Fernando Trueba (Madrid, 1955) tiene un Oscar, seis Goya y una larga colección de clásicos y éxitos de taquilla que le han permitido una carrera paralela no menos brillante fuera de la ficción. Ya en 1982, nada más conquistar las salas con ‘Ópera prima’, decidió dedicar su siguiente película a Chicho Sánchez Ferlosio, hijo de icono falangista, hermano de icono a secas, cantautor marxista y ácrata, poeta, filósofo, matemático y tantas cosas que el entonces joven director cayó rendido. ‘Chicho o mientras el cuerpo aguante’ se reestrena esta semana en cines y sirve de excusa para hablar del ayer, el ahora y lo que surja con un conversador fabuloso que también presenta mañana, en San Sebastián, ‘Bajañí’, su nuevo documental con Niño Josele.
Contó la Transición y dio brillo a los (aparentemente) felices 90 con el Oscar de ‘Belle Époque’. Uno de nuestros grandes directores niega el cliché: «Las dos Españas no existen porque no hay geometría en la realidad. Nada puede estar partido salvo un melón»
Fernando Trueba (Madrid, 1955) tiene un Oscar, seis Goya y una larga colección de clásicos y éxitos de taquilla que le han permitido una carrera paralela no menos brillante fuera de la ficción. Ya en 1982, nada más conquistar las salas con ‘Ópera prima’, decidió dedicar su siguiente película a Chicho Sánchez Ferlosio, hijo de icono falangista, hermano de icono a secas, cantautor marxista y ácrata, poeta, filósofo, matemático y tantas cosas que el entonces joven director cayó rendido. ‘Chicho o mientras el cuerpo aguante’ se reestrena esta semana en cines y sirve de excusa para hablar del ayer, el ahora y lo que surja con un conversador fabuloso que también presenta mañana, en San Sebastián, ‘Bajañí’, su nuevo documental con Niño Josele.
- ¿Qué aprendiste de Chicho?
- Me fascinaba de su personalidad que tenía un sentido lógico radical. Llevaba la lógica a sus últimos extremos. Cuando conocí a Chicho, se contaban muchas historias de él, algunas tan geniales que me pregunto si pueden ser verdad. Por ejemplo, contaban que en aquella época en los billetes ponía que «el Banco de España pagará al portador su precio en oro» y él se presentó allí, en Cibeles, con un billete de 100, fue a la caja y dijo: «Vengo a cobrar este cheque». El cajero, perplejo, le dijo que aquello que ponía en el billete era una forma de hablar y Chicho le respondió: «¿Pretende usted decir que el Estado nos está engañando a los ciudadanos?». El otro intentó justificarse hasta que ya se puso nervioso, se formó cola y le indicó que se sentara y mandaría a alguien a atenderle. Eso hizo, pero hubo un problema.
- ¿Cuál?
- En ese momento descubrieron que, en vez de zapatos, llevaba unas aletas de bucear. Así que los siguientes en llegar fueron una pareja de policías: «¿Cuál es el problema, caballero? Y Chicho, muy tranquilo, dijo: «Problema no hay ninguno, señores agentes, yo he venido a cobrar un talón y a esta gente no le ha gustado mi calzado». Como esta, había 20 historias a cual mejor. Él aplicaba la lógica de una manera aplastante y esto le venía de familia.
- Era hijo de Rafael Sánchez Mazas, escritor, periodista y fundador de Falange, y hermano de Rafael Sánchez Ferlosio, uno de los grandes de nuestras Letras.
- Eso es. Sánchez Mazas fue ministro sin cartera de Franco después de la guerra. Había escrito la letra del ‘Cara al sol’, era un poeta y novelista respetado, pero… ¿Qué ocurría? Que no iba a los Consejos de Ministros. Pasaba tres pueblos, le importaba una mierda todo aquello. Esto me lo contó Chicho con orgullo porque, aparte de las diferencias ideológicas, guardaba muchísimo cariño a su padre. Entonces, un día Sánchez Mazas recibió una invitación para una recepción en El Pardo. La recibió el día 5 de abril y la recepción era también el día 5, pero de mayo. El 6 de abril, cuando todavía quedaban 29 días para el evento, contestó con el siguiente telegrama: «Lamento no poder acudir a su amable invitación por hallarme convaleciente de una leve indisposición». Un mes antes. Nunca le volvieron a llamar para nada, pasó a ser un tipo que no existía. Era una familia alucinante.
