<p>Ahora sí: el <strong>Museo Reina Sofía</strong> regresa a la claridad y apuesta por acercarse de nuevo (y mejor) al público (diverso) de los museos. Manuel Segade, director de la institución <strong>desde 2023, ha estudiado con entusiasmo la colección, la ha interpretado, la ha entendido, la ha ordenado</strong> y ahora dispensa su primer gran proyecto en el centro desplegando en la cuarta planta del edificio de Sabatini una reordenación de los fondos permanentes de la institución en su último tramo: de 1975 al hoy. O exactamente así: <strong>de la refundación de la democracia a las expresiones en marcha del arte contemporáneo</strong>. El título de esta revisión es directo, sin perifollo: <i>Colección. Arte Contemporáneo: 1975-presente</i>.</p>
Manuel Segade, director de la institución, presenta su primer gran proyecto desde que llegó en 2023. Una declaración de intenciones museográfica que comienza con la relectura de la colección permanente del museo empezando por el final: de 1975 a nuestros días
Ahora sí: el Museo Reina Sofía regresa a la claridad y apuesta por acercarse de nuevo (y mejor) al público (diverso) de los museos. Manuel Segade, director de la institución desde 2023, ha estudiado con entusiasmo la colección, la ha interpretado, la ha entendido, la ha ordenado y ahora dispensa su primer gran proyecto en el centro desplegando en la cuarta planta del edificio de Sabatini una reordenación de los fondos permanentes de la institución en su último tramo: de 1975 al hoy. O exactamente así: de la refundación de la democracia a las expresiones en marcha del arte contemporáneo. El título de esta revisión es directo, sin perifollo: Colección. Arte Contemporáneo: 1975-presente.
Está claro el propósito de Segade en esta nueva vida del museo: democratizar su lectura, esquivar en lo posible los subtítulos académicos y hacer del Reina Sofía un punto de encuentro con la creación en España (nacional e internacional) y, naturalmente, con la historia reciente del país (dentro y fuera). Atrás quedó el mandarinato de Manuel Borja-Villel (de nuevo por Madrid después de su tentativa catalana), un tiempo en que el museo necesitó manual de instrucciones para entender a dónde ir (gorigoris de director) y hasta receta facultativa para soportarlo. El proyecto de Segade pasó en principio por desencriptar el centro y reactivarlo después desde los cimientos con mejores claridades.
«En épocas inciertas como estas no pretendemos reinventar futuros, sino facilitar la apertura y revisión de la colección, demostrar que ésta es permeable. Y, a la vez, exhibir la diversidad de mundos posibles que el arte contemporáneo brinda«. Lo dice Segade. A su lado, el ministro de Cultura, Ernest Urtasun; la presidenta del patronato del Reina Sofía, Ángeles González-Sinde; la subdirectora artística del museo, Amanda de la Garza; y al fondo, un generoso repertorio de trabajadoras y colaboradores, dando a la cita la condición exacta de ritual, de estreno y de fiesta. El museo, ahora sí, comienza una nueva expedición con todos los retos por delante.
«Lo que presentamos hoy es una apuesta de gran trascendencia», incidió Urtasun. «1975 es el año en el que se abren todos los interrogantes sobre el futuro del país». Y el arte, más allá de ser ajeno, es un eje principal en la articulación de una España que regresa a la democracia con mil heridas y otras mil posibilidades de lañarlas. Si no todas, las más urgentes. Esta intensa y excitante reordenación que abarca la historia del arte de los últimos 50 años en España se apoya en 403 obras de 224 artistas (nacionales e internacionales). Y de esas piezas en exhibición, 258 son inéditas, nunca se habían expuesto en las anteriores presentaciones de la colección permanente. Setenta han sido adquiridas en los últimos dos años y 36 de estas incorporaciones son obras de mujeres. La declaración de intenciones es nítida.
Esta parte de la colección que se presenta ahora (las épocas anteriores serán reordenadas también en las plantas segunda y tercera de Sabatini y se conocerá una por año hasta 2028) se abre con una pieza importante del periodo vivamente social de Juan Genovés: Documento nº… (fechada en 1975). La imagen en color gris de un hombre sentado, abatido, con traje y corbata, esposado y cuyo rostro queda en penumbra porque una mano cruza delante de él entregando a quien sea un papel, un documento, una sentencia, un informe malo. En la primera sala conviven una pieza de gran formato y claro sentido social de Rafael Canogar, una tela de Miró quemada por él mismo (y suspendida) y una vitrina (no se abusa, al fin, de las manicomiales vitrinas) que contiene una selección de los aguafuertes de la Suite Vollard de Picasso atacadas por miembros del grupo ultra Guerrilleros de Cristo Rey atacaron en 1972, cuando iban a presentarse en la Galería Theo de Madrid. Aquellos ultramontanos lanzaron octavillas en la galería donde acusaban al artista de «marxista, comunista militante, antipatriota, proxeneta, homosexual, pornógrafo e hijo ilegítimo».
