<p>Mientras daba los últimos retoques a su incontestable éxito <i>La península de las casas vacías</i> (Siruela, 2024), <a href=»https://www.elmundo.es/papel/cultura/2024/08/13/66a3dff8e9cf4aba3c8b459a.html» target=»_blank»><strong>David Uclés</strong></a> (Úbeda, 1990) ya tenía comenzada otra novela. Una que, nacida al calor de la Beca de escritura Montserrat Roig concedida por el Ayuntamiento de Barcelona, tendría a la Ciudad Condal como protagonista. «Estaba un poco desesperado, porque no tenía ninguna puerta ni siquiera entornada en el mundo editorial y al segundo intento, en 2022, me la concedieron. Entonces me mudé seis meses a Barcelona para escribir día y noche y hacer una inmersión cultural curiosa y abierta en el espíritu de la ciudad», explica el escritor.</p>
El exitoso escritor, inmerso recientemente en varias polémicas, publica ‘La ciudad de las luces muertas’, una novela surrealista y onírica en la que un apagón hace converger a las Barcelonas de toda la historia. «Yo escribo para los vivos, el tiempo decidirá todo lo demás»
Mientras daba los últimos retoques a su incontestable éxito La península de las casas vacías (Siruela, 2024), David Uclés (Úbeda, 1990) ya tenía comenzada otra novela. Una que, nacida al calor de la Beca de escritura Montserrat Roig concedida por el Ayuntamiento de Barcelona, tendría a la Ciudad Condal como protagonista. «Estaba un poco desesperado, porque no tenía ninguna puerta ni siquiera entornada en el mundo editorial y al segundo intento, en 2022, me la concedieron. Entonces me mudé seis meses a Barcelona para escribir día y noche y hacer una inmersión cultural curiosa y abierta en el espíritu de la ciudad», explica el escritor.
El fruto es La ciudad de las luces muertas (Destino), galardonada este enero con el Premio Nadal 2026 y que narra en un estilo surrealista y onírico un apagón total durante el cual convergen en la capital catalana todas las épocas del pasado y el futuro y conviven muchos de los grandes personajes culturales y políticos que la habitaron durante la Historia. «Para mí escribir una novela es una forma de hacerse con un territorio, como hacen los periodistas de guerra. Cada día dibujaba el mapa de la ciudad para aprendérmelo, leí un montón sobre su historia, recopilé anécdotas de gente e incluso apendí catalán para empaparme bien de todo», rememora.
Todo, es un desfile variado y apabullante de calles, plazas, hechos históricos y nombres que van desde iconos de la ciudad, como Antoni Gaudí, Joan Miró, Salvador Dalí o Mercè Rodoreda a habitantes más ocasionales como Picasso, Simone Weil, Julio Cortázar o Lorca, que se ven envueltos en esta mezcla de tiempo y espacio marcada por la oscuridad. «No conocía a muchos de estos personajes o no sabía que habían pasado por Barcelona y la importancia que habían tenido para la ciudad. Por ejemplo, no recordaba que Bolaño o Carlos Fuentes hubieran estado allí, no conocía a Mercè Rodoreda o a Salvador Espriu», confiesa el escritor. «Entonces, conforme fui descubriendo a toda esa gente que hizo de Barcelona su casa, los fui introduciendo en la trama».
A pesar de la evidente intención coral de La ciudad de las luces muertas, dos personajes destacan sobre el resto: Carmen Laforet, quien, inconscientemente, inicia el apagón y Carlos Ruiz Zafón, protagonista de un sentido homenaje. «Barcelona puede personificarse en Carmen Laforet, y su vida puede leerse como la de la ciudad. Al conocerla a fondo, advertí que su vida encaja bien con esta lucha entre la luz y la oscuridad, por eso decidí hacerla la protagonista», explica el autor. «En cuanto a Ruiz Zafón, es el gran embajador de la ciudad y creo que ha sido injustamente tratado. Es el escritor español más vendido después de Cervantes, y creo que, como me ocurre un poco a mí, en su caso el éxito comercial se usa como una forma de desprestigio cultural», denuncia».
Pregunta. Puestos a viajar en el tiempo, ¿a qué época le gustaría ir si pudeiera?
