<p>El castigo no solo es una sanción legal a modo de penitencia en el caso de la víctima y de desahogo por parte del victimario. Eso quizá lo fue al principio, cuando éramos jóvenes y muy crueles. Con el tiempo, como el vino, adquirió matices y pasó a ser una técnica política y disciplinaria más proclive a los métodos sutiles de control mental que a los suplicios brutales. De todo esto sabe mucho no solo Foucault, sino también el director Gore Verbinski. Diez años lleva penando e inactivo (es decir, castigado) por perder la afinación en sus últimos trabajos. A saber: <i>El llanero solitario,</i> de 2013, y <i>La cura del bienestar,</i> de 2016. Es la forma con la que Hollywood disciplina a los suyos sin importar que se trate del responsable de creaciones irrefutables y muy rentables como <i>Piratas del Caribe </i>o <i>Rango</i>. <strong>Pues bien, el hombre ha vuelto y lo ha hecho con una película inabarcable tan ambiciosa, desajustada y errática como, justo es admitirlo, eléctrica, divertida y con la suficiente mala baba para que, en efecto, le vuelvan a castigar. </strong>No aprende.</p>
La sección oficial arranca con tres propuestas tan interesantes como densas de la mano del irlandés Grant Gee, con Everybody Digs Bill Evans (****); del alemán Ilker Çatak, con Yellow letters (****), y de la tunecina Leyla Bouzid, con In a Whisper (***)
El castigo no solo es una sanción legal a modo de penitencia en el caso de la víctima y de desahogo por parte del victimario. Eso quizá lo fue al principio, cuando éramos jóvenes y muy crueles. Con el tiempo, como el vino, adquirió matices y pasó a ser una técnica política y disciplinaria más proclive a los métodos sutiles de control mental que a los suplicios brutales. De todo esto sabe mucho no solo Foucault, sino también el director Gore Verbinski. Diez años lleva penando e inactivo (es decir, castigado) por perder la afinación en sus últimos trabajos. A saber: El llanero solitario, de 2013, y La cura del bienestar, de 2016. Es la forma con la que Hollywood disciplina a los suyos sin importar que se trate del responsable de creaciones irrefutables y muy rentables como Piratas del Caribe o Rango. Pues bien, el hombre ha vuelto y lo ha hecho con una película inabarcable tan ambiciosa, desajustada y errática como, justo es admitirlo, eléctrica, divertida y con la suficiente mala baba para que, en efecto, le vuelvan a castigar. No aprende.
Buena suerte, pásalo bien y no mueras, así se titula la cinta proyectada fuera de competición, es lo que se podría definir como una extravagancia, un gran guiñol, un sálvesequienpueda o un aquímelasdentodas. Da igual. La película arranca con un pordiosero al que da vida como solo un pordiosero de verdad podría Sam Rockwell entrando a la tremenda en un restaurante. Afirma el hombre que viene del futuro (es la vez número 117 que lo hace) y se despacha delante de los atónitos comensales con un mensaje muy en sintonía con el presente que pisamos. Lo que viene a sostener es que el experimento social en el que estamos embarcados de realidades virtuales, inteligencia artificial, redes sociales y billonarios que lanzan cohetes fálicos al espacio ha fracasado. Lo sabe no por fino analista de tertulia televisiva, sino en calidad de testigo. Ya se ha dicho, viene del futuro y lo ha visto con sus propios ojos. La primera reacción de los interpelados es la lógica: grabarle para luego triunfar con un meme, volver la cabeza a lo que estaban (el móvil) o simplemente ignorarle. Pero no es tan fácil: el hombre insiste.
Lo que pretende es formar un grupo guerrillero para detener el inminente apocalipsis y salvar a la humanidad de los peligros de la nueva realidad digital. Formará la cuadrilla finalmente y con él se irán a recorrer pantallas y mundos los personajes encarnados por Haley Lu Richardson, Michael Peña, Zazie Beetz, Asim Chaudhry y Juno Temple. Lo que sigue es una película que no entiende ni de coherencias ni de estilismo. Buena suerte, pásalo bien y no mueras quiere ser Todo a la vez en todas partes tanto en sentido literal como figurado. La película se estructura (o, mejor, se desestructura) a medida que avanza con una catarata de ‘flashbacks’ que cuentan las vidas pasadas de más o menos cada uno de los guerrilleros a la fuerza. Lo de «más o menos» no es falta de precisión. Verbinski lleva su afición por el caos a contar las existencias de unos y de otros no sin dar explicaciones de por qué tanto delirio. Pero da igual.
