Vino Cebada Gago a dictar una lección contra el toro feo y destartalado con una corrida guapa, hechurada, seria pero torera, armónica y cinqueña entera. Y encima fue buena, en el sentido de noble y franca. A falta del toro extraordinario, o de mayores grados de poder y bravura, los cebadas -los seis- fueron la mar de toreables, y esto no sé si satisfará a sus partidarios, siempre ávidos de mayores dosis de tensión. A quienes defendemos la teoría de las hechuras nos colmó de felicidad. David Galván, que debió salir a hombros, y Manuel Diosleguarde dejaron las noticias positivas de la torería andante con una oreja en sus respectivos esportones. Debutaban los dos en San Fermín y volverán. La consolidación de la nueva vida de Diosleguarde se va trenzando, tarde a tarde, con ilusionantes argumentos. Y también me proporcionó felicidad.
El gaditano, que debio salir a hombros, y el salmantino, cuya resurrección se consolida, saldan su debut con una oreja por cabeza; lección de los cebaditas contra el toro feo y destartalado
Vino Cebada Gago a dictar una lección contra el toro feo y destartalado con una corrida guapa, hechurada, seria pero torera, armónica y cinqueña entera. Y encima fue buena, en el sentido de noble y franca. A falta del toro extraordinario, o de mayores grados de poder y bravura, los cebadas fueron la mar de toreables, y esto no sé si satisfará a sus partidarios, siempre ávidos de mayores dosis de tensión. A quienes defendemos la teoría de las hechuras nos colmó de felicidad. David Galván, que debió salir a hombros, y Manuel Diosleguarde dejaron las noticias positivas de la torería andante con una oreja en sus respectivos esportones. Debutaban los dos en San Fermín y volverán. La consolidación de la nueva vida de Diosleguarde se va trenzando, tarde a tarde, con ilusionantes argumentos. Y también me proporcionó felicidad.
Había abierto plaza un toro de imponente cabeza, una armonía cierta en conjunto pese a la despampanante testa. Ya salió con un temple suave, pronosticando un poder preciso y una condición boyante. David Galván debutó en Pamplona —14 años después de su alternativa— con un saludo vibrante, una larga cambiada de rodillas, lances mirando al tendido, chicuelinas y, finalmente, una larga ofrecida al sol. Todo lo tomó el toro con buen embroque, abriéndose y soltándose. Notas de facilidad para el toreo. Sostuvo ese mismo son toda la lidia, sin hacer un feo. Galván arrancó la faena con pases cambiados por la espalda para captar la atención del público, y cuando soltó la izquierda el cebadita lo hizo bien también, a falta de un pasito. Pero la mano fue la diestra, por donde el gaditano construyó una obra sin exigencias, natural, buena. Quizá pedía un cambio de pitón al menos una serie antes —cuatro consecutivas de derechazos se hicieron muchas—, pero al aire noble del toro le faltaba un paso al natural, ya digo. Un cierre de rodillas subió la emoción y un espadazo tendido la rebajó: la lenta agonía penalizó y la petición no acabó de trepar con fuerza. Paseó el redondel.
David Galván se desquitó con un cuarto que se hacía una verdadera pintura. No sólo por el pelaje, sino por el hocico, las hechuras, las sienes estrechas, la conformación de la encornadura, tan seria y tan torera a la vez. Traía buena condición, no tanto el poder para desarrollarla en plenitud. Galván lo midió en el caballo, lo toreó a media altura, lo apretó cuando fue menester y levantó una faena con mayor expresión estética que la anterior. O al menos a mí me tocó más con homogeneidad artística. Una serie ofreciendo el pecho, ya con medios viajes del toro, desprendió una enorme belleza. Coló otros molinetes de rodillas y cobró una estocada con eficacia para cortar la oreja que también debió cortar antes. Positiva tarde del gaditano.
Otro toro que venía con una lámina hermosísima era el tercero, el 78, un tal Cepillito, por el que todo el mundo apostaba. Había razones para creer, y la intención la llevaba dentro. Muy notable el estilo. Pero severos problemas de coordinación en su motricidad impidieron que cuajara como el gran toro que le faltó a la corrida. Manuel Diosleguarde, quien hace cuatro años casi pierde la vida con una corrida de Cebada Gago en Cuéllar, firmó con categoría todo lo que apuntó su mano derecha. La cosa malandada del cebada se complicaba al girar, y ese lastre pesó para ordenar y hacer despegar la faena. Quedó el interés de verle en el siguiente, al que Diosleguarde respondió con creces. Embestía ese cárdeno sexto —no tan guapo, pero hechurado— muy humillado, durmiéndose, a veces con cierto gazapeo, pero con expresividad allí abajo. Lo esperó siempre el joven salmantino proyectando de nuevo su resurrección. Firmeza, cabeza y ahora espada. Menuda estocada. Una oreja ganada en justicia.
Román salió damnificado de Pamplona. No fue el mejor lote, pero Hacienda le ha debido de quitar hasta el valor. Tarde obtusa la suya. Es cierto que no se movió sembrando esperanzas precisamente el segundo, armado y escurrido, desacompasado. Pero, aunque miró mal con el ojo izquierdo, por la mano derecha se estiró con largo viaje. Tomó el valenciano unas precauciones impropias, ya desde el caballo, ese puyazo en la querencia con el tercio cambiado y en plan ya que estamos…. Luego, cabía una pelea de perros en la muleta. La espada fue el termómetro por aquel modo de correr al salir del volapié. Y volvió a serlo con un quinto de marcadas querencias con el que hizo un esfuerzo por sobreponerse que no coló.
Noticias de Cultura
