<p>El primer impulsó de los hermanos Lumière poco después de su invención fue enseñar el mundo y un ejército de operadores de cámara se repartieron por la geografía del planeta. Alexandre Promio, Gabriel Veyre o Jean Busseret se lanzaron a registrar las maravillas en movimiento de un universo por fuerza desconocido. <i>La tarta del presidente, </i>del debutante Hasan Hadi, comparte con ese primer momento iluminado el prodigio de descubrir lo nunca visto. Pero en este caso, los habitantes de las marismas iraquíes que aparecen en la película no surgen desde la mirada inocente de un camarógrafo sorprendido. <strong>Ahora, lo que se ve es todo aquello que se ocultó de manera tan deliberada como cruel y con el propósito culpable de, nada más y nada menos, la muerte. </strong>De repente, todas las sombras deshumanizadas y casi invisibles que durante tanto tiempo han ocupado la parte de atrás de las películas bélicas (la mayoría de ellas estadounidenses) sobre la guerra de Irak emergen en la pantalla como, atentos, seres humanos, como personas que desean, quieren, luchan por sobrevivir y que, en un alarde de soberbia quizá, son indistinguibles de cualquiera de nosotros. Digamos que solo por esto, <i>La tarta del presidente </i>se mantiene perfectamente a salvo.</p>
El director Hasan Hadi debuta con un deslumbrante ejercicio de cine cierto, bello, profundo y emocionante que ganó la Cámara de Oro a mejor ópera prima en Cannes
El primer impulsó de los hermanos Lumière poco después de su invención fue enseñar el mundo y un ejército de operadores de cámara se repartieron por la geografía del planeta. Alexandre Promio, Gabriel Veyre o Jean Busseret se lanzaron a registrar las maravillas en movimiento de un universo por fuerza desconocido. La tarta del presidente, del debutante Hasan Hadi, comparte con ese primer momento iluminado el prodigio de descubrir lo nunca visto. Pero en este caso, los habitantes de las marismas iraquíes que aparecen en la película no surgen desde la mirada inocente de un camarógrafo sorprendido. Ahora, lo que se ve es todo aquello que se ocultó de manera tan deliberada como cruel y con el propósito culpable de, nada más y nada menos, la muerte. De repente, todas las sombras deshumanizadas y casi invisibles que durante tanto tiempo han ocupado la parte de atrás de las películas bélicas (la mayoría de ellas estadounidenses) sobre la guerra de Irak emergen en la pantalla como, atentos, seres humanos, como personas que desean, quieren, luchan por sobrevivir y que, en un alarde de soberbia quizá, son indistinguibles de cualquiera de nosotros. Digamos que solo por esto, La tarta del presidente se mantiene perfectamente a salvo.
La cinta relata la historia de una niña de nueve años empeñada en cumplir con la obligación impuesta por la escuela del régimen de confeccionar una tarta para, en efecto, Sadam Husein con motivo de su cumpleaños. Estamos en los años 90, el país vive un momento especialmente grave de escasez por culpa de las sanciones internacionales y el despropósito malsano de la dictadura no conoce otra razón que la más despiadada sinrazón. Lo que sigue es algo así como el viaje equinoccial a través de un mundo desolado detrás de un propósito tan descomunal como heroico (juntar un poco de harina, azúcar y unos pocos huevos) y, a su modo, profundamente ridículo.
Hasan Hadi plantea la película como un cuento de hadas contradictoriamente realista. La niña Lamia que tanto recuerda a la Ana Torrent de El espíritu de la colmena, acompañada por su amigo Saeed, la abuela Bibi y el gallo, que también es genio de la lámpara, Hindi atraviesan un Bagdad plagado de rufianes, tramposos, aprovechados, pervertidos, humillados, ofendidos y, como única excepción y testigo de vida, un cartero honrado. La película avanza entre la realidad y la ficción (todo son actores de los llamados naturales) a un lado y otro de un relato que igual remite a los mitos eternos del poema de Gilgamesh que a la urgencia de un cielo atravesado constantemente por aviones de guerra como presagio de todo lo malo. El director se las arregla para en un soberbio ejercicio de malabarismo componer una película de época con las herramientas más a mano y básicas del documental, algo así como moldear con las manos el mismo mármol.
El resultado, que sin duda recuerda a los primeros trabajos de Abbas Kiarostami, impresiona por su certeza, por su profundidad, por su simple belleza, por la claridad en el manejo de las miradas, por su arriesgado ofrecimiento de vida. Al principio de la película, la abuela le comenta a la nieta que la verdad se reconoce en la superficie del agua. Así lo dicen los textos antiguos. Van en la barca camino de la escuela. Y en esa frase, como una premonición, se queda a vivir una película emocionante, una película que nos faltaba entre ese cine impúdico plagado de soldados norteamericanos traumatizados después de matar personas (que no sombras), una película que también es un arma de conmoción masiva.
—
Dirección: Hasan Hadi. Intérpretes: Baneen Ahmad Nayyef, Sajad Mohamad Qasem, Waheed Thabet Khreibat, Rahim AlHaj. Duración: 105 minutos. Nacionalidad: Irak.
Cultura