A medio camino entre el día de la marmota de Atrapado en el tiempo (recordemos que son más de un centenar los intentos de revolución) y cualquier secuela de Terminator, la película avanza en espiral combinando los hallazgos inauditos (las recreaciones de mundo irreales) con las perogrulladas más obvias y hasta zafias (el ejército de zombis adolescentes enganchados al móvil). Y todo ello alternado con cualquier capítulo fuera de catálogo de la serie Black Mirror (de hecho, copia uno de sus episodios más memorables). Todo se lo permite, todo lo intenta, todo se disfruta. Pocas películas dará el año que empieza tan ruidosas, tan fáciles de despreciar y, pese a ello (o, precisamente por ello) tan gozosas. Sí, por momentos, desespera, pero ¿cómo hemos podido vivir hasta ahora sin saber de la existrencia de un gato gigante que mea purpurina? Eso pasa.
La teoría nos dice que llegará el día en el que la realidad virtual creada por la IA será indistinguible de la propia realidad. Y eso que en un régimen democrático de verdad con el control social de, precisamente, las redes sociales puede sonar hasta bien, en un mundo como el nuestro donde un oligopolio de magnates que violan niñas en una isla controlan todos los datos que pasan por los móviles es, en efecto y como poco, una mala noticia. Y es ahí donde Verbinski oposita para que le castiguen de nuevo. No aprende.
Lejos del ruido de las ondas Verbinski, la competición arrancó con dos películas tan notables como intensas, intensas en su desesperación. Yellow letters (****), del alemán de origen turco Ilker Çatak, pertenece a la saga de cine noble, profundo y bergmaniano que tanto se lleva ahora cuando todos estamos aún deslumbrados con Valor sentimental, de Joachim Trier. A su lado, el debut en la ficción del documentalista Gran Gee con Everybody Digs Bill Evans (****) ofrece un ejemplo esencialmente profundo de cine consciente del poder litúrgico de la imagen, del sonido hondo de la desesperación. Suena tremendo y, no lo duden, lo es.
A Ilker Çatak le conocíamos por Sala de profesores, un turbio ejercicio de pedagogía diabólica que contaba los azares de la denuncia de una profesora a uno de sus alumnos. Ahora, su ambición crece y con ella, su cine. Yellow letters toma el nombre de las cartas amarillas que envía el gobierno turco a los profesores que considera incómodos con el régimen. Es, obviamente, una notificación de despido. Los protagonistas cesados son un dramaturgo y profesor universitario y su mujer actriz. Desde ahí, desde la inmanencia de un drama político, la propuesta de Çatak avanza hasta convertirse en una atinada y grave reflexión sobre el poder del arte, sobre el dilema que asiste a todo artista de resistir o venderse al poder y sobre el poder simplemente. Y además, sobre el patriarcado, sobre el papel de la mujer en una sociedad que la desprecia y, ya puestos, sobre todo lo demás. Cuando la ambición hace pop, ya no hay stop.
El director se mantiene firme en su propuesta y gradúa la tensión hasta un desenlace ciertamente memorable. La última conversación en el interior del coche entre él y ella abruma, desasosiega y clarifica. Es cierto que la película es muy consciente de sí y la pomposidad asoma cada aproximadamente media hora (por poner una cifra), pero ir a por todas y sin respirar es lo que tiene. De tanto en tanto, hay un ahogo. Sea como sea, muy a tener en cuenta.
A su lado, Everybody Digs Bill Evans (título que replica el nombre del disco de 1959). Es decir, una de esas figuras desproporcionadas al borde de todos los abismos: el de la genialidad, el de la autodestrucción, el de la eternidad y el del más evidente absurdo. El que fuera cronista de la banda Joy Division (más abismos), deja que la imagen fluya con un preciosismo solo a la altura de su profundidad. Y desde ahí compone de la mano del actor noruego Anders Danielsen Lie un poema fílmico desde las más oscura de las sombras. La película cuenta cómo el prodigioso Bill Evans dejó de hacer música el día que su amigo y contrabajista Scott LaFaro murió en un accidente de tráfico. Venía de tocar en el Village Vanguard, una serie de conciertos que culminaron con la grabación en directo, en un solo día, de dos de los mejores discos de jazz de todos los tiempos. Lo que sigue, como diría el Bardo, es silencio. Pero ¡qué intenso silencio!
Por ultimo, y por citar todas las películas del día, la sección oficial se completó conIn a Whisper (***), de la tunecina Leyla Bouzid. En voz baja (esa sería la traducción del título), se cuenta la historia de una mujer que regresa a Túnez por el funeral de su tío. De aquí en adelante, todo son o medias palabras o silencios. Nadie habla de la homosexualidad del familiar fallecido y la recién llegada oculta que su pareja es otra mujer. De este modo, la directora compone un vívido y atmosférico ejercicio de cine mucho más pendiente de las infinitas catástrofes interiores que de la simple denuncia contra la injusticia evidente. Le sobran subrayados y repeticiones, pero sobrevive con brillantez merced a su declarado gusto y precisión por la explicación de lo tierno, lo doloroso, lo que importa. Notable sin duda.
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