<p>Hace no tanto alguien (no diremos quién porque, pese a todo, es amigo) se lamentaba de que <i>La voz de Hind</i>, la película, llegaba a la cartelera tarde, cuando ya «Lo de Gaza» ha dejado de ocupar espacio en las noticias cotidianas y ni siquiera figura en el Top 10 de las causas por las que ofenderse. Entre el Black Friday, Mazón, Rosalía, Ábalos, el Fiscal, los cribados y la Navidad que cada año llega antes, no hay modo. Son demasiadas las preocupaciones del <i>reel</i>, del ser humano y del <i>reel </i>(que no real) ser humano contemporáneo. <strong>Y, sin embargo, es precisamente su lacerante actualidad inactual, llamémoslo así, lo que sobredignifica una película esencialmente digna. </strong></p>
La directora Kaouther Ben Hania levanta, desde el rigor de la emoción más profunda, testimonio transparente de la mayor catástrofe moral de nuestro tiempo
Hace no tanto alguien (no diremos quién porque, pese a todo, es amigo) se lamentaba de que La voz de Hind, la película, llegaba a la cartelera tarde, cuando ya «Lo de Gaza» ha dejado de ocupar espacio en las noticias cotidianas y ni siquiera figura en el Top 10 de las causas por las que ofenderse. Entre el Black Friday, Mazón, Rosalía, Ábalos, el Fiscal, los cribados y la Navidad que cada año llega antes, no hay modo. Son demasiadas las preocupaciones del reel, del ser humano y del reel (que no real) ser humano contemporáneo. Y, sin embargo, es precisamente su lacerante actualidad inactual, llamémoslo así, lo que sobredignifica una película esencialmente digna.
La pregunta es siempre la misma: cómo mostrar lo atroz sin convertirlo en espectáculo, sin caer en el ritual en red del espanto. La voz de Hind, de la directora tunecina Kaouther Ben Hania, cuenta un episodio, uno de los más sangrantes (y ya son), del genocidio de Gaza (Lo de Gaza). Primero, los hechos. El 29 de enero de 2024, la niña del título, de seis años de edad, fue asesinada junto a sus dos tíos y sus cuatro primos por el ejército israelí en el barrio gazatí de Tel al-Hawa. También fue masacrada la ambulancia con sus dos ocupantes que acudía en su socorro. El coche en el que viajaba la familia Rajab recibió 355 impactos de bala. La película, íntegramente rodada en el centro de emergencias de la Media Luna Roja, no deja ver ni escombros ni destrucción ni sangre ni soldados amenazantes. Simplemente se ve –puesto que se ve no solo se escucha– una voz, el llanto sostenido de auxilio de Hind Rajab y la desesperación muda de todos. Nada más.
La película se puede entender como una consecuencia, antes que una continuación, del cine que Kaouther Ben Hania ha desplegado hasta el momento. La directora de El hombre que vendió su piel y de Cuatro hijas no se deja arrastrar por la urgencia de lo narrado e insiste en trenzar realidad y fabulación en un virtuoso juego de espejos entre lo cierto y lo irrenunciable; entre la emoción y la más elemental verdad. La película, como tantas otras, advierte que está inspirada en hecho reales. Pero esta vez no se trata del protocolario aviso que tiene más de desconfianza en la ficción que de fe en lo real.
Los hechos están ahí, intactos; las voces que se escuchan son las registradas en las instalaciones de la Media Luna Roja el día que pasó todo. Los actores sustituyen a sus personajes, pero lo hacen casi de puntillas y dejando claro en todo momento que son lo que son: intérpretes de vidas que no son las suyas. De hecho, por momentos, la pantalla de un móvil que deja ver imágenes de los protagonistas reales sobreimpresas sobre los actores hace que la mirada del narrador (es decir, de la propia directora) entre en plano. Suena complicado, quizá laberíntico, y, en verdad, es solo transparente. Tan transparente como la propia y auténtica voz de Hind Rajab.
Ya en Cuatro hijas, documental nominado al Oscar, sucedía algo similar. Entonces se narraba la historia de Olfa Hamrouni, la mujer que alcanzó la fama de manera muy dolorosa cuando en 2016 arremetió contra su gobierno en Túnez por no impedir que dos de sus cuatro hijas se unieran al Estado Islámico. La directora proponía a dos actrices (Nour Karoui e Ichraq Matar) que interpretaran a las mujeres desaparecidas. Y que lo hicieran junto a las otras hermanas que en ese momento pasaban a desempeñar el papel de hermanas en la realidad y en la ficción a la vez. Y con la madre, lo mismo. Ella hacía de sí misma, pero, en según qué momentos especialmente comprometidos, la actriz Hen Sabry le tomaba prestada su vida.
Ahora el dispositivo, como dicen las escuelas de cine, es más sencillo, pero igual de frontal y infinitamente más brutal. No se trata solo del efecto que provoca la proximidad de la barbarie televisada a diario desde Palestina, que también, sino del poder demoledor de lo imaginado desde el patio de butacas. No importa lo que se ve sino lo que está y acompaña a la voz. Y lo que está delante de una mirada que solo escucha es un ejercicio de cine emotivo hasta el dolor, un ejercicio de cine que discurre todo él por la parte de atrás, allá donde habitan los más temibles monstruos, los más obscenos, los de todos.
El resultado es una película que, pese a su apariencia de urgente actualidad, está ahí para la más triste de las eternidades. Es sano que la película se estrene cuando «Lo de Gaza» ya no ocupa espacio en la cotidianidad, cuando el genocidio ha dejado de ser un tema de conversación para ser de nuevo lo que viene siendo desde hace tiempo (es decir, un genocidio), cuando ya estamos en otras cosas (en plural). Al fin y al cabo, La voz de Hind existe para recordarnos que no hay nada más ni nada comparable ni nada que nos condene tanto y por tanto tiempo como no atender a alguien que pide ayuda. Lo de Gaza no es más que Lo nuestro, lo de siempre.
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Directora: Kaouther Ben Hania. Intérpretes: Motaz Malhees, Saja Kilani, Amer Hlehel, Clara Khoury. Duración: 89 minutos. Nacionalidad: Túnez.
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