- Y bastante significativa de la realidad de España del siglo XX, con mucha más mezcla de bandos dentro de las familias de lo que la polarización actual entiende.
- Claro, es que las dos Españas no pueden ser reales porque no existe la geometría en la realidad. La geometría es un invento del pensamiento humano. Un país no puede estar partido. ¿Cómo? ¿Dónde están las rayas? No se sabe dónde empieza y dónde acaba. La Tierra es redonda, nada puede estar partido salvo un melón, pero triunfan los tópicos.
- ¿Cómo era el Fernando Trueba de 1981?
- Era igual que el de ahora, pero corría mucho más rápido. Yo tenía una velocidad increíble. No he perdido una carrera en mi vida y casi siempre ganaba los pulsos. No hacía deporte, no era un atleta, sólo corría. Y he mantenido esa velocidad alucinante hasta bastante mayor, pero ya no me atrevo a hacer la prueba.
- ¿Qué te lleva, con 26 años y justo después del éxito de ‘Ópera prima’, a hacer una peli tan poco comercial como esta de Chicho?
- Por un lado, la fascinación del personaje y, por otro, el rechazo del éxito. En aquella época, la gente de mi generación siempre preguntaba si un disco o una película era comercial o de calidad. No había punto medio. Y yo decía: «Joder, ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ de John Ford es comercial y de calidad, y ‘Grupo salvaje’, de Sam Peckinpah, o ‘La fiera de mi niña’». Pero había esa especie de dogma de que si algo tenía éxito, no era bueno y si era bueno, nadie lo veía. Entonces, yo tenía una necesidad de lavarme el éxito y esta película era perfecta para eso porque no la iba a ver nadie. Necesitaba no hacer lo que pedía el guión, que era ‘Ópera prima 2’, otra comedia y tal. Me gustaba mucho hacer comedias, pero no me gustaba y nunca me ha gustado hacer películas como churros.
- ‘Ópera prima’ es una de las principales películas generacionales de la España de la Transición. El primer Almodóvar mostró la juventud de la modernidad y la Movida y no sé si la tuya es, por simplificar, la de la normalidad.
- No sé hasta qué punto éramos nosotros normales [risas]. No quería hacer nada sociológico. Yo quería hacer reír con personajes y diálogos, que es lo que he querido hacer siempre por encima de todo. Hacer reír es lo más bonito que hay en la vida. Es alucinante porque hay gente que me tiene a mí por muy serio o se toma en serio las cosas que digo. ¿Yo? Si hablas con mi mujer, probablemente te diga que no me ha oído hablar nunca en serio.
- Yo lo tengo claro y, de hecho, aún no estoy seguro de si me la has clavado con lo de tu velocidad.
- No, no, eso es verdad. Yo corría de la hostia. Siendo ya padre de familia, estaba en la playa con un amigo que hacía deporte todos los días, me dijo que yo era un matao y le reté a una carrera allí mismo. Era la playa de Es Trenc, en Mallorca, que es larguísima y le dio un ataque de risa. Cuando en 100 metros le había sacado 115, ya se reía menos. Mi velocidad era alucinante.
- Vale, vale, te creo. ¿No estabas involucrado en movimientos políticos en aquellos años efervescentes?
- Yo era más hippie y surrealista que otra cosa. Mi maestro de pensamiento era André Breton. En el aburrimiento del franquismo sólo había un tipo de persona. Ponías la televisión y solamente salía gente muy coñazo, tipo Emilio Romero, que echaba un discurso antes del Telediario que mi padre no se perdía nunca y no nos dejaba hablar. Era todo insoportable salvo cuando aparecía en pantalla un ser único que se llamaba Salvador Dalí. [Trueba comienza a imitar realmente bien al pintor] «Estoy construyendo mi museo en Figueras y el arquitecto Piñero me ha diseñado la cúpula poliédrica monárquica» o te hablaba de la estructura molecular del látex y del ácido desoxirribonucleico. En medio de todos los plastas y los curas, Dalí me parecía un rayo de luz que venía del cielo para hacerme reír y yo, hijo del surrealismo, lo amaba. No por su pintura, que me parece un coñazo, sino por su personalidad en aquella España gris.
