<p><strong>Torrente</strong> ha vuelto. Y lo ha hecho, fiel a su estilo, arrasando. Con una estrategia de <i>marketing </i>inédita consistente en suprimir cualquier anuncio antes del estreno, la película, ella sola, ha completado la cifra casi récord (la tercera de la historia para ser más precisos) de un millón de espectadores el primer fin de semana. </p>
El director, que acaba de estrenar la sexta entrega de Torrente, reconoce que la realidad ha superado con creces las peores pesadillas torrentianas y revisa la evolución de un personaje que acumula ya casi 30 años
Torrente ha vuelto. Y lo ha hecho, fiel a su estilo, arrasando. Con una estrategia de marketing inédita consistente en suprimir cualquier anuncio antes del estreno, la película, ella sola, ha completado la cifra casi récord (la tercera de la historia para ser más precisos) de un millón de espectadores el primer fin de semana.
La primera vez que el ex policía más guarrete del planeta apareció en pantalla lo hizo en 1998 y se definió como «policía español, fascista, machista, racista, alcohólico y del Atleti». Han pasado casi tres décadas y, a juzgar por el estribillo de la canción de los títulos de crédito, ahora es «putero, machirulo, facha y drogodependiente». Algo ha evolucionado el hombre pese a, eso sí, no envejecer absolutamente nada. Torrente Presidente, así se llama la cinta, es una parodia satírica (o al revés) que se hace fuerte en la política actual convencida de que el mundo, todo él, va camino de dejar las maneras gruesas de su protagonista en completo ridículo. Torrente ha vuelto y lo ha hecho en un mundo mucho más ‘torrente’ que él mismo.
Su director, Santiago Segura (Madrid, 1965) revisa la evolución de su personaje, de su país y, ya puestos, hasta de su persona. Segura ha vuelto.
- ¿Por qué volver a Torrente? ¿No dijo, tiempo atrás, que ya no más?
- Nunca dije que no iba a volver. Sí que comenté que me parecía que el personaje estaba agotado y, mirando atrás mi filmografía, tampoco quería pasar por un director monotemático. Pero, por otro lado, a mí me encanta interpretar a Torrente. Le tengo cogido el punto. Me sale natural. Él está convencido de ser el más guapo, el más inteligente… Me gusta ese punto de enajenación que tiene. Es un poco como el inspector Clouseau, también cree que es el mejor detective del universo y es un desastre. Torrente es un delusional, que dicen los británicos, un flipao… Me gusta.
- Tengo la impresión de que la España a la que vuelve Torrente tres décadas después no ha hecho más que acercarse a él. ¿No cree que hay ya demasiados torrentes en nuestra vida cotidiana?
- Sí, es así, España se ha torrentizado a un ritmo acelerado. Cuando empezaron los memes de Ábalos, te quedabas de piedra. Pensé que no llegaba a él. La novedad es que, de repente, hemos visto a los ministros socialistas imputados y ha sido un poco un shock. Antes los había del PP también, pero ver determinadas conductas en la izquierda, en un gobierno progresista, es mucho más flagrante. Se supone que moralmente la izquierda se rige por una vocación de servicio público. Es como una doble puñalada, una doble traición. Es decir, que un político se aproveche de su posición para medrar es una cosa lamentable, pero que encima sea de una ideología que supuestamente… No sé… Yo veía a Milei, a Trump, al propio gobierno de Sánchez con Koldo y Ábalos… Yo veía todo eso y decía: «Esto es para Torrente, si Torrente existiera hoy estaría en política». Él es un tipo sin escrúpulos, un miserable y está abierto a todo: a la política, como decía, o al tráfico de órganos.
- No le asustaba tocar un tema demasiado sensible y en un momento especialmente delicado y, diría, que hasta violento.
- No, todo es más sencillo. Yo soy un tipo muy imbécil que llega a un momento de su vida en el que hace las películas que le hacen gracia. Cuando veo a la gente descojonarse con cosas que he escrito, me digo: «Pues tenía razón». Nada más. Escribir comedia, que no sé por qué está tan infravalorado, es muy ingrato. Cuando escribes un chiste estás perdidísimo. No sabes si va a funcionar o no. Y si luego funciona, pues perfecto.
«Me gustaría pensar que torrentiano es como berlanguiano más un plus de guarrería»
- Y la política, entiendo, es lo que ahora le hace gracia…
- La política es lo que ahora nos tiene ocupados. Vivimos, creo, el momento más político de los últimos años. Todo el mundo habla o se interesa de política, en la tele todo son programas de política. La política ha pasado al prime time y está ahí para encabronar. Pero diré que nunca he pretendido hacer una película coyuntural porque ese tipo de cine me da pánico. No es mi intención hacer lo que hacía Mariano Ozores de leer una noticia, escribir el guion en una semana y rodar en dos. Yo llevo dándole vueltas a esta idea cinco años y muy preocupado por no quedar obsoleto en una semana. Vivimos un tiempo en que un meme pasa de moda en tes días. Y ese riesgo estaba ahí.