Respuesta. Sin dudarlo, me iría a los años 20, o dea, hace un siglo. Me encantaría vivir la bohemia europea, ser pianista en los cafés y tocar cada noche en espectáculos de cabaret o en bodeguillas. Y pensando sólo en España, me gustaría haber vivido a finales de los 70 y principios de los 80, por toda esa efervescencia de libertad que hubo al salir de una dictadura. Tuvo que ser muy bonito vivir eso.
P. El libro describe como varias Barcelonas históricas se superponene entre ellas, ¿es lo que ocurre con la memoria?
R. Sí, totalmente. La memoria tiene un límite de almacenaje, así que cuando van entrando datos se van borrando otros, porque no puede perdurar todo. Ocurre con la literatura. A veces me pregunto qué quedará dentro de 600 años de todo lo que se publica hoy. Al final el tiempo lo borra absolutamente todo. Sin embargo, las ciudades son las que perduran. Y Barcelona es una de las más antiguas del país y de las que más capas tiene. Es como un arcoíris de vetas enormes. Esta novela no la habría poder escrito sobre Madrid, por ejemplo. Cuando se dice eso de que Barcelona es muy cosmopolita creo que se debe a eso, a la gran cantidad de culturas que llevan conviviendo en ella milenios, y eso es un privilegio.
P. Tu anterior novela abordaba la Guerra Civil y esta arranca en la posguerra, en 1941. ¿Por qué vuelves en tu ficción, en esta novela que explora la oscuridad, a esos años?
R. La anterior sí era una novela sobre la guerra, pero aquí fue más bien por exigencias del guion. Ese fue el año en el que Carmen Laforet comenzó a escribir Nada, y esa es la razón. En cuanto a la oscuridad… Esa metáfora funciona en la novela a muchos niveles y tiene muchas interpretaciones posibles. Puede pensarse en el devenir de la propia condición humana que es caduca y finita. Puede ser la asfixia de las ciudades contemporáneas, debida a la gentrificación o el turismo masivo. Puede ser la falta de unos ideales comunes, de una esperanza, un equilibrio generacional, la decadencia que pensamos que estamos sintiendo ahora de valores. Y puede ser, desde luego, el fascismo. Y digo fascismo porque las fuerzas más ultras, las que están intentando derribar derechos ahora en nuestro país, y en los países occidentales son de ultraderecha. Pero la oscuridad actual no es solo política, también es humana, social y moral.
Esta alusión entronca con las recientes polémicas en las que se ha visto envuelto el escritor, que es imposible soslayar. Poco queda por decir u opinar del tan comentado congreso Letras en Sevilla, aunque Uclés sí lanza ciertas reflexiones. «Al final es una pena, porque lo que todo esto provoca es que la gente sea menos espontánea y libre al hablar, que tema represalias y que el debate y el diálogo no ocurran. Creo que es algo que nos afecta en mayor o menor medida a todos, pero no es sano que nadie tenga miedo de a ver qué dice o cómo lo hace porque sabe que le van a crucificar», denuncia.
«Lo que pasa en redes ha escapado del control de cualquiera, pero a la larga, uno se da cuenta de si sus manifestaciones han sido más correctas o menos, más exageradas o menos, más pertinentes o menos. Últimamente tengo muy presente una frase de San Juan de la Cruz, a quien paisano porque murió allí en Úbeda, que decía que el infierno es el arrepentimiento y la conciencia de cada uno», explica Uclés. «Así que eso creo, el infierno es la conciencia de cada uno, si es que tiene conciencia, y yo tengo la mía muy tranquila. Allá cada uno con su conciencia y con su actitud», zanja el escritor.
P. En su novela hay muchas tertulias de intelectuales de esas de época, ¿no le da pena que esto se haya quedado en el presente en polémicas polarizadas en redes?
R. Mucha, pero es algo que no ocurre sólo en el mundo cultural. Esto proviene de la individualización extrema que provocan el apéndice electrónico, el smartphone, y las redes sociales. Al crearte un avatar virtual, es ese avatar el que se manifiesta, no tú como ser humano de carne y hueso. Nos manifestamos a través de la pantalla, y de eso se aprovechan muchas macroestructuras sociales, porque al final produce alienación. Creemos que estamos cambiando el mundo por escribir un tuit y no estamos haciendo absolutamente nada. El mundo se cambia con cambios locales. Para eso tienes que conocer a tu vecino, ir al bar y hablar de los problemas de tu comunidad. Y poco a poco, extrapolarlo a algo más grande. Pero ni siquiera somos capaces, hemos enterrado esas reuniones, ese concepto de comunidad.
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