- Tu cómico de cabecera.
- Aún lo es. Hay en internet una entrevista que le hace, en su casa de México, el típico entrevistador de bofetón y Dalí le suelta el trabalenguas este catalán de [vuelve a imitar al pintor] «una polla xica, pica, pellarica». Tengo guardado ese trozo y, cada vez que tengo un problema o estoy triste, jodido o superado por los acontecimientos, me pongo a Dalí con el trabalenguas y me vengo arriba. Me arregla el día.
- ¿Hemos idealizado aquella España o está bien reivindicarla ahora que no paramos de pelearnos?
- Hoy nos peleamos los españoles, los franceses, los americanos, los italianos, los alemanes, los ingleses. Es un problema mundial, pero es cierto que aquí ha habido un cambio respecto a esos primeros años de democracia. Entonces había un proyecto común. Yo nunca he visto a Carrillo y a Fraga insultándose. Eso no lo he visto y ahora lo veo a diario. Se han perdido las formas. De todos modos, los políticos son lo que son. El otro día me hizo mucha ilusión encontrarme una entrevista a uno de los pocos políticos que siempre me cayó muy bien, José María Maravall. Es un hombre que está bastante olvidado y, en aquella época, fue el único político que yo decía: «Me gusta este tío». También me gustaba mucho Antonio de Senillosa, no para votarle porque sus ideas no eran las mías, pero era también muy surrealista. Siempre perdía y en una entrevista le dijeron que su partido era muy pequeño y cabía en un teatro, y respondió: «En un taxi. me cabe en un taxi» [risas]. Luego, coincidimos en una charla y me encantaba ese tipo. Me hacía reír.
- ¿Cómo valoras a los políticos actuales?
- Para empezar, no tienen ni puta gracia y eso ya me los hace antipáticos. Es muy raro que alguno te haga reír. Una de las cosas que más me jode, en el Congreso y en la calle, es ver a tanta gente de mala hostia. Enfadados. Azcona siempre me decía que no me fiase nunca de la gente seria porque te quieren engañar, venderte algo o convencerte de lo que no es verdad. No hay ninguna razón para ser una persona seria. El ser humano es lo suficientemente ridículo, insignificante y pequeño como para que no nos tomemos tan en serio ni hagamos las barbaridades que hacemos. El ser humano es la cosa más bárbara que existe, no hay una alimaña peor.
- Veo que no crees que el hombre sea bueno por naturaleza.
- Creo en la bondad, creo en ella profundamente, pero no en que sea mayoritaria. Y cada vez menos. Hace unos años, la gente empezó a usar una palabra que no existía: buenismo. Y lo curioso es que era algo peyorativo, resulta que ser bueno está mal. Dicen que estamos en la era de la maldad, que lo que triunfa es ser egoísta y a las chicas les gustan los malotes. Joder, pues qué mala época. Yo solo quiero a la gente buena, los malos no me gustan. Antes de que existiera el buenismo y el malismo, ya cuando yo era joven, me daba cuenta de que los espectadores tenían una fascinación por el malo de la película, por Richard Widmark tirando a la vieja por la escalera en ‘El beso de la muerte’. Yo ese plano sólo lo puedo ver entendiendo que es una escena de comedia porque, si no, es inadmisible. A mí no me gustaba eso, me gustaban los personajes nobles, el tío que se sacrificaba por salvar a otro y, por encima de todo, Groucho Marx, que me parece el personaje más importante del siglo XX junto con Picasso.
- Comentabas antes que hiciste ‘Chicho’ como escapatoria del éxito, pero te instalaste en él en los 80 y los 90: el taquillazo de ‘Sé infiel y no mires con quién’, el premio en Berlín por ‘El año de las luces’, Goya a mejor película y director con ‘El sueño del mono loco’, el Oscar y otro festival de Goyas con ‘Belle Époque’, Hollywood con ‘Two much’, el fenómeno que supuso ‘La niña de tus ojos». Para correr tanto, no escapaste.
