<p>Cada vez que desbloqueaba el móvil, me esperaba en una postura diferente, más complicada, más acrobática. Allí estaba ella haciendo<strong> un boleo tanguero, una pirueta, un </strong><i><strong>espagat</strong></i><strong>.</strong> La ruptura familiar de los Beckham se había transformado en carne de meme tras el <a href=»https://www.elmundo.es/loc/2026/01/19/696e91e621efa01e598b45b9.html»>insólito <i>post</i></a> del hijo Brooklyn, en el que desvela que ya no tiene relación con sus padres. Como sucede en estos casos, nos quedamos con el detalle más chusco y misterioso para reventar el algoritmo: la <strong>danza «inapropiada» de mamá Victoria</strong> en la boda del hijo. «Robando» su primer baile, «avergonzándolo», disgustando a la mismísima novia.</p>
Más allá de los memes y del durísimo mensaje de Brooklyn Beckham, esta historia nos atrapa por algo mucho más cercano
Cada vez que desbloqueaba el móvil, me esperaba en una postura diferente, más complicada, más acrobática. Allí estaba ella haciendo un boleo tanguero, una pirueta, un espagat. La ruptura familiar de los Beckham se había transformado en carne de meme tras el insólito post del hijo Brooklyn, en el que desvela que ya no tiene relación con sus padres. Como sucede en estos casos, nos quedamos con el detalle más chusco y misterioso para reventar el algoritmo: la danza «inapropiada» de mamá Victoria en la boda del hijo. «Robando» su primer baile, «avergonzándolo», disgustando a la mismísima novia.
Victoria, me has alegrado la semana.
Pasadas las risas y los memes, no he podido dejar de pensar en ellos. ¿Por qué nos ha hipnotizado de esta manera la guerra de los Beckham? El culebrón ha trascendido las páginas de cotilleo. He leído opiniones de expertos en relaciones familiares, tribunas de otros nepobabies traumatizados, análisis económicos sobre la «marca Beckham».
Una experta en marketing explicó al Financial Times que es esa narrativa inconclusa, sin un malo definitivo, lo que nos atrapa; la que hace que el algoritmo salive con el drama. Brooklyn nunca logró quitarse esa imagen pública de chico mimado sin rumbo claro, pero Victoria siempre será la Spice pija, la que nunca sonríe (aquí, además, siempre la recordaremos por aquella frase apócrifa de que «España huele a ajo»).
Difícil decantarse por un bando. Esto no es Team Jen vs. Team Angelina.
Pero más allá del altavoz de las redes, de la crudeza de Brooklyn, lo que nos ha enganchado verdaderamente es cómo este drama resuena con las tensiones familiares de la vida real.
Hasta a ellos les pasa, pensamos. Y en la versión más extrema, la más radical. Tan guapos, tan ricos… tan humanos.
También el actor Anthony Hopkins lleva décadas sin hablarse con su única hija. Acaba de contarlo en un libro autobiográfico, pero hace poco, en una entrevista con el New York Times, se mostraba reticente a hablar del tema. Entonces, el periodista se sinceró. Esa parte del libro le había resultado muy dolorosa: él lleva 20 años sin tener relación con su padre y quería saber si veía posibles esas reconciliaciones. Hace tiempo que Hopkins no piensa en ello, respondió. Lo intentó, no funcionó, pasó página.
Es muy posible que David y Victoria todavía la vean posible. Pero puede que para Brooklyn -como para la hija de Hopkins- la herida sea demasiado grande. Como en las rencillas reales, raras veces será una historia de buenos y malos.
Mientras, nosotros seguiremos enganchados a la tragedia.
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