<p>Tenían previsto grabar un nuevo episodio de su pódcast, pero el guion las ha atropellado a última hora y cambian el estudio por el Museo Reina Sofía. «Somos de ritmos muy lentos, eso te lo da trabajar en la universidad», se disculpan. Antes de subir a la tercera planta, cerrada por obras, para posar en el claustro –dónde si no, ya nos perdonará el cliché– <a href=»https://www.instagram.com/lashijasdefelipe/?hl=es» target=»_blank» rel=»nofollow»><strong>Las Hijas de Felipe</strong></a> se acicalan para la ocasión. Carmen arranca la etiqueta a una camiseta que les ha enviado una fan, la estilista Mapi Vidal, un modelo que se llama <a href=»https://astral-laundry.bigcartel.com/product/nada-te-turbe» target=»_blank» rel=»nofollow»><i>Nada te turbe</i></a> y que se vende con un lema en forma de pregunta retórica: <strong>«Quién no es fan de Santa Teresa de Jesús»</strong>.</p>
Las Hijas de Felipe trasladan su exitoso pódcast a un libro, ‘Instrucción de novicias’ (Blackie Books), en el que despliegan todo el conocimiento conventual aplicable a la vida moderna: «Todo lo que te pasa a ti ya le pasó a una monja de los siglos XVI y XVII»
Tenían previsto grabar un nuevo episodio de su pódcast, pero el guion las ha atropellado a última hora y cambian el estudio por el Museo Reina Sofía. «Somos de ritmos muy lentos, eso te lo da trabajar en la universidad», se disculpan. Antes de subir a la tercera planta, cerrada por obras, para posar en el claustro –dónde si no, ya nos perdonará el cliché– Las Hijas de Felipe se acicalan para la ocasión. Carmen arranca la etiqueta a una camiseta que les ha enviado una fan, la estilista Mapi Vidal, un modelo que se llama Nada te turbe y que se vende con un lema en forma de pregunta retórica: «Quién no es fan de Santa Teresa de Jesús».
Fue otra camiseta la que les trajo la única afrenta realmente amenazante en seis años de andadura en las ondas. Para un directo desde el Museo del Prado con motivo de la celebración del Orgullo, Ana Garriga y Carmen Urbita se plantaron ante Las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela de Sánchez Coello, a la sazón, las verdaderas hijas de Felipe II, con un atuendo que gritaba, blanco sobre negro: I was a lesbian child. Abogados Cristianos amagó con una demanda que nunca les llegó.
La anécdota da pie a explicar quiénes son las dos académicas treintañeras que han abierto una atípica autopista al pasado para desatar entre sus coetáneas una verdadera fiebre por la vida monacal de los siglos XVI y XVII. Primero, con un pódcast, Las Hijas de Felipe, producido por Radio Primavera Sound, que llena salas enfervorecidas en cada incursión en el directo; ahora, también con un libro, Instrucción de novicias, editado por Blackie Books, que es algo así como un compendio de filosofía monacal barroca aplicada a la vida moderna al que ha sucubido el mismísimo New York Times.
En sus páginas se habla de amistad, de trabajo precario, de sindicalismo, de it girls, de nepobabies (nepomonjas, en este caso), de esa economía doméstica que TikTok ha rebautizado como matemáticas de chicas, de burnout, de salud mental, de acoso sexual y, sí, también de lesbianismo. Pero esta especie de manual de crecimiento personal para mileniales no lo cuentan ellas. Lo cuentan las monjas. «Nosotras somos el ventrílocuo», dicen las autoras.
La historia de Ana Garriga y Carmen Urbita es la de una amistad fraguada en una pasión compartida. Una rara, rarísima. También, una historia ligada al destino. A ver, si no, cómo iban a encontrarse en la Universidad de Brown, a casi 6.000 km de casa, dos doctorandas en Estudios Hispánicos que compartieron, sin saberlo, instituto en su adolescencia e interesadas en las vidas de los conventos del Barroco. Poniendo un poquito de fe al asunto, cualquiera diría que son el vehículo transhistórico elegido por Santa Teresa de Jesús, María de San José, Sor Juana Inés de la Cruz o Verónica Giuliani para reivindicar su lugar en la historia cinco siglos después. ¿No se identificaban ellas mismas con un ventrílocuo? Pues eso.
El caso es que en aquella primera cita prepandémica en un pretencioso hotel de Providence brindaron por Santa Teresa y por su propio ingreso en la clausura monacal de seis años de doctorado y pusieron, sin saberlo, la semilla de un proyecto de revisión histórica que tendría poco o nada que ver con sus respectivas tesis. Les preguntaron decenas de veces en la aduana qué hacían dos españolas investigando la España imperial en la costa este de EEUU y nosotras retomamos hoy la pregunta. «Queríamos alejarnos de ciertos marcos inevitables en España para poder mirar a esos siglos de otra manera, quitándoles esa capa de aparente deslumbrón del llamado Siglo de Oro», explica Carmen, y Ana abunda sobre una expresión que ellas, voluntariamente, no utilizan nunca al ubicar temporalmente a sus monjas. Ellas vivieron en el Barroco, y punto.
