<p>Las preguntas siguen siendo las mismas: El humor ¿nace o se hace? O, de otros modos, ¿existe el humor verdadero? ¿es el humor romántico una invención del patriarcado? o ¿por qué lo llaman humor cuando quieren decir sexo? <i>Aída y vuelta</i> es, además de un título malo, un intento desesperado, anárquico y muy —pero que muy— disfrutable de dar respuesta a todas estas cuestiones y a alguna más que a nadie se le ocurrió plantear jamás. Y es así porque esencialmente parte de la base y el empeño de confundir palabras homófonas, es decir, que suenan entre igual y muy parecido. <strong>No es tanto humor como, en efecto y ya sentimos la cursilería, amor;</strong> amor (o cuanto menos cariño) a unos personajes, una situación y una serie que se prolongó a lo largo de 10 años durante 238 capítulos; amor a un tiempo en el que por fuerza y por simple cronología éramos más jóvenes, más ingenuos y hasta más cariñosos. Amor al mismo amor. Con humor, claro. <i>Hamor </i>por tanto.</p>
El director convierte la apuesta siempre perdedora de la nostalgia en un brillante artefacto metadiscursivo al límite de sí mismo
Las preguntas siguen siendo las mismas: El humor ¿nace o se hace? O, de otros modos, ¿existe el humor verdadero? ¿es el humor romántico una invención del patriarcado? o ¿por qué lo llaman humor cuando quieren decir sexo? Aída y vuelta es, además de un título malo, un intento desesperado, anárquico y muy —pero que muy— disfrutable de dar respuesta a todas estas cuestiones y a alguna más que a nadie se le ocurrió plantear jamás. Y es así porque esencialmente parte de la base y el empeño de confundir palabras homófonas, es decir, que suenan entre igual y muy parecido. No es tanto humor como, en efecto y ya sentimos la cursilería, amor; amor (o cuanto menos cariño) a unos personajes, una situación y una serie que se prolongó a lo largo de 10 años durante 238 capítulos; amor a un tiempo en el que por fuerza y por simple cronología éramos más jóvenes, más ingenuos y hasta más cariñosos. Amor al mismo amor. Con humor, claro. Hamor por tanto.
Digamos que ese es el punto de partida; un principio, si se quiere peligroso, por todo lo que conlleva. La nostalgia, ya se sabe, da fiebre. La propuesta de Paco Léon es, en efecto, nostálgica, pero sin melancolías. Y siempre muy consciente de que cualquier intento de remake, actualización y simple repetición está por necesidad condenado al fracaso. La película plantea un viaje a la parte de atrás (a las bambalinas que dicen los clásicos) del rodaje de un capítulo, pero no de uno cualquiera, sino del último de todos ellos, el definitivo quizá. Los personajes, como si de El ángel exterminador se tratara, viven en su particular jaula de oro temerosos de que todo acabe si se acaba la serie y, pese a ello, con el deseo de acabar aunque todo acabe. Brillante. Por lo demás, todo discurre en 2018, es decir, cuatro años después de que se emitiera el último episodio en junio de 2014. La elección de la fecha no es casual. Se trata del año del Metoo y de tantas otras tomas de postura que lo cambiaron todo y a todos: a unos les despertó la conciencia y a otros, la bestia que llevaban dentro.
De nuevo, el director de las Carminas y Kiki juega con inteligencia e ingenio (que, aunque parecidos, no son lo mismo) a quebrar los lugares comunes, a traspasar los límites que tradicionalmente marcan los géneros y, ya puestos, a borrar la frontera entre la realidad y la ficción, entre el cine y la tele, entre lo que es políticamente correcto y lo que se antoja escatológicamente desternillante. Con sabiduría y mucho desparpajo, Paco León empuja su trabajo a un precipicio donde las definiciones pierden el pie:Aída y vuelta no es tanto película como artefacto metadiscursivo que a la vez que se hace se deshace delante de los ojos del espectador, que lo mismo juega en el terreno de la alta comedia que en el de los bajos instintos, que presume de corrección y respeto a la vez que muestra a un personaje que encarna a una persona afectada a la vez de acondroplasia y de hipertricosis. A veces, los caminos de la corrección política, como los del Señor, son inescrutables. ¿Alguien ha dicho enano peludo?
Pero sea como sea, por encima de todo, queda, ya se ha dicho, el amor. O el hamor, decíamos. Queda el hamor y una Carmen Machi convertida en su proprio avatar gracias a la IA sencillamente memorable. Queda eso y queda una relectura de Opening Night de John Cassavetes que nadie habría imaginado jamás. Queda eso y la certeza de una comedia que come comedia. Con hamor.
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Dirección: Paco León. Intérpretes: Carmen Machi, Paco León, Mariano Peña. Duración: 110 minutos. Nacionalidad: España.
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