En el reciente documental de Louis Theroux, Dentro de la machosfera, uno puede aprender qué es lo contrario al arte. Cada vez que uno de los gurús entrevistados se enfrenta a la mínima contradicción, como despreciar públicamente a chicas que se sexualizan online mientras se lucran como agentes de modelos en OnlyFans, la frase que lo resuelve todo en décimas de segundo es «yo lo hago todo por dinero, a mí qué me cuentas». En el pasado, esta confesión bastaría para cerrar el telón, pero hemos conseguido, por primera vez en la historia de la humanidad, que pase desapercibida.
Se nos ha olvidado que lo que distingue al artista auténtico, lo que le separa del resto de la sociedad, es no ser capaz de ver botones que le conceden el triunfo por ningún lado
En el reciente documental de Louis Theroux, Dentro de la machosfera, uno puede aprender qué es lo contrario al arte. Cada vez que uno de los gurús entrevistados se enfrenta a la mínima contradicción, como despreciar públicamente a chicas que se sexualizan online mientras se lucran como agentes de modelos en OnlyFans, la frase que lo resuelve todo en décimas de segundo es «yo lo hago todo por dinero, a mí qué me cuentas». En el pasado, esta confesión bastaría para cerrar el telón, pero hemos conseguido, por primera vez en la historia de la humanidad, que pase desapercibida.
Hemos escuchado antes algo similar en boca de influencers, ideólogos, cantautores y ¡hasta comediantes! Y regiones como el cine, donde este discurso aún se reserva a la esfera privada, están infectadas por la cultura del ranking, la recaudación, las nominaciones y los galardones. Creemos que el artista auténtico es el que no descansa hasta identificar y pulsar el botón que le concede el triunfo. Se nos ha olvidado que lo que le distingue, lo que le separa del resto de la sociedad, es no ser capaz de ver botones por ningún lado.
Posturismo, el cómic escrito por Alejandro Pérez y Ángel Pazos, e ilustrado por Tomeu Pinya, es un recorrido por el star system literario y artístico que se agolpaba en torno al legendario Café Gijón en el Madrid de los años 20. Es un trabajo monumental de documentación en el que un total de 282 personalidades clave de aquel pasado hacen cabriolas para colarse en la foto. Y un juguete divertidísimo lleno de escondites donde se agazapa el presente, como cuando Luis Buñuel invoca a nuestro Miguel Noguera, o la noche interminable que empieza con el piano de Lorca, se prolonga con una discusión sobre los límites del humor y culmina con Valle-Inclán en un after que más de uno reconocerá.
Pero su corazón es la madeja que se lía entre sus tres protagonistas ficticios. Uno de ellos es un falso artista, o un ingeniero del posturismo dispuesto a sacarse de la manga un movimiento generacional, con su decálogo y todo, literalmente de la noche a la mañana con tal de ganarse un hueco en la tertulia de tertulias entre Ramón Gómez de la Serna y Miguel de Unamuno. Los otros dos son artistas de verdad, uno condenado por su corazón y el otro por su cerebro (una distinción fundamental que no recuerdo que me hayan descrito antes). Este cómic es un artefacto desbordante como juguete divulgativo, también como fantasía especulativa. Pero este conmovedor triángulo de ambiciones concretas es lo que convierte Posturismo en una de las obras más importantes que he leído de un tiempo a esta parte.
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