Las salas, 21 en total, comprenden tres itinerarios. El espacio expositivo, limpio y claro, es diseño del artista Xavier Salaberría y del arquitecto Patxi Eguiluz. Y una vez hechas las presentaciones, comienza la expedición. Los años convulsos de la agonía franquista, la reconfiguración de las libertades y la reapropiación de derechos civiles suceden a compás del arte de aquel momento. Desde el cómic hasta la pintura/pintura, pasando por la escultura o el cine, todo tiene su sitio y su porqué. Entre la severa generación del antifraquismo, los pegamoides que llegan y otros linajes de la Movida, el arte se despereza. En el recorrido conviven el transformista y pintor Ocaña (Asunción Gloriosa, 1981-82), la portada de Hermano Lobo dos días después de la muerte de Franco con el mítico dibujo de Chumy Chúmez, la tela pintada por Guillermo Pérez Villalta (icónica hoy de esos días): Personajes saliendo de un concierto de rock (1979), dibujos strongay de Nazario, cosas de Ceeseppe, las joyas del diseñador Chus Burés para algunas películas de Almodóvar, uno de los cuadros, Cuchillos, que expuso el galerista Fernando Vijande en la primera exposición (y visita) de Warhol en España (1981) o la icónica película Arrebato, de Iván Zulueta, proyectada en una de los espacios de transición entre salas y que cuenta con una veintena de butacas de uso público.
«Lo que sucede en esta planta no está ordenado siguiendo una cronología estricta», explica Segade. «Hay anacronismos y convivencias de tiempos que son necesarios, pues ninguna historia es lineal». El feminismo, el ecofeminismo, el ‘cruising’ y los códigos de género, el sida, la irrupción de la heroína, estas pandemias y sus duelos son importantes también en el recorrido. Y artistas como Juan Espaliú, Esther Ferrer, Pepa Miralles, el fotógrafo Alberto García-Alix, David Wojnarowicz o Bárbara Hammer tienen su voz y su sitio. Igual que Miquel Barceló, recobrado por Segade con una serie inédita después del ninguneo en el periodo del mandarinato de aquel Borja-Villel.
Intencionadamente están casi todos los que forman parte de la secuencia del arte en España del último medio siglo. Faltas expresiones y voces, claro que faltan, pero la respuesta de Segade a la urgencia del museo para reinstaurar la legibilidad de su discurso es inteligente y abierta. Las escultoras Cristina Iglesias y Susana Solano conviven con el arquitecto y artistas Juan Navarro Baldeweg. Cristina García Rodero con Ouka Lele. El proyecto frustrado del escultor Richard Serra en la Plaza del Callao con Eva Lootz o Patricia Gadea o Xurxo Lobato o Joan Fontcuberta o Doris García o Ignasi Aballí. Una sugerente coreografía de intersecciones donde se desemboca en una obra de Julie Mehretu y después en un vídeo de Carles Congost (con música de Astrud). Antes pasamos por una instalación de Ana Laura Aláez. Y también hay representación de la performance Habla, de Cristina Lucas; y Estudio, de Carmela García.
No se trata de imponer un surco político, sino que la manera de estar en el mundo del arte contemporáneo, del arte del último medio siglo, tiene en la evocación de lo inmediato y en su lectura política uno de sus motores de explosión. Manuel Segade reconoce este peso y no lo minoriza igual que tampoco lo exalta. El museo es una caja de resonancia de un mundo que es aún el nuestro y que está dispuesto en fragmentos, en secuencias, en hipos, en desarrollos de pensamiento crítico y en una colisión de reflexiones estéticas que a veces se superponen, a veces se niegan y a veces se canibalizan.
El Museo Reina Sofía, con la última parte de su colección permanente releída ahora como el primer manifiesto del tiempo Segade, propone diferentes representaciones de un mismo paisaje (y de muchos escenarios y de tantas convulsiones), señalando la artificialidad de los discursos codificados de antaño como uno de los males que han ido estrechando los reservorios del arte (contemporáneo) y expulsando a la gente. Propone claridad y complejidad con el mismo rigor con que otros apostaron por la tiniebla y la opacidad. Pero aquello pasó. Ahora sí.
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