- No, pero el éxito es maravilloso, entre otras cosas, porque te permite hacer ‘Chicho’ y todas las películas pequeñas que he hecho después. De golpe, los productores creen en ti y ese crédito que te da éxito puedes usarlo de dos maneras y ahora, aunque está mal hablar bien de uno mismo, voy a hablar bien de mí mismo. Cuando tienes un éxito, hay gente que dice: «Tengo que conseguir que la próxima haga un millón más». Y la otra opción es decir: «Ahora que he tenido este éxito de la hostia, voy a usar ese poder para hacer una película que de otra forma jamás se podría hacer». Esa fue mi elección. Por ejemplo, el éxito de ‘La niña de tus ojos’ me sirvió para hacer ‘Calle 54’, una película imposible en cualquier otro escenario.
- Justo mañana, también presentas en San Sebastián otra de tus películas sobre música, ‘Bajañí’, sobre Niño Josele.
- Es un sueño para mí, una película que llevo años y años queriendo rodar con él y hemos sido tan felices haciéndola y soy tan feliz viéndola… La guitarra flamenca y Niño Josele hablando de tú a tú en un montón de idiomas, desde jazzistas de Nueva York a músicos brasileños en Río. Le digo a Josele que he hecho un documental sobre tus manos. Es una película para dar felicidad a la gente.
- Felicidad en tiempos oscuros.
- Me preguntó Caetano Veloso qué estaba haciendo y le conté que habíamos estado con Kenny Barron, Ron Carter, Rubén Blades, Artemis, Ingrid Jensen, Nicole Glover, la Banda Mantiqueira, Marisa Monte, las Morente… Y Caetano, con esa sonrisa que tiene impagable, de repente me dice: «O sea, estás haciendo una película para salvar al mundo». Me quedé totalmente cortado. No servirá para salvar al mundo, pero al menos entrego algo hermoso.
- Volviendo a la Transición, ¿cómo vivió tu célebre grupo de amigos de la universidad (Antonio Resines, Óscar Ladoire, Carlos Boyero…) esa España que cambiaba de golpe?
- Recuerdo ya como muy locos los últimos años del franquismo. Teníamos 17, 18, 19 años y era un puto desmadre. Estábamos todo el día borrachos, tomando drogas, montando cirios y fiestas. Éramos muy libres a todos los niveles y nuestras amigas, también. Hacíamos barbaridades todo el rato y, con Óscar, me dedicaba al escándalo público, a disfrazarnos, a aparecer en cualquier sitio haciendo el imbécil. Estábamos haciendo el tonto desde que nos despertábamos hasta que nos acostábamos. En la universidad, de hecho, a veces nos acusaban los compañeros más comprometidos de ser unos payasos. Una vez interrumpimos un acto muy solemne sobre lingüística, empezamos a hacer el mono allí en medio y alguien se levantó y gritó: «¡Fuera los payasos, esto de la universidad!». Éramos como ‘Dumb and Dumber’ [‘Dos tontos muy tontos’]. Resines, mientras, siempre iba con muletas y escayola porque se había roto algún hueso jugando al rugby.
- Curiosamente, acabasteis teniendo éxito varios de los payasos.
- Sí, nos reuníamos una vez por semana en la cafetería Yucatán, en la glorieta de Bilbao, para planear cortos o, más bien, soñarlos porque no teníamos dinero para hacerlos. Allí siempre había un señor que vivía al lado, bajaba y se sentaba en una mesa junto a la nuestra. Nunca le hablábamos porque nos imponía mucho respeto: era Rafael Sánchez Ferlosio. A veces, bajaba sin afeitar, en bata y en zapatillas. Se sentaba ahí todo el día y nosotros seguíamos con nuestras cosas. Luego he llegado a pensar que se sentaba siempre ahí para oír las cosas que decíamos, no porque le interesara lo que dijéramos cuatro gilipollas sino por cómo las decíamos. Si lees ‘El Jarama’, es un documento sobre cómo se hablaba en la época, un libro de diálogo y lenguaje. En el Yucatán estaba documentándose.
- ¿Nunca llegaste a hablar con él?
- Años después, se me acercó dos veces. Primero, para decirme qué bonita era la película que había hecho de su hermano Chicho. Me hizo una ilusión de la hostia, pero es aún mejor la segunda. Muchos años después, una noche en el Cock [coctelería del centro de Madrid], él estaba allí sentado con una chica que parecía una discípula. Tuve el impulso de ir a saludarle, pero pensé que no se iba a acordar de mí y que no iba a ir a dar el coñazo a este hombre que ya le quedaban dos telediarios. Me quedé en mi sitio y, cuando se iba, me vio, vino, me dio un abrazo y me dijo lo más alucinante: «¡Qué tiempos los del Yucatán!». No sé cómo se había enterado de que aquellos estudiantes éramos nosotros, pero me pareció precioso.