- También puede pasar que se acabe por escribir una premonición. Uno ve Torrente Presidente y se pregunta: ¿Cómo sabía Segura las broncas internas que se iban a producir en Vox?
- Chiripa. Me considero una persona muy afortunada.
- ¿Considera que entra en esa fortuna de la que habla el que su no-campaña publicitaria haya tenido, a juzgar por los resultados, un éxito clamoroso?
- Vamos a ver, siempre he hecho locuras como ésta desde que era cortometrajista. Lo que ocurre es que ahora se me mira más. Se lo vendí a la distribuidora (Sony), me miraron como pensando «Este tipo es tonto» y lo que dijeron fue «Genial, adelante». Es curioso porque lo que antes se consideraba una simple locura, ahora, que tengo un cierto estatus, se entiende como la ocurrencia de un visionario. Pues bien para mí.
«A favor de lo políticos hay que decir que cobran unos sueldos ínfimos»
- ¿Y cómo cree que lo ha recibido la prensa?
- Bueno, ha habido de todo. Pero me ha molestado bastante que algunos por simple venganza se hayan dedicado a reventar los cameos de la película. Recuerdo perfectamente la ilusión que me hizo cuando vi a Sean Connery en el Robin Hood de Kevin Costner. ¿Alguien se imagina lo miserable que hay que ser para reventar eso? Pues con esta película ha habido gente que se ha dedicado a contar uno detrás de otro todos los que salen. Que digan eso de «comedia facilonga» y tal pues bueno, pero lo otro. No sé, yo no voy contra nadie y menos contra la prensa. A partir de hoy hago las entrevistas que hagan falta y voy donde me llamen. Qué necesidad hay de eso.
- Bueno, aquí vaya un mea culpa…
- Sí, la verdad, ¿qué necesidad? Yo lo veo un poco como si a una niña de siete años se le acerca un adulto y le dice: «Ves todo esto de la Navidad, pues en verdad…». No lo entiendo.
- Su película ¿es de derechas o de izquierdas?
- Es de risa. Lo que he notado es que se ríen todos, los unos y los otros. Jordi Évole escribió que los espectadores, cada uno desde su trinchera, piensa que la película se ríe del otro. Y eso habla también un poco de en qué momento estamos. Si los de enfrente no salen peor que los míos, malo. Yo no soy ni de unos ni de otros, yo soy mío. Recuerdo que el propio Évole hizo una cosa muy graciosa: leyó el mismo discurso en un mitin de un partido de derechas y en otro de izquierdas. Y en los dos salió a hombros. Pues eso.
- Pero imagino que entiende que alguien de Vox se sienta ofendido, o apelado simplemente, porque los que les representan en Torrente Presidente se identifican con el personaje sin amago de ironía…
- Quiero creer que nadie en su juicio se identifica con Torrente, que te hace gracia pero nada más. Sí es cierto que alguien de Vox dijo que Torrente representa al votante de Vox, pero eso es una locura. Es el mimo fenómeno que ocurre con Homer Simpsom. Te ríes, pero nadie aspira a ser como él ni a tenerle de compañero de trabajo siquiera. Lo que he notado es que Torrente antes era un tipo de derechas y ya. Pero esta vez he puesto también cosas en su boca que han dicho políticos de izquierdas. Torrente ahora mismo es una parodia de toda la clase política sin excepción.
«Torrente Presidente es una sátira política, no partidista. El problema es que cada uno la ve desde su trinchera»
- ¿No teme caer en el discurso de la antipolítica que, en efecto, es el que proclama la parte más agria del populismo de derechas?
- Claro que me da miedo y no paso por ahí. Estoy convencido de que la política es necesaria, indispensable. Y por mucho que nos parezca que la democracia es un sistema que renquea, es el único deseable. No es solo el mejor, es que no hay otra alternativa. Y claro que hay políticos y servidores públicos ejemplares. Además, a favor de lo políticos hay que decir que cobran unos sueldos ínfimos. Yo estoy convencido de que Amancio Ortega sería un magnífico presidente, pero el problema es que no le sale a cuenta.
- Luego está Trump…
- Sí, ese es millonario y ahí está para serlo más… Pero, por dejarlo claro, la película no es antipolítica, sino anti malos políticos.
- Jacobo Carrascal, Pedro Vilches… las referencias a los políticos de ahora son evidentes. ¿Por qué ser tan explícito?
- Bueno, mientras no me denuncien. Eso sí sería preocupante. En verdad, es que hace gracia escuchar esos nombres. Es muy sencillo. Recuerdo cuando se filtró la foto del rodaje esa horrorosa en la que aparece Torrente con el cartel de Nox y hubo un cabreo generalizado de gente de ultraderecha y de ultraizquierda. Pero no habían visto la película. Y digo ultraderecha y ultraizquierda porque sé que eso también es criticado. Claro que hay gente de ultraizquierda. Tú puedes ser y pensar lo que quieras, pero no puedes comportarte como un fan o un ultra por mucho que crea que tu ideología es la correcta. En el momento que no te comportas e insultas al otro, ya eres un ultra y no estás respetando tu propia ideología.
