<p>En diciembre de 1992, un programador de 22 años envió un mensaje desde su ordenador al móvil de su jefe. «Feliz Navidad». Ni siquiera recibió respuesta, pero aquel escueto texto cambió nuestra manera de relacionarnos: era <strong>el primer SMS</strong>. Anoche volvimos a enviar <strong>millones de mensajes</strong> tan mecánicos como aquel experimento.</p>
Ese ‘whatsapp’ es una ilusión de cercanía, como las fotos que ves en redes. Pero en el fondo, ¿sabes de verdad cómo está tu amigo?
En diciembre de 1992, un programador de 22 años envió un mensaje desde su ordenador al móvil de su jefe. «Feliz Navidad». Ni siquiera recibió respuesta, pero aquel escueto texto cambió nuestra manera de relacionarnos: era el primer SMS. Anoche volvimos a enviar millones de mensajes tan mecánicos como aquel experimento.
Feliz año. A por el 2026. Disfruta de la Nochevieja. Ya no son SMS, sino whatsapps. Pero la dinámica es siempre la misma. Le tienes cariño, hace tiempo que no os veis, te acuerdas de tu amigo…
Qué inconveniente una llamada, piensas.
Y escribes un pequeño texto, rematado con un propósito. Tenemos que vernos, a ver cuándo quedamos… Es el peor mensaje: unas veces resultará una ficción, otras un deseo cumplido tras meses e intentos. Ese whatsapp es una ilusión de cercanía, como esas fotos que ves en sus redes. Sabes dónde ha ido de vacaciones, con quién sale, qué lee… Pero ignoras si está triste.
Es normal que con los años nos aproximemos a unos amigos y nos distanciemos de otros. Pero ese «a ver cuándo nos vemos» no habla de amistades que cambiaron, sino de nuestra manera de relacionarnos hoy.
El teléfono móvil y la digitalización de nuestras existencias -nos dice el filósofo Éric Sadin- nos han llevado a un mundo en el que necesitamos menos a los demás. De los selfies a los tutoriales. Es la autosuficiencia más perturbadora.
Y así, arrollados por las prisas y el yo, cambiamos los encuentros frecuentes por un «ponernos al día» de vez en cuando. «Hay dos tipos de amistades: aquellas en las que las personas se animan mutuamente y aquellas en que deben estar animadas para estar juntas. En la primera categoría, uno hace hueco para verse; en la segunda, uno busca un hueco en la agenda«, escribe Vivian Gornick en La mujer singular y la ciudad.
Lo confieso: yo también he enviado muchos «a ver cuándo nos vemos». Pero sigo creyendo que otro tipo de amistad es posible. Es la que tiene Gornick con su íntimo Leonard. Se ven una vez por semana, ese es su ciclo. «Ni él ni yo tenemos con nadie conversaciones tan gratas. Lo que nos atrae con tanta fuerza es cómo nos sentimos cuando estamos hablando«.
Cuando leí este párrafo, se lo envié a mi amigo F. «Es lo más bonito que me has dicho nunca… y no lo has escrito tú. Ja, ja», me respondió. Desde hace dos décadas, nos vemos todas las semanas. Hemos cambiado los pubs por cafés, las copas por desayunos. Pero seguimos teniendo una cita semanal. Ayer nos felicitamos el año, pero no hizo falta decir «a ver cuándo nos vemos». Será el domingo, como siempre.
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