<p>Me envía Netflix un correo electrónico pidiendo mi opinión sobre <i>Emily in Paris</i>. Es uno de esos mensajes automatizados que recibe cualquier abonado de la plataforma. <strong>»Pues un horror, eso me parece»</strong>, les respondería, pero el dato es el que es y ellos lo tienen: el usuario Alberto Rey se ha zampado <i>Emily in Paris </i>enterita. Y como él, medio planeta. Hasta Dana Thomas, una de las periodistas de moda más prestigiosas del mundo, ha opinado sobre la serie. Thomas se lo tomó como un trabajo más y sólo vio los primeros tres episodios. Tranquila, Dana, que ya te cuento yo el resto.<br><br>Firmada por Darren Star, creador de ficciones tan hijas de su tiempo como <i>Melrose Place</i> y <i>Sexo en Nueva York</i>, <i>Emily in Paris</i> es, efectivamente, un horror. Un horror que tiene todo tipo de fans: los que la aman genuinamente y los que se han (nos hemos) vuelto <strong>adictos a este despropósito cursi, feo y ridículo</strong>. <i>Emily in Paris</i> es esa llaga dolorosa en la boca que no puedes dejar de hurgarte con la lengua.</p>
La serie de Darren Star tiene un funcionamiento narrativo tan simple que asusta: lo que se anticipa en una escena ocurre en la inmediata.
Me envía Netflix un correo electrónico pidiendo mi opinión sobre Emily in Paris. Es uno de esos mensajes automatizados que recibe cualquier abonado de la plataforma. «Pues un horror, eso me parece», les respondería, pero el dato es el que es y ellos lo tienen: el usuario Alberto Rey se ha zampado Emily in Paris enterita. Y como él, medio planeta. Hasta Dana Thomas, una de las periodistas de moda más prestigiosas del mundo, ha opinado sobre la serie. Thomas se lo tomó como un trabajo más y sólo vio los primeros tres episodios. Tranquila, Dana, que ya te cuento yo el resto.
Firmada por Darren Star, creador de ficciones tan hijas de su tiempo como Melrose Place y Sexo en Nueva York, Emily in Paris es, efectivamente, un horror. Un horror que tiene todo tipo de fans: los que la aman genuinamente y los que se han (nos hemos) vuelto adictos a este despropósito cursi, feo y ridículo. Emily in Paris es esa llaga dolorosa en la boca que no puedes dejar de hurgarte con la lengua.
«Ande yo caliente y ríase la gente» dirá (en francés, claro), Lily Collins. La hija de Phil es riquísima solo por eso, pero mucho más todavía gracias a su salario en la serie. Que marcas importantes la tengan en nómina hace sospechar que los espectadores de Emily in Paris son más monetizables de lo que parece. Muchas de las firmas que aparecen en sus tramas son ficticias (¿la más chiflada? El agua mineral Libid’eau), pero otras existen en la realidad. La francesa Ami o la italiana Fendi salen en Emily.
La muy cool Ami, que ha puesto a Charlotte Rampling en su pasarela y a Catherine Deneuve en sus campañas, participa de la nada chic París de Netflix. Y Fendi, aprovechando el paseo de Emily por Roma, dejó que ésta opinase sobre cómo deberían ser sus productos. Menuda vergüenza ajena. Gracias a Sexo en Nueva York, el bolso Baguette de Fendi se hizo superpopular. Emily in Paris va más allá y literalmente manosea ese mítico modelo. ¿Por qué? Porque puede.
La serie de Darren Star y Lily Collins (ella también figura como productora) tiene un funcionamiento narrativo de una simpleza que casi asusta: lo que se anticipa en una escena a veces ocurre en la inmediatamente siguiente. Apenas ninguna de sus tramas tiene un suspense que dure más de 20 minutos. Emily in Paris plantea y resuelve conflictos como si éstos fuesen pelotas de tenis lanzadas por una máquina y los tuviese que resolver yo con una raqueta: puede que consiga devolver todas las bolas, pero ninguna se dirigirá hacia ningún sitio concreto. Da lo mismo: ahí viene otra. Otra bola. Otra trama.
En su primera temporada, Emily in Paris vivía de la novedad, de la carismática (y muy Sexo en Nueva York) Philippine Leroy-Beaulieu y de la necesidad de cualquiera de comer gominolas que engordan y son lo peor, pero who cares. Perdón: Qui s’en soucie. A quién le importa, vamos. Ahora, Emily in Paris vive de nuestra adicción al azúcar industrial.
Me reservé el último episodio de su última temporada, la quinta, para verlo en el tren de vuelta a casa el viernes por la tarde. Después me puse el primero de la nueva entrega, la cuarta, de Industry. Tras el licuado mental que te produce el París de Emily, el salto al Londres del dinero y la amoralidad es demasiado abrupto. Las gominolas empezaron a saberme metálicas, como a sangre. Viendo a Myha’la Herrold de zorra de las finanzas, echo de menos a Lily Collins como poupée ñoña y multicolor. Vean Industry. Porque Emily in Paris ya la están viendo. Yo lo sé y Netflix lo sabe.
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