«Queríamos mirar a los siglos XVI y XVII sin esa capa de aparente deslumbrón del llamado Siglo de Oro, tan masculinizada»
Carmen Urbita
«Es un sintagma muy sobrecargado ideológicamente, con un canon literario extremadamente masculino que relega las voces femeninas a la sombra. Está todo muy centrado en la épica, con una retórica que sigue siendo muy imperialista, muy colonialista, muy racista y muy heterosexual». En lo suyo, en resumen, no hay espadachines.
Como buenas filólogas, lo de Las Hijas de Felipe es indefectiblemente la palabra. Un oyente inspirado les armó, incluso, en un momento dado un diccionario barroco a ritmo de Rosalía, otra contemporánea fascinada por las monjas del pasado: A de apelusada, pero también, de anhelito; B de bilocadas; C de complisión… y así, hasta Z de zorrica. El pódcast ha ido construyendo un universo propio con su propio lenguaje y ha traspasado el micro para colarse en su propio día a día. Confirmamos: Las Hijas de Felipe son también barroquísimas en privado. «Tenemos un empeño especial por rescatar las voces», alega Carmen. «Muchas veces encontramos textos historiográficos que no recogen las citas, y resulta muy frustrante. No es tanto un capricho por saber exactamente qué se dijo y cómo se dijo, que también, sino que hay una especie de relación afectiva que sólo consigues a través de la palabra. Por mucho que tú leas lo que le sucedió a Santa Teresa, sus palabras exactas horadan un caminito hacia el presente mucho más poderoso. De pronto, te pones en su lugar».
El caso es que con la empatía historiográfica por bandera y un importante disclaimer: no son historiadoras, son lingüistas, Carmen y Ana se encerraron en un baño de Providence en 2020, hastiadas de sendos encierros, el académico y el pandémico, forraron las paredes de esterillas de yoga a modo de insonorización, compraron un par de micros, descargaron un programa de edición de audio y se lanzaron a demostrar que, al contrario de lo que pensó su entorno cuando se embarcaron en un estudio tan, tan de nicho, no eran dos excéntricas eruditas que se entregaban por puro placer a unos textos completamente desconectados del presente sino dos tías de treinta y tantos años empeñadas en demostrar que lo que escribieron aquellas monjas, las inquietudes, los padecimientos, los amores de los que dejaron constancia en hagiografías, cartas, poemas y hasta libros de recetas, todo es relevante para el presente.
«Cualquier cosa que te esté pasando a ti ya le pasó a una monja de los siglos XVI y XVII», acuñaron por lema. Y ahí sigue, 90 episodios después y una vez hemos conocido a los muñecos reborn de las Descalzas Reales, hemos dilucidado qué hace una lesbiana como tú en un convento como este, hemos revisitado los manuales de fitness que recibían los predicadores que llegaban a Nueva España y hasta hemos intentado arrojar luz a un true crime barroco.
«Las mujeres nunca hemos tenido una genealogía histórica más allá de las reinas. Esa masa femenina que nos representa estaba en los conventos»
Ana Garriga
Claras precursoras de la ola de misticismo que parece empapar la cultura en los últimos tiempos, especialmente la creada por mujeres, se remiten a las académicas que abrieron camino en las universidades francesas y estadounidenses en los 80. «Desde que el género se empezó a utilizar como una categoría de análisis histórico se produjo un bum de los estudios conventuales», asegura Ana. «Las mujeres, en realidad, nunca hemos tenido una genealogía histórica más allá de las reinas. No había una masa femenina que te representara en el pasado. Y en el caso de España, como en tantos otros lugares, esa masa estaba en los conventos». «La gente está muy sedienta de revisiones históricas, de mirar al pasado con otros ojos y construir una historia que nos apele, que nos implique y que también nos pertenezca», interviene Carmen.
En ese furor místico contemporáneo hay para ellas, como en mucho del misticismo que empapa el legado del convento barroco, mucho de frustraciones y ansiedades materiales. «Las monjas escribían bajo la mirada constante de la censura, y eso convertía sus textos en dispositivos muchísimo más nutridos, más lúdicos, llenos de malabares retóricos que les permitían autorizarse ante dios y ante los confesores», expone Ana. «La presión por deslizar cosas sin contarlas abiertamente hizo también de esas cartas, poemas y biografías artefactos súper maleables, adaptables a vidas completamente ajenas», completa Carmen. «Por eso, Santa Teresa podía ser la patrona de la Sección Femenina en el franquismo y servirnos a nosotras, dos lesbianas de 35 años, y a nuestras oyentes para gestionar ahora nuestras citas concertadas a través de aplicaciones».
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