- Me contó José Luis Garci que cuando ganó el Oscar en 1983, no fue bien recibido en la España cinematográfica del momento porque no le consideraban el director adecuado para alcanzar ese hito. Cuando lo ganaste por ‘Belle Époque’ once años después, ¿te pasó algo parecido?
- No, no, al contrario. Cuando llegamos al aeropuerto había gente esperándonos, como si fuéramos la Selección y hubiéramos ganado el Mundial. Era increíble. Los coches por la calle me pitaban, la gente me venía a abrazar. Una de las cosas más emocionantes me pasó en el Asador Frontón, donde José Luis García Sánchez, Rafael Azcona y yo habíamos escrito el guión durante año y medio. Allí era muy habitual Alfredo Di Stéfano, que había sido el ídolo de mi infancia; a veces nos hacía un gesto al irse, pero no nos conocíamos y nunca habíamos hablado. El primer día que fui al Frontón tras volver de Los Ángeles, del fondo del restaurante aparece Di Stéfano con los brazos abiertos y me dice: «Fernando, felicidades y un abrazo». Si me lo cuentan de niño, me desmayo. Sólo he estado así de impresionado otra vez.
- ¿Cuál?
- El día del Oscar. Nada más darte el premio, te llevan a las salas de prensa y a hacerte fotos y, al acabar, te preguntan si quieres volver a tu sitio en la gala o tienes a tu familia fuera. Pido que me lleven al hall porque está allí mi mujer, me meten en el ascensor y, cuando se cerraban ya las puertas, entra otro señor y el señor es Paul Newman, que le acababan de dar un Oscar por su carrera. Me quedé tan obnubilado, tan en blanco, pensando cómo había llegado yo de mi barrio de Estrecho a estar con un Oscar en un ascensor con Paul Newman, que él debió de imaginarse lo que le pasaba a este pobre estrábico, me sonrió y me dijo: «Congratulations».
- ¿Qué le respondiste?
- Joder, no lo sé. Intenté decirle que para mí ya era un honor enorme sólo estar allí con él tras todas las veces que había visto ‘El buscavidas’, ‘Dos hombres y un destino’ y ‘Marcado por el odio’, pero a saber qué le dije. Es la historia del cine, es Paul Newman…
- Aparte de, seguramente, el hombre más guapo jamás creado.
- Yo creo que sí. No soy demasiado sensible a la belleza masculina, por ejemplo, al verte a ti no he sentido nada, pero ha habido dos tíos que reconozco que me han impresionado en persona: Paul Newman y Denzel Washington, que pasó una vez con esmoquin a mí lado y me tuve que girar.
- ‘Belle Époque’ es una película alegre, tal vez símbolo y síntoma de la España feliz en que se rodó.
- Bueno, ya empezábamos a estar revueltos. En los años finales de los 70 y los 80 fuimos un país en ebullición, reconquistando la libertad, rompiendo moldes, saltándonos a veces las normas y pasándonos tres pueblos, lo cual me parece sanísimo. Montando el chocho, vamos. Fue increíble y se venía fraguando años. La Barcelona del final del franquismo era una locura. Un amigo me llevó a una orgía en el barrio gótico donde todo el mundo estaba puesto de LSD, era un desmadre y estaba todavía vivo el viejo. Claro, cuando llega la democracia, todo eso estalla, pero ya había una generación joven que vivíamos como si ya se hubiera muerto Franco. Con ciertos cuidados que después ya ni siquiera fueron necesarios y este país fue una maravilla durante quince años. Una explosión de libertad, de alegría y de todo.
- ¿Y en qué momento crees que eso se estropeó?
