<p>Si hacemos memoria, y sin esforzarnos mucho, nos salen <i>No mires arriba, Dejar el mundo atrás, Una casa llena de dinamita, Mickey 17</i> y ésta, <i>El gran diluvio,</i> como cuatro ejemplos de películas producidas por Netflix en las que de una forma u otra, de manera real o figurada, el mundo se acaba, se destruye, explota, se agota o simplemente no da más de sí. Por el cambio climático, víctima de la estupidez común, con la ayuda de clones tontos o por implosión nuclear, da lo mismo el modo, el caso es que los seres humanos, los mismos que pagamos puntualmente la subscripción a la plataforma de la N mayúscula, sobramos. ¿Nos está queriendo decir algo la gente de Netflix? Probablemente sí y, la verdad, no es tan complicado de entender. <strong>A saber: todo es susceptible de entrar en la rueda de consumo incluido algo ahora mismo tan universal como el miedo,</strong> el miedo a que nos atropelle la ultraderecha, el miedo a que nos lave el cerebro un ejército de <i>wokes </i>empeñados los muy cabrones en que no nos insultemos como lo hacíamos antes, el miedo al cambio climático, el miedo a que nos estafen los <i>wokes </i>de antes con el cambio climático de antes, el miedo a que Trump vuelva a tener una idea, el miedo a que Trump nos deje sin ideas, el miedo al miedo. Y así.</p>
El coreano Kim Byeong-woo convierte el más clásico y ‘catastrófico’ de los alardes en una tan febril como confusa metáfora de lo que se nos viene encima en clave de ciencia-ficción
Si hacemos memoria, y sin esforzarnos mucho, nos salen No mires arriba, Dejar el mundo atrás, Una casa llena de dinamita, Mickey 17 y ésta, El gran diluvio, como cuatro ejemplos de películas producidas por Netflix en las que de una forma u otra, de manera real o figurada, el mundo se acaba, se destruye, explota, se agota o simplemente no da más de sí. Por el cambio climático, víctima de la estupidez común, con la ayuda de clones tontos o por implosión nuclear, da lo mismo el modo, el caso es que los seres humanos, los mismos que pagamos puntualmente la subscripción a la plataforma de la N mayúscula, sobramos. ¿Nos está queriendo decir algo la gente de Netflix? Probablemente sí y, la verdad, no es tan complicado de entender. A saber: todo es susceptible de entrar en la rueda de consumo incluido algo ahora mismo tan universal como el miedo, el miedo a que nos atropelle la ultraderecha, el miedo a que nos lave el cerebro un ejército de wokes empeñados los muy cabrones en que no nos insultemos como lo hacíamos antes, el miedo al cambio climático, el miedo a que nos estafen los wokes de antes con el cambio climático de antes, el miedo a que Trump vuelva a tener una idea, el miedo a que Trump nos deje sin ideas, el miedo al miedo. Y así.
El gran diluvio, del coreano Kim Byeong-woo, es la última en llegar a este carrusel de amenazas, premoniciones o, quién sabe, profecías autocumplidas. Y, la verdad, no decepciona. Es exactamente lo que se propone y, además, con un giro añadido. La película arranca como un alarde de cine de catástrofes de esos que no veíamos desde que Roland Emmerich no recibía cientos de millones de un estudio generoso. Tal y como dice el título, arranca a llover sin freno y, con la ayuda de un meteorito que funde el ártico, no hay quien pare el tsunami. Todo discurre en un único edificio de Seúl donde los habitantes se ven obligados a subir, a subir a lo más alto. Y así hasta que, de repente, todo cambia y la película se convierte, por arte de un guionista inquieto y con cierta vocación de moralista, en una fábula de ciencia ficción sobre la Inteligencia Artificial y sobre lo que en el fondo más hundido y profundo nos hace ser los seres humanos que parece ser que somos.
La verdad es que el esfuerzo por darle la vuelta a lo más evidente se agradece. Kim Byeong-woo, fiel a lo que ya parece una tradición en el cine coreano, se sirve de las herramientas del género, da lo mismo cual, para jugar a las metáforas en bucle. Parece que se habla del futuro y, en efecto, todo es nuestro presente. Los problemas de El gran diluvio proceden de otro lado, del otro lado de la ambición. En su empeño no disimulado por contarlo casi todo y hacerlo con una deslumbrante y bien engrasada máquina de efectos digitales, la película se pierde en un rosario de explicaciones entre confusas o solo malas. De entrada, el punto de partida, es decir, el motor de la historia (no lo diremos por aquello de no reventar la sorpresa) es sencillamente disparatado. Pero, que no cunda el pánico, queda pánico para dar y tomar. El miedo vende y subiendo.
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Dirección: Kim Byeong-woo. Intérpretes: Kim Da-mi, Park Hae-soo, Kim Kyu-na. Duración: 106 minutos. Nacionalidad: Corea del Sur.
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