notable. Y lo preocupante es que, dándolo todo, después de un principio que parecía aquello no tomó vuelo, atacada la faena como el toreo. Un espadazo en los bajos. A las 21.25 forzó una sonrisa.
Cerca de las 21.45 arrastraban las mulillas a último toro, que estropeó con su cara de vaca de capea el final. No fue malo, se dejó trajinar y Pablo estuvo seguro, otra vez, y eficaz con la espada. Lo izaron a hombros con el maestro, ya de noche, casi oculto su perfil de resucitado con el azabache de su traje. Pero ahí en el ruedo quedó su deslumbrante luz.
Noticias de Cultura