- Yo no creo que se haya jodido del todo, se logró tanto que mucho permanece, pero me da pena que los jóvenes de ahora no hayan vivido eso. La tecnología ha sido decisiva. Hablabas con la gente en la calle, en los bares y no tenía nadie móviles. El móvil y la infelicidad van muy unidos. No podemos dejar de hablar unos con otros y de hablar cara a cara. Si esta entrevista me la haces por teléfono en vez de estar aquí sentados no tiene nada que ver. Los dos estaríamos pensando hace media hora en acabar e irnos, mientras que aquí nos enrollamos a hablar y se nos olvida. Es importantísimo, como individuos y como sociedad, que recuperemos el contacto físico.
- Fuiste víctima de la turba sin rostro de las redes sociales en 2016. Se indujo a boicotear ‘La reina de España’, secuela de ‘La niña de tus ojos’, en respuesta a tu discurso al recibir el Premio Nacional de Cinematografía, en el que dijiste que no te habías sentido español ni cinco minutos de tu vida.
- Pues sí, fue una cosa acojonante. Me acuerdo que según se acercaba la recogida del premio, todo el mundo me decía que diera caña política y yo decidí: «No, estoy harto de peleas, voy a intentar hacer algo gracioso y que la gente se ría». Eso fue lo que hice y se rieron de la hostia, pero en un periódico sacaron esa frase del contexto de un discurso casi de stand up comedy y me jodieron.
- ¿Te sientes español?
- Claro. Es que soy español, no es un debate. Lo que yo quería decir es que mi patria son mis amigos y tengo amigos en España, en Francia, en Estados Unidos, en Brasil, en Cuba, en donde sea. Cuando me invitan a un sitio y no conozco a nadie, no voy porque no me apetece.
- Es la primera vez en todo este rato que noto que te pones tenso.
- Sí, porque fue un mal rollo de cojones, nos hizo muchísimo daño y marcó mucho la vida de la película. Por un chiste en un discurso humorístico. Es un tema que me duele.
- Nunca has sido políticamente beligerante.
- Es que nunca he sido militante. Soy de izquierdas porque leí los Evangelios de pequeño y, en mi forma de verlo, entonces sólo se puede ser de izquierdas. El Nuevo Testamento es el libro del que han mamado todos, empezando por Marx, que no existiría si no hubiera existido el cristianismo antes. Todo parte de amarás a tu prójimo como a ti mismo. Con ese mandamiento, ya no hace falta nada más en la vida. Trata al otro como quieras que te traten a ti. Ya está. No matarás es superfluo, una redundancia. El problema es que tenemos todos interiorizado el yo y el tú, hasta ahí todo va bien, pero hay una cosa que se llama el él, algo lejano, que casi nos parece un objeto. Unos ellos que son los que nos limpian el culo y nos barren la calle y a los que tratamos como cosas porque no son ni nosotros ni vosotros.
- ¿Te explicas así el actual éxito de movimientos racistas y xenófobos?
- Estamos en la edad de la ignorancia. El racismo es un producto más de la ignorancia. Si alguien ha estudiado mínimamente, se da cuenta de que es imposible ser racista, no tiene ningún fundamento, pero cada vez se estudia menos y peor.
- ¿Tiene salvación el mundo?
- Hay una parte de mí que está convencida de que estamos condenados a la extinción, pero a la vez mantengo la voluntad de que tenemos que conseguir salvarlo por las generaciones jóvenes. No se merecen heredar un mundo donde el verano es un infierno, donde todavía la gente se permite bombardear casas donde viven familias, hospitales y escuelas. Eso está pasando en el siglo XXI. Hay alguien que lleva una corbata y decide bombardear una casa donde viven niños. ¿Cómo es eso posible? Cualquier persona que sea responsable de haber bombardeado una casa donde vive una familia debería estar en la cárcel hasta el día que se muera. Me da igual que sean los que dirigen el mundo o los que dirigen una fábrica de chocolate. Esa gente debe estar encerrada y acabar su vida en la cárcel. Punto.
- Muchos mínimos de convivencia y humanidad que dábamos por ganados se están resquebrajando.
- Mira, creo que la gente ha leído demasiado ‘La riqueza de las naciones’, de Adam Smith, y demasiado poco su obra maestra, que es la ‘Teoría de los sentimientos morales’, uno de los mejores libros jamás escritos. El primero es un libro datado, un intento de interpretación de la economía en una época muy concreta. Sin embargo, el segundo habla del ser humano en todas las épocas, como libro de cabecera es mucho más interesante y si lo leyera más gente, mejor nos iría.
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