<p>Imagine que se enfrenta a un dilema. ¿Debe poder elegirse la muerte? <strong>¿La libertad individual incluye decidir si provocar o no el colapso de la civilización humana?</strong> ¿La guerra debería ser objeto de discusión colectiva? Y usted, ¿qué elegiría? ¿Dejaría en sus manos la capacidad de autodestruirse?</p>
La gente ha demostrado que está dispuesta a elegir el mal, tal y como ha demostrado una pieza del Centro de Arte Hortensia Herrero de Valencia, que no podrá volver a su estado original tras estallar en ella la guerra
Imagine que se enfrenta a un dilema. ¿Debe poder elegirse la muerte? ¿La libertad individual incluye decidir si provocar o no el colapso de la civilización humana? ¿La guerra debería ser objeto de discusión colectiva? Y usted, ¿qué elegiría? ¿Dejaría en sus manos la capacidad de autodestruirse?
Por si lo dudaba, la mayoría de nosotros caeríamos rendidos a la tentación de poder accionar libremente el botón de la destrucción. Seguramente porque entenderíamos que la cosa no va con nosotros. La prueba, en todo caso, está estos días en el Centro de Arte Hortensia Herrero (CAHH) de Valencia, cuya obra interactiva The World of Irreversible Change (el mundo del cambio irreversible, en castellano) se ha autodestruido. Literalmente.
La obra digital la firma el colectivo japonés teamLab, un grupo heterogéneo fundado por Toshiyuki Inoko y en el que caben desde artistas a ingenieros, programadores, matemáticos o arquitectos. De hecho, su objetivo es explorar la confluencia entre arte y tecnología, para lo cual idearon una obra que, tras más de dos años de exhibición en Valencia, ha demostrado que la interacción humana puede conducir a la ruina.
Las miles de personas que pasaron durante todo este tiempo por delante de The World of Irreversible Change pudieron ver ante sus ojos una tranquila aldea medieval japonesa. Habitada por agricultores y samuráis, la aldea no solo reflejaba su día a día. El tiempo en el pueblo transcurría en paralelo al de Valencia. Cuando amanecía en la capital valenciana, salía el sol en la aldea japonesa. Cuando llegaba la primavera, llegaba para ambos escenarios.
Sin embargo, han sido los humanos quienes han podido alterar este equilibrio. Los visitantes del CAHH tuvieron la opción de tocar la pantalla para interactuar con la obra. Ahora bien, sabiendo que ese simple gesto no era inocente. Si no se hacía nada, nada pasaría. Pero si se intervenía en la obra, antes o después estallaría la guerra entre sus habitantes y la vida en la aldea desaparecería.
La guerra estalló el pasado domingo y la vida se apagó definitivamente este miércoles. «La obra es una reflexión sobre la libertad», afirma el director artístico del CAHH, Javier Molins. «La gente tenía la opción de tocar o no la pantalla y, como en la vida, la libertad tiene también efectos irreversibles».
Por eso la pieza ya nunca podrá volver a su estado original. Porque toda acción tiene consecuencias y no siempre hay marcha atrás. La batalla dejó arrasada la aldea. Todos sus habitantes han muerto y, a partir de ahora, lo único que cabe esperar es que la vegetación asome entre las ruinas. Con el tiempo lo hará, asegura Molins, al igual que las estaciones seguirán sucediéndose en la obra en paralelo a la vida en Valencia.
Según Molins, la obra plantea así «la finitud de nuestra existencia». «Igual que nuestras vidas no tendrían el mismo sentido si fuéramos inmortales, la obra sería otra si no tuviese un final. Hay que asumirlo», insiste, para apuntar a una lectura teológica. «Si Dios es omnipotente, ¿por qué permite las guerras en el mundo?», se pregunta Molins. «La respuesta es siempre la misma: porque dio libertad a las personas para hacer el bien o el mal». Y elegimos el mal.
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