Un polo de rugby de cuello blanco y rayas de colores (el más fotografiado es rosa sobre fondo negro, pero hubo otros azules y amarillos, rojos y azules y azules y verdes); unos pantalones enormes, como de Fitzgerald cuando salía con Zenda; un cárdigan verde, de ese verde que tiene el césped en las películas de dibujos; una corbata de rayitas diagonales estilo colegio privado inglés; una visera de tweed de abuelito; unas gafas redondas, enormes; unas zapatillas rotas y sucias de lona blanca que ningún mendicante aceptaría calzar; unas crocs amarillas (el Rey Carlos de Inglaterra se las elogió); una camisa de rayas gruesas con el cuello gastado; un jersey de lana de Lacoste con agujeros en las mangas; una americana de grandes solapas, también verde, aunque un poco más oscura que el cárdigan de antes; el pelo teñido de platino, un poco más rubio que el de Warhol; un bañador con el corte de los pantaloncitos de los tenistas antiguos; una gabardina estupenda de Burberry; un traje de Saville Raw de cuadros gigantescos; unos mocasines con borlitas; unos calcetines amarillos. ¿Qué más? Un cigarro, una chapa en la solapa, unos tirantes.
La imagen personal del pintor se ha convertido en una parte central de la ‘hockneyfilia’. Los ensayos académicos y periodísticos sobre la construcción de su personaje no han dejado de aparecer
Un polo de rugby de cuello blanco y rayas de colores (el más fotografiado es rosa sobre fondo negro, pero hubo otros azules y amarillos, rojos y azules y azules y verdes); unos pantalones enormes, como de Fitzgerald cuando salía con Zenda; un cárdigan verde, de ese verde que tiene el césped en las películas de dibujos; una corbata de rayitas diagonales estilo colegio privado inglés; una visera de tweed de abuelito; unas gafas redondas, enormes; unas zapatillas rotas y sucias de lona blanca que ningún mendicante aceptaría calzar; unas crocs amarillas (el Rey Carlos de Inglaterra se las elogió); una camisa de rayas gruesas con el cuello gastado; un jersey de lana de Lacoste con agujeros en las mangas; una americana de grandes solapas, también verde, aunque un poco más oscura que el cárdigan de antes; el pelo teñido de platino, un poco más rubio que el de Warhol; un bañador con el corte de los pantaloncitos de los tenistas antiguos; una gabardina estupenda de Burberry; un traje de Saville Raw de cuadros gigantescos; unos mocasines con borlitas; unos calcetines amarillos. ¿Qué más? Un cigarro, una chapa en la solapa, unos tirantes.
¿Quién es el caballero que se presentó con ese aspecto durante 65 años? David Hockney, quién si no. Cuando el artista inglés murió el pasado 12 de junio, el mundo lo despidió como al pintor de piscinas californianas, retratos pícaros y a la vez tiernos y naturalezas fluorescentes y como al autor de un libro precioso, Una historia de las imágenes. Casi dos meses después, la imagen personal del pintor se ha convertido en una parte central de la hockneyfilia. Los ensayos académicos y periodísticos sobre la construcción del personaje David Hockney no han dejado de aparecer.
Un resumen: en 1959, en el Royal of Art, Hockney vestía monos azules de trabajador industrial y sombreros militares alemanes. O sea, nazis. Cuando se graduó, en 1962, llevó a la fiesta una americana de lamé dorado. Por esos años, el pintor ensayó también el look Ivy College que después se volvió tan popular (camisas Óxford, corbatas estrechas, chaquetas de lana…) y con el estilo ya pasado de moda de los cantantes de rock de los años 50.Hacia 1962, Hockney empezó a aparecer retratado en las revistas de estilo masculinas como Town, Queen, Sunday Times Colour Magazine… Y hasta Vogue.
1962 fue el año en el que cayó la prohibición de Lady Chatterlay, las vísperas de la beatlemanía y del Annus mirabilis de Philip Larkin. En el nuevo paisaje, Hockney se convirtió en una especie de payaso abrasivo con sus camisas amarillas. Él mismo contó después que aquel mundo de Blow-up era un juego de londinenses ricos de Chelsea, Belgravia y Mayfair. Hockney no era ni una cosa ni la otra, pero estaba invitado a las fiestas, donde le tocó el papel shakespeariano de Falstaff, grotesco y cáustico.
No debía de ser fácil ser David Hockney en ese mundo lleno de colores pero, en el fondo, claustrofóbico. En 1964, el pintor viajó por primera vez a California y pronto empezó a pasar temporadas largas en América, hasta establecerse en 1978. Los Ángeles era entonces la mejor ciudad del mundo para un artista, la ciudad de Eve Babbitz y de Joan Didion, la de Duchamp y el nuevo Hollywood. El mejor sitio del mundo para ser artista. La vida se le volvió ligera y luminosa para él.
El personaje a la contra que Hockney había construido en Londres perdió filo y se volvió dulce. En vez de agredir a los códigos de las clases sociales, los adaptó para convertirse en algo nuevo, una mezcla de caballero y vagabundo, muy formal y muy chiflado a la vez. En 2020, Burberry lanzó una colección inspirada en la estética de Hockney. Su última exposición vino patrocinada por Louis Vuitton.
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