Se ha marchado una de las personalidades más singulares del cine español. José Luis García Sánchez, premiado en Berlín con el Oso de Oro por Las truchas, excelente guionista y figura de la escuela surgida en la Transición, ha fallecido a los 85 años. Su obra abordó con ironía las contradicciones de la sociedad, las relaciones de poder y los cambios culturales y políticos de España.
El director salmantino triunfó en Berlín con ‘Las truchas’ y deja una obra sólida y poderosa con varios Goyas como guionista
Rara vez España, como concepto que no solo como país, se pone de acuerdo en algo. Por eso conviene celebrar las excepciones. Sobre José Luis García Sánchez sí hay consenso: nadie ha contado jamás las anécdotas como él, nadie ha podido rivalizar con su don de infatigable conversador, nadie ha maldecido jamás como él. El domingo falleció a los 85 años este cineasta salmantino de planta peculiar y verbo único, y, más allá de una filmografía presidida por el temprano Oso de Oro en Berlín por Las truchas, queda la constancia de uno de los hombres que, a decir de sus infinitos amigos encabezados, mejor discutía al tiempo su condición de fugaz. Se quejaba Schopehauer de que despreciemos el tiempo de tal modo que para celebrar un momento cualquiera de la vida acabamos por admitir que el tiempo pasa volando. Oportuno o no, lo cierto es que García Sánchez (toda una declaración de principios desde los apellidos bizarra y entusiastamente españoles) hizo del tiempo, nuestro tiempo, su forma de estar en el mundo, nuestro mundo. Nuestra España.
De, precisamente, Las truchas, la película de 1978 que irrumpió en la capital Alemania, decíamos, como la mayor y más divertida de las anomalías, le gustaba recordar, fundamentalmente, para lo que sirvió. Más allá de ofrecer un retrato como nunca antes de una España caótica y en proceso de descomposición gracias merced al cuento con forma de fábula de un banquete imposible de comida podrida, gorrones indecentes y cocineros en huelga, la película sirvió de refugio a los actores argentinos que llegaron al set de rodaje en busca de trabajo (como todos) y huyendo de la represión de la dictadura. «Nuestra obligación política, moral, ideológica, humanitaria era acogerlos», le gustaba recordar como si, en efecto, todo, empezando por el mismo cine, hubiera consistido en eso. No fue tarea fácil. Costó. Los sindicatos, fieros defensores de los derechos de los trabajadores patrios, se oponían. Y así, qué cosas, lo que sucedía en la película no solo servía de retrato de lo que ocurría y ocurrió durante tanto tiempo en nuestro país, también era un espejo del propio set de rodaje. La anécdota es solo eso: una anécdota. En la voz de García Sánchez, en cambio, era mito, mito trágico y a la vez muy cómico. Como todos los mitos.
Puestos a buscar una definición y un color a su muy fructífero trabajo capaz de casi todo (desde el musical a la tragedia pasando siempre por la comedia) aparecen los conceptos de esperpento y negro. La devoción de García Sánchez por sus dos escritores de cabecera (el mismísimo Valle-Inclán y el también mismísimo Azcona) le sitúa en ese sitio donde también figurarían sin problema desde Goya a Buñuel pasando por Berlanga. El no llegó a tener el nombre con renombre de ninguno de estos colegas, pero probablemente tampoco le hizo falta. Tenía su memoria. Que no es poco. Para él, el cine era devoción por la palabra y por el humor como herramienta moral para desmontar el mundo. Él mismo lo explicaba al hablar de la obra de su inseparable Azcona: «Nuestros personajes son sencillamente como nosotros, no son héroes… y por eso te ríes». En otra ocasión y por aquello de hacer balance, se refería a Azcona de otro modo que, sin duda, también fue siempre el suyo: «Te pone un espejo delante (en relación a Azcona) y, encima, te enseña la peor cara de la sociedad. Y en esa sociedad, la franquista, había que ser miserable para sobrevivir».
La relación entre García Sánchez y Azcona fue mucho más allá del trabajo. «La única putada que me ha hecho en la vida Azcona fue morirse», llegó a decir en la ocasión debida. Se conocieron pronto, en los años setenta, y desde el primer café no dejaron un solo día de corregirse el uno al otro, de reírse el uno del otro, de quitarse la palabra el uno al otro y de completar el catálogo de películas más libres, discutibles y felizmente imperfectas de las que ha sido capaz una conversación interminable a los largo de las décadas. Desde La corte de faraón (1985) a la adaptación póstuma de la novela del segundo a cargo del primero (que no al revés) Los muertos no se tocan, nene (2009), el rosario de títulos debidamente esperpénticos, aznonianos y garciasanchistas se alarga a través de títulos como El vuelo de la paloma (1989), Tirano Banderas (1993), Suspiros de España (y Portugal) (1995) o Siempre hay un camino a la derecha (1997). El director, dicen, describía al guionista como «un caudaloso río subterráneo del cine español». Y así era.
García Sánchez fue siempre un hombre esencialmente luminoso, pero siempre pendiente de un único color: el negro. La suya era una comedia negra y su visión del humor no podía ser de otro tono. Sin embargo, el color negro es, casi por definición, inexplicable. El pintor Pierre Soulages, francés que no español, mantenía que el color negro en realidad es simplemente una refutación de sí. Es todo lo que niega. «Es al mismo tiempo un color y un no-color. Cuando la luz se refleja en el negro, lo transforma y transmuta, y abre un campo mental propio», escribía en una de sus reflexiones de aire tan místico como cada uno de sus cuadros resplandecientes y opacos. García Sánchez probablemente se reiría de tanta metáfora, pero lo cierto es que pronto entendió que es la contradicción del negro la que mejor se acerca al mundo en general y, otra vez, a España muy en particular. La mayor de tragedias está siempre detrás de la más evidente de las carcajadas y el esfuerzo más descomunal del héroe empieza siempre por un simple tropiezo.
Su compromiso político fue siempre en concordancia. «Algunas veces», confesaba, «me ha asaltado la idea de contar el franquismo como lo que fue: una tragicomedia, un esperpento… Al final, lo que hice como cineasta, ya que no podía quitarle el papel a Franco, fue que lo pasase lo peor posible. Tratábamos de darle disgustos con nuestras películas». Y eso, en parte, es el nudo de todo su cine: su voluntad de convocar la revolución a base de disgustos.
Cronista de su tiempo, decíamos, el también director de La noche más larga, Tranvía a la Malvarrosa, El love feroz, Colorín colorado y la otra gran adaptación de Valle, Divinas palabras, participó en los libretos de Habla, mudita, Camada negra y El rey del río, dirigidas por Manuel Gutiérrez Aragón, y en Cómo ser infeliz y disfrutarlo, firmada por Enrique Urbizu. Y eso sin olvidar su colaboración al lado de Fernando Trueba y otra vez Azcona en el libreto de la oscarizada Belle époque. Nadie en el cine español reunió más amigos, más bromas y más formas de reírse de todas y cada una de nuestras desgracias. Que ya son. Que su hijo, Víctor García León, sea capaz de películas tan de su padre como Vete de mí, Los europeos o Altas capacidades consuela y refuta la exagerada noticia de que una muerte sea para siempre. En verdad, seguro que él estaría de acuerdo en que nadie muere eternamente y aún menos el brillo en la memoria de todos de José Luis García Sánchez. Por cierto, ¿pero ha habido alguna vez una colección de nombres y apellidos más jodidamente españoles?
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