<p>El periodista y escritor asturiano <strong>Gregorio Morán</strong> (Oviedo, 1947), autor de dos biografías de Adolfo Suárez, histórico colaborador en medios como <i>Mundo Obrero</i>, <i>Cambio 16</i> o <i>La Vanguardia</i> y guionista cinematográfico, ha muerto este lunes a los 79 años, según ha podido confirmar EL MUNDO.</p>
El periodista y ensayista asturiano fue una de las voces más reconocibles de los medios en las últimas décadas. Suyas son dos biografías críticas con Adolfo Suárez
Una de las particularidades del debate público español que molestaban especialmente al periodista y escritor Gregorio Morán (Oviedo, 1947), de carácter ingobernable y mirada crítica, era la literatura laudatoria e indisimuladamente «pelota» de los obituarios. «Basta con morirte en España para que cualquier piernas o corrupto sea elevado a los altares de hombre de Estado, de maestro de periodistas, de cineasta imprescindible…, y se reescriba sin pudor su pasado», solía comentar con su habitual mordacidad -coraza de un hombre sensible y, por lo tanto, complicado- cada vez que la prensa dedicaba grandes espacios y elogios sin filtro al muerto de turno.
Lamentablemente, la hora de aparecer en los obituarios como protagonista llegó demasiado pronto para Morán, fallecido en la madrugada del pasado domingo en Barcelona después de que fuera operado días antes de urgencia de un aneurisma y su estado de salud se complicara súbitamente.
Morán deja como legado una obra periodística y bibliográfica que fue incómoda para muchos, y por la que tuvo que soportar el ostracismo, la censura y la cancelación social, pero que resulta hoy obligada para entender el erial cultural durante el franquismo, las claves de los años de la Transición, la historia del Partido Comunista de España, el felipismo, el nacionalismo vasco o el entramado mafioso-nacionalista que articuló Jordi Pujol en Cataluña. Heredero de una izquierda anti totalitaria, fue un intelectual comprometido, que buscó el choque y aceptó las embestidas de los rivales, y un periodista alejado de toda clase de poder.
La animadversión de Morán a los obituarios amables hasta la falsedad -que solíamos comentar entre bromas, fantaseando con los futuros elogios que recibiría tal o cual personaje tras su muerte- me obliga, como amigo y aprendiz que fui de él desde que nos conocimos en la vieja redacción de La Vanguardia en la calle Pelai -cuando yo era un becario ignorante y él una de las firmas más influyentes y temidas de la prensa española-, a intentar ceñirme, limpio de sentimentalidad, a los hechos biográficos. A glosar la importancia de su obra periodística, que combina el análisis mordaz con una gran capacidad de documentación, tanto en sus libros como en los artículos de prensa a los que se dedicó con vocación sacramental y respeto por lo que él consideraba que era la verdad. Por muy incómoda que esta fuera y por mucho que tuviera un alto coste personal -la soledad y la exclusión- y profesional.
Enemigo de la queja y el victimismo, Morán siempre afrontó con entereza las dificultades de sus últimos años: desde su despido de La Vanguardia en 2017 por sus críticas al procés tras tres décadas de colaboración, hasta los obstáculos para encontrar nuevas tribunas —en la actualidad escribía cada sábado en The Objective— o para publicar su biografía sobre Felipe González, El jugador de billar, finalmente editada por Roca en 2023.
Fiel a unas convicciones morales y unos valores periodísticos que llevaba hasta el extremo, su biografía está caracterizada por polémicas editoriales y desacuerdos públicos con las direcciones de los periódicos en los que colaboró y de las editoriales en las que publicó. Esto reforzó su imagen de articulista independiente y poco dado a la disciplina empresarial. También tuvo relación con el mundo del cine y el teatro -su primera vocación- y en 1978 colaboró con Juan Antonio Bardem en la elaboración del guion de la película Siete días de enero, basada en la matanza de Atocha del 24 de enero de 1977.
Nacido en el seno de una familia pequeñoburguesa de Oviedo, su padre era teniente de los Regulares y su madre venía de una familia de tradición socialista. Hijo pequeño de tres hermanos, Morán empezó a militar en el PCE de adolescente antes de trasladarse a Madrid para estudiar Arte Dramático. Ya en la capital de España, entabló relación con buena parte de la oposición cultural y política al régimen franquista, así como con la lucha obrera de los barrios populares.
En 1968 decidió seguir los pasos de otros intelectuales de izquierda y se exilió en París, donde se relacionó con Jorge Semprún y otros intelectuales y políticos de izquierdas. No obstante, Morán acabaría rompiendo su militancia comunista -en la que nunca se sintió cómodo debido a su carácter independiente, de anárquico toca narices- tras publicar el polémico libro Miseria y grandeza del Partido Comunista de España (reeditado por Akal en 2017), por el que fue tildado de traidor por la cúpula dirigente encabezada por Santiago Carrillo.
A su regreso a España, sin trabajo estable y con dos hijos, abordó la escritura de su primer libro: la biografía de Adolfo Suárez, por aquel entonces una figura casi intocable de la que se había ocultado el pasado para presentarlo como un héroe de la democracia. Adolfo Suárez: historia de una ambición (1979), publicado por Planeta, fue un éxito de ventas -100.000 ejemplares- que sacudió los cimientos de un sistema a caballo entre la herencia franquista y el nuevo orden, situando a Morán como referente del periodismo de investigación. Pero también de opinión, ya que practicaba un género híbrido entre la crónica, el ensayo y el libelo, con una prosa que no buscaba el consenso sino explicar los hechos. La verdad factual.
Después de una breve etapa como director del diario bilbaíno La Gaceta del Norte, que le permitió conocer el entramado de poder del PNV plasmado en su ensayo Los españoles que dejaron de serlo, se trasladó a Barcelona. En la capital catalana empezó a escribir sus «Sabatinas Intempestivas» en La Vanguardia y fue uno de los primeros en denunciar la corrupción del pujolismo. Temido y odiado a la vez por el nacionalismo y por la «gauche divine» del PSC de Pasqual Maragall y otros «niños de Sant Gervasi», Morán agitó las aguas fétidas del llamado «oasis catalán», rompiendo la ley del silencio y advirtiendo una deriva totalitaria que eclosionaría en 2012 con el inicio del procés.
Desde el primer día que pisó Barcelona, rechazó el papel de «charnego agradecido» que tantas prebendas y bienes materiales reportaron a otros con menos escrúpulos; renunció así a las subvenciones, a la caricia política y al elogio de TV3. «En mi caso no tiene el más mínimo sentido lo de sentirse integrado en la sociedad donde se vive […]. Ni ellos me regalan nada ni yo les bendigo por su benevolencia», escribió en La decadencia de Cataluña contada por un charnego (2013). Esta obra, junto a Memoria personal de Cataluña (2019) —su ajuste de cuentas con las imposturas del establishment periodístico y político—, forma uno de los retratos más precisos de la sociedad catalana.
Como periodista trabajó y colaboró en diferentes cabeceras: Cambio 16, Diario 16, Gaceta del Norte, Opinión, Arreu, La Vanguardia, Crónica Global, Vozpopuli, The Objective… Como escritor, dejó una obra de referencia para quienes cuestionan la versión oficial de la Transición, con libros como El precio de la Transición, donde denunció el pacto de silencio de las élites. Pero también centró su interés en el ecosistema intelectual: en El maestro en el erial (1998) revisó la figura de Ortega y Gasset, mientras que en El cura y los mandarines (2014) levantó acta notarial de la configuración de las élites culturales del tardofranquismo y la democracia.
Los últimos años de vida Morán no fueron un camino amable. Su vocación de francotirador, su incorrección política y su desprecio por lo que consideraba inane e idiota -como el nuevo periodismo de redes sociales e influencers- le pasaron factura. Especialmente desde que la dirección de La Vanguardia, dirigida por aquel entonces por Màrius Carol, prohibiese en 2017 la publicación de su artículo «Los medios (de comunicación) del Movimiento Nacional», lo que supuso su salida de la cabecera tras tres décadas. Una ruptura que le dejó sin su tribuna preferencial y, lo que es más contraproducente en Cataluña, sin el aval del diario que define quién está en el lado del bien.
Muchos de los enemigos que, emboscados, aguardaban su caída se apresuraron entonces a apalearlo en manada. Le hirieron pero no consiguieron silenciarle, aunque algunos supuestos amigos le dieran la espalda. Morán asumió con ironía asturiana y espíritu de combate ese intento de asesinato civil y profesional. Y como un acto de resistencia, siguió escribiendo desde su humilde ático del Guinardó, desde donde cada mañana contemplaba el mar, leyendo periódicos en papel y quedando para comer en la Brasería Gallega, el Igueldo o el Ipartxoko con aquellos que consideraba todavía amigos, como el escritor Javier Pérez Andújar, y entre los que tuve la suerte de estar.
Hace apenas diez días, antes de que fuera hospitalizado de urgencia, me pidió que reservara una mesa para comer -temprano, no más tarde de las 13.45h- y celebrar juntos mi aniversario. Ya no podrá ser, así que solo me queda echar de menos y recordar esos periódicos encuentros, que fueron parte esencial de mi educación sentimental, y las llamadas telefónicas de Gregorio para comentarme —siempre demasiado elogioso, como un maestro bondadoso con un alumno limitado que se esfuerza— alguno de mis artículos en El Mundo o el último e hilarante episodio de esta España sanchista que le tenía tan desconcertado y que es el fruto amargo de aquella Transición de la que Gregorio fue uno de sus grandes cronistas.
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