- Hablaba de cómo se ha torrentizado España todo este tiempo. Por otro lado, el humor también ha cambiado y cosas que antes se podían decir ya no por simple respeto. Y no me refiero a lo políticamente correcto así en general, sino a no insultar a las minorías, al diferente. ¿No le ha hecho dudar esta evolución civilizatoria?
- Eso está en la película. De hecho, una asesora le dice a Torrente cuando suelta una de sus burradas literalmente: «El humor ha cambiado, el humor es de abajo a arriba». Lo que ocurre es que no hay nada más abajo que Torrente. Torrente es el límite. Antes de ser Torrente, cualquiera preferiría ser negro, gay, de capacidades distintas…
«Más abajo de Torrente no hay nada. Antes de ser Torrente, cualquiera preferiría ser negro, gay, de capacidades distintas…»
- La pregunta también es cómo afecta ese cambio del mundo a Santiago Segura a la hora de escribir.
- Yo lo que tengo en cuenta es la vida. Lo que ocurre es que Torrente es Torrente y Segura es Segura. Cuando Torrente llama a alguien minusválido no lo ve ofensivo porque él no es consciente de ninguna evolución y para él es la palabra que se ha usado siempre. Estoy convencido, por otro lado, que dentro de unos años la expresión capacidades distintas que se usa ahora también será un insulto. De hecho, soy de la opinión de usar siempre que se pueda el nombre y los apellidos y dejarse de descripciones. Muchas veces lo que hacemos es poner parches simplemente. Intentamos poner normas de buena gente y lo que pasa es que somos más malos que la quina, en verdad somos unos hijos de puta.
- ¿Somos ahora peores que antes?
- Pues creo que sí porque todo se ha radicalizado muchísimo. He cenado con gente supuestamente de izquierda que en un momento dado te suelta: «Yo a esos los mataría a todos». Y está hablando del 20% de la gente. Y les digo: «¿De verdad, acabarías con cuatro millones de personas?». No puedes decir una cosa así y luego ir llamando a la gente nazi. No sé, la extrema derecha chunga da mucho miedo, pero no puedes llamar extrema derecha a todo.
- Al hilo de la última polémica del Festival de Berlín, los que tienen un altavoz ¿tienen que significarse políticamente o simplemente dejarlo para el espacio del trabajo?
- Es una tensión enorme. El problema es que todo se politiza. Si te significas, mal y si no lo haces, cuidado con lo que los míos vayan a pensar de mí. El otro día le cayó una terrible a Leonor Watling por rechazar la obligación de, precisamente, significarse. Vamos a ver, ¿tú vas a poder decir lo que quieras y ella no? Está todo muy disparatado. Llámame loco, pero creo que Torrente Presidente es ahora mismo una película necesaria porque hace reír y crea conversación y debate.
«Soy un tipo muy imbécil que hace películas que le hacen gracia»
- Más que necesaria, realista quizá.
- Sí, de hecho, lo que más me dicen es que el guion lo he copiado del telediario. La diferencia es que nadie se ríe viendo el telediario.
- Volviendo al principio, es consciente de que Torrente ha acabado por colarse en la vida de mucha gente a lo largo de estos 30 años. Ahí hay una gran responsabilidad.
- Sin duda. Me llegan mensaje de gente que son emocionantísimos. Uno me dijo que siempre veían las películas de Torrente tres amigos juntos. Uno se murió y ahora han ido a verla los dos que viven con la hija del fallecido, que ha resultado ser muy torrentista. Cosas muy bonitas.
- Lo definitivo es convertir un sustantivo en un adjetivo. Igual que berlanguiano o buñueliano, existe ya torrentiano. ¿Cómo lo definiría? ¿Cuál es la esencia del torrentismo?
- Me gustaría pensar que es como berlanguiano más un plus de guarrería. Berlanga me dijo que lo definitivo de Torrente es cuando coge un palillo del palillero, lo usa y lo vuelve a colocar en su sitio. Que te diga eso Berlanga es definitivo. Me hace gracia cuando me dicen: «Segura se cree un heredero de Berlanga, pero no llega a la suela de los zapatos de Ozores». Bueno, menos mal que Berlanga no era de esa opinión. Me alegra mucho haber bebido de la fuente y no de un charco.
- ¿Crees que en España el éxito ajeno irrita más que en cualquier otro sitio?
- Hay mucha gente, y muchos críticos además, a la que les jode el éxito popular. Le pasó a Sabina que en cuanto amplió su público ya no era puro. El éxito molesta a la gente envidiosa y en España, ya lo decían las madres, de envidia vamos bien. En España hay tanta envidia como aceite de oliva. Somos exportadores. Con el tiempo he aprendido a comportarme como Miguel Mihura que cuando le felicitaban por el éxito de alguna de sus obras, él corría a lamentarse de su mala salud. Sin ir más lejos, hoy, pese al millón de espectadores, tengo una pinza en el abductor.
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