<p>Hay películas, como personas, animales u objetos, cuya característica principal y que mejor las define es su estupidez. Y no es tanto crítica como simple descripción. O rasgo de carácter. De hecho, apurando, se podría decir incluso que han elegido ser estúpidas ante el peligro siempre amenazante de que alguien (un crítico, por ejemplo) las intente colocar dentro de ese grupo informe, inane y sin gracia que son las cosas inteligentes. Cada vez que alguien habla de humor, drama o western inteligente, reconozcámoslo, lo único que intenta decir es que el inteligente es él y que, al contrario que en otras ocasiones probablemente, esta vez lo ha entendido todo. Una advertencia, por otro lado, bastante estúpida salvo que uno quiera ocultar a los demás que sabe y está convencido de que es estúpido. Pero no nos liemos. <i><strong>La asistenta</strong></i><strong> es una película vocacionalmente estúpida y lo sabe. </strong>Es más, su estulticia, digámoslo así, ha sido el resultado de una decisión perfectamente consciente, para nada improvisada y, por ello y por muy contradictorio que pueda resultar, inteligente. Hemos llegado y, de paso, hemos caído en nuestra propia trampa. </p>
Paul Feig construye sobre la novela de Freida McFadden una solemne, divertida y muy consciente majadería, pero muy disfrutona y con un guión con más giros que el scalextric de Marty Feldman
Hay películas, como personas, animales u objetos, cuya característica principal y que mejor las define es su estupidez. Y no es tanto crítica como simple descripción. O rasgo de carácter. De hecho, apurando, se podría decir incluso que han elegido ser estúpidas ante el peligro siempre amenazante de que alguien (un crítico, por ejemplo) las intente colocar dentro de ese grupo informe, inane y sin gracia que son las cosas inteligentes. Cada vez que alguien habla de humor, drama o western inteligente, reconozcámoslo, lo único que intenta decir es que el inteligente es él y que, al contrario que en otras ocasiones probablemente, esta vez lo ha entendido todo. Una advertencia, por otro lado, bastante estúpida salvo que uno quiera ocultar a los demás que sabe y está convencido de que es estúpido. Pero no nos liemos. La asistenta es una película vocacionalmente estúpida y lo sabe. Es más, su estulticia, digámoslo así, ha sido el resultado de una decisión perfectamente consciente, para nada improvisada y, por ello y por muy contradictorio que pueda resultar, inteligente. Hemos llegado y, de paso, hemos caído en nuestra propia trampa.
El director de películas tan resultonas, divertidas y eficaces como La boda de mi mejor amiga (o la muy poco valorada y también muy estúpida Un pequeño favor) se sirve de la novela del mismo título Freida McFaddenun para confeccionar un guion demente y colocar de este modo a la actriz que más da que hablar del momento en la más disparatada de las situaciones. Y todo, lo han adivinado, para dar aún más que hablar. La historia es sencilla. Una joven (sí, ella, Sydney Sweeney) llega a la casa de una muy acomodada familia. Su intención no es otra que trabajar allí de, en efecto, asistenta, mucama o chacha, según barrios y nivel de renta. Luego descubriremos que no le queda más remedio. Un error de juventud la mantiene en libertad condicional y, de no encontrar trabajo como sea, deberá volver a prisión. Lo que encuentra es a una mujer algo histérica en su riqueza (Amanda Seyfried), un hombre casi perfecto y muy abnegado ante las crisis de su mujer (Brandon Sklenar) y una hija ligeramente espeluznante por escandalosamente pija. Digamos que la entrada en la película con un aspecto de dramón de sobremesa hipercalórico no puede ser más funesto. Reaccionario, machista, rancio y, ya se ha dicho, muy estúpido.
Y así hasta que, de repente, llegan las curvas. Feig nos ha tendido una trampa y si alguien cae en la tentación de hacer caso al instinto más básico (o al razonamiento más elemental, como se quiera) y abandona el cine harto y ante la enésima reproducción del enésimo cliché, no le discutiremos su exquisita educación, pero se equivoca. Se pierde, por así decirlo, la diversión. Y ahí precisamente lo inteligente que resulta tanta estupidez. Lo que sigue es una comedia con bastante mala baba empeñada en reírse de muchas cosas: de nuestros prejuicios, de los clichés de antes y hasta de sí misma. Todo es una gran broma (broma postfeminista si se quiere a la manera de Una joven prometedora, de Emerald Fennell) que desmonta buena parte de los estereotipos más evidentes y lo hace con gracia, a lo loco y sin mirar para atrás. Sí, todo no es más que una solemne, divertida y muy consciente majadería, pero muy disfrutona y con un guion con más giros que el scalextric de Marty Feldman.
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Dirección: Paul Feig. Intérpretes: Sydney Sweeney, Amanda Seyfried, Brandon Sklenar. Duración: 130 minutos. Nacionalidad: Estados Unidos.
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