«No obliguen a sus alumnos a estudiar de memoria, eso no sirve. Lo que se impone por la fuerza es rechazado y en poco tiempo se olvida. Ningún chico será mejor por saber de memoria el año en que nació Cervantes. Póngase como meta enseñarles a pensar, a que duden, que se hagan preguntas. No los valoren por sus respuestas. Las respuestas no son la verdad, buscan una verdad que siempre será relativa. Las mejores preguntas son las que se vienen repitiendo desde los filósofos griegos. Muchas son ya lugares comunes, pero no pierden vigencia: qué, cómo, dónde, cuándo, por qué. Si en esto admitimos, también, eso de que la meta es el camino, como respuesta no nos sirve».
El responsable de ‘Martin (Hache)’ y ‘Un lugar en el mundo’ recibió dos Premios Goya y la Medalla de Oro de la Academia de Cine
«No obliguen a sus alumnos a estudiar de memoria, eso no sirve. Lo que se impone por la fuerza es rechazado y en poco tiempo se olvida. Ningún chico será mejor por saber de memoria el año en que nació Cervantes. Póngase como meta enseñarles a pensar, a que duden, que se hagan preguntas. No los valoren por sus respuestas. Las respuestas no son la verdad, buscan una verdad que siempre será relativa. Las mejores preguntas son las que se vienen repitiendo desde los filósofos griegos. Muchas son ya lugares comunes, pero no pierden vigencia: qué, cómo, dónde, cuándo, por qué. Si en esto admitimos, también, eso de que la meta es el camino, como respuesta no nos sirve».
Adolfo Aristarain, el director y guionista que puso estas palabras en boca de Federico Luppi en Lugares comunes -y otras muchas en Martin (Hache) o Un lugar en el mundo– murió este domingo en Buenos Aires a los 82 años, según ha informado la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España.
Muy ligado a España, donde vivió durante siete años y rodó algunas de sus películas, el director argentino recibió dos Premios Goya y la Medalla de Oro de la Academia de Cine. El primer cabezón lo obtuvo en 1992 a la mejor película iberoamericana por Un lugar en el mundo, que además fue nominada al Oscar a la mejor película extranjera; el segundo se lo llevó para casa en 2002 en la categoría de mejor guion adaptado por Lugares comunes.
La carrera de Aristarain como director ha sido una de las más longevas y rutilantes de la filmografía argentina reciente. Sus cintas combinan la narrativa del cine estadounidense clásico y los temas sociales del cine político de su país natal. «El cine es un oficio despiadadamente traidor para quien lo ejerce. Aunque uno intente esconder lo que uno es, tarde o temprano el director desnuda su alma sin quererlo en primer plano. El cine que uno hace es lo que uno es», dijo tras recibir la Medalla de Oro de la Academia de Cine en 2024.
En un comunicado, la Academia de Cine le ha recordado como un «creador clave para las filmografías argentina y española de las últimas décadas». «Aristarain pertenece a una generación que vivió el cine: se enamoraron de mujeres fantásticas, se sintieron héroes, pudieron mentir y asesinar sin castigo».
Nacido en el porteño barrio del Parque Chas, el cine llegó muy pronto a su vida a través de las películas que veía al salir del colegio en las salas de sesión continua. Se erigió como cineasta trabajando en los rodajes como meritorio, sonidista, montador, ayudante de producción, la ayudantía de dirección, e incluso se puso delante de la cámara en Dar la cara, película de José Martínez Suárez.
Asistió en la dirección a su gran amigo Mario Camus, con quien también escribiría guiones; así como a Vicente Aranda, Sergio Leone, Lewis Gilbert, Gordon Flemyng o Sergio Renán, entre otros. Además, trabajó con Kathy Saavedra, que ha participado en casi todas sus historias. Devoto de John Ford y de Alfred Hitchcock, Aristarain ha contado historias vitalistas, evocadoras, sensibles, brillantes con los rostros de actores destacados como el mencionado Luppi, José Sacristán, Mercedes Sampietro, Eusebio Poncela, Aitana Sánchez-Gijón, Cecilia Roth, Juan Diego Botto y Susú Pecoraro.
El autor de Tiempo de revancha, La ley de la frontera, Martín (Hache) y Roma -su última producción- fue el primer director argentino que recibió la Medalla de Oro de la Academia de Cine «por ser uno de los nombres fundamentales de la historia del cine en español, destacado representante del fundamental cine argentino, que tanto ha aportado a nuestra cinematografía». Una distinción que entendió que tenía mucho que ver con la amistad y con su manera de ser. Una Medalla mucho más valiosa que cualquier premio a una de